[Días después]
A las diez de la mañana, el aire sobre el Gran Canal olía a pánico aristocrático puro. La noticia de que «el diamante indiscutible de la temporada» había sido vista en un callejón a solas con el peligroso y temido Conde de Blackwood —sumada a la misteriosa llegada de una góndola negra cargada de orquídeas— corrió más rápido que la peste bubónica en el siglo XIV. Me encontraba en la terraza principal de nuestro palazzo, reclinada sobre una silla de terciopelo rosa, abanicándome con perezosa elegancia mientras leía un libro de poesía. A mi alrededor, sin embargo, el mundo aristocrático había decidido montar un drama operístico de dimensiones monumentales. Abajo, las góndolas de la alta sociedad flotaban en círculos concéntricos mientras las matronas de la corte, los jóvenes pretendientes despechados y los comerciantes de la ciudad unían sus voces en un tono coral estridente y teatral que resonaba contra las fachadas de mármol.
(La Sinfonía de los Rumores comenzó a retumbar desde el agua, un coro histeroide y coordinado que llenaba la mañana veneciana)
Las Matronas de la Aristocracia: (Cantado en un soprano agudísimo, agitando sus abanicos de plumas con furia) Pericolo tra i canali! Tragedia in laguna! Il mostro della notte ha sfidato la sorte! Un diamante puro di grazia celestiale... avvelenato dalle ombre di un essere malvagio! Si dice che beva sangue all'alba e che il suo sguardo porti il marchio del diavolo!
Los Pretendientes Despechados: (Coro de tenores dramáticos, de pie en las proas de sus góndolas) Ha rubato la nostra speranza! Ci ha strappato i sogni! Come ha potuto preferire uno stregone al mio cuore? Quel Conte non danza, quel Conte non ride; è una creatura dell'abisso: che la luce stia in guardia! Sbarrate le porte, chiudete il lucernario, poiché il Conte di Blackwood ha ucciso la luce!
Escuché cada una de las estrofas con un aburrimiento sublime. Pasé la página de mi libro de poesía, tomé un sorbo de mi taza de chocolate caliente y comencé a tararear una melodía suave e improvisada, completamente ajena al alboroto que se desarrollaba a tres metros de mi balcón.
Loreine: (Tarareando con dulzura, ignorando las miradas aterrorizadas que me lanzaban desde las embarcaciones) Tra la la, che splendida mattina in città; l'acqua mormora con tale leggerezza... si parla di ombre, di paura e di male, mentre il sole risplende sul Canal Grande. Lasciate che i folli cantino, che la corte gridi: le chiacchiere non scalfiscono questo diamante...
-¡Loreine!
Interrumpió una voz chillona desde el interior del salón. Mi madre, irrumpió en la terraza como un vendaval de encajes, sedas y sales aromáticas. Detrás de ella venía mi padre, cargando un fajo de periódicos locales cuyas portadas mostraban caricaturas ridículas de un Conde con cuernos y alas de murciélago persiguiendo a una dama vestida de azul.
-¡Loreine, por todos los santos de la cristiandad!
Exclamó mi madre, arrebatándome el libro de poesía de las manos con un ademán desesperado.
-¡¿Cómo puedes estar aquí sentada, tarareando como una sirena distraída, mientras toda Venecia canta sobre tu inminente perdición?!
-madre, por favor
Respondí, ajustándome una cinta del vestido con absoluta parsimonia.
-las matronas llevan tres años cantando sobre mi compromiso. La única diferencia es que hoy han encontrado una rima más dramática para el apellido de Dimitri
-¡No pronuncies su nombre en esta casa!
Rugió mi padre, dando un golpe con el fajo de periódicos contra la barandilla de mármol. El rostro de Julio, habitualmente apacible y despreocupado, lucía una palidez rígida que delataba un pánico auténtico.
-esto no es una burla de tus hermanos, Loreine. Esto es serio
(Los comerciantes y sirvientes del muelle se unieron al coro desde abajo, haciendo percusión con los remos contra el agua)
El Pueblo de Venecia: (Cantado a todo volumen en un crescendo orquestal) Si dice che, la notte in cui uscì a fare una passeggiata, i pesci nella grotta iniziarono a congelare! Ha stregato la ragazza di Kensington! Chiamate il vescovo! Organizzate la processione!
-¿Escuchas eso?
Dramatizó mi madre, llevándose las manos a la cabeza mientras el coro popular alcanzaba su nota más alta afuera.
-¡Están pidiendo a la iglesia! ¡La marquesa de Sterling acaba de cancelar la invitación al té de mañana! ¡El vizconde de Billington dijo que si te acercas a su hija la convertirás en un sapo!
En ese momento, Jack y Olive salieron a la terraza. Jack traía una manzana en la mano y una sonrisa que intentaba ser burlona, pero sus ojos delataban una preocupación real. Olive se apoyó en la barandilla, mirando al coro de gondoleros con una mezcla de fascinación y absoluto desdén.
-debo admitir que el tenor del tercer verso tiene una afinación admirable
Comentó Jack, dándole un bocado a la manzana.
-aunque la parte de convertirse en sapo me parece una exageración teatral. Loreine como mucho los convertiría en estatuas de sal con una sola de sus miradas de superioridad
-¡Cállate, Jack!
Le espetó mi madre, girándose hacia mí con una expresión de firmeza absoluta que jamás le había visto.
-Loreine, escúchame con atención. Tu padre y yo hemos tomado una decisión. Tu reputación es el pilar de esta familia, pero tu seguridad está por encima de cualquier compromiso
-madre...
Comencé, incorporándome en la chaise longue.
-¡Nada!
Interrumpió mi padre, cruzándose de brazos con autoridad imperiosa.
-se acabó. A partir de este preciso instante, tienes estrictamente prohibido volver a cruzar las puertas de este palazzo
El silencio que siguió a sus palabras fue más pesado que todas las canciones de los gondoleros juntas.