El vals de las sombras

Capítulo 12

Escaparse de un palazzo custodiado por guardias armados y la vigilancia paranoica de unos padres desesperados requería la destreza de un ladrón de joyas y el descaro de una tropa de comediantes de la Commedia dell'Arte. Afortunadamente, había recibido la ayuda de mis dos hermanos mayores tras un momento de sinceridad al verlos ingresar a mi habitación. A las once de la noche, Olive provocó una distracción providencial en el patio interior al volcar «accidentalmente» una caja de platos de cerámica contra los pilotes del embarcadero, haciendo que los guardias de mi padre corrieran en masa creyendo que se trataba de un intruso. En mitad de la confusión, me escurrí por la ventana del balcón. Deslicé mis manos por la enredadera de jazmín que cubría el muro de piedra y caí con la ligereza de un felino sobre la cubierta de una pequeña góndola de madera oscura, donde el amigo de Olive nos aguardaba en la penumbra de las calles secundarias. El viaje hacia la isla de San Michele, se sintió como una travesía hacia las fronteras del propio mundo. Las ruinas de la antigua abadía se alzaban entre los cipreses como un gigante de piedra olvidado por el tiempo. La marea baja revelaba los cimientos corroídos por la sal, y las bóvedas góticas del templo abandonado cortaban el cielo sin estrellas.

-te esperamos aquí en la góndola

Murmuró Jack, ajustándose el embozo desde la proa mientras desembarcaba en el muelle enruinado.

-si en una hora no has regresado, entraré con la palanca de Olive y la navaja de afeitar del abuelo

-estaré bien

Respondí, ajustándome la capucha de mi manto azul oscuro.

-no voy a reunirme con un enemigo

Subí los desgastados peldaños de mármol que conducían a la nave central de la desacralizada iglesia. El aire en el interior olía a incienso rancio, humedad ancestral y ese matiz inconfundible de jazmín nocturno y tormenta eléctrica que hacía que mi pulso se disparara de inmediato. El lugar estaba sumido en una oscuridad casi absoluta. La nave principal carecía de techo en la parte central, permitiendo que la luz plateada de la luna se filtrara en un haz de luz vertical sobre el altar mayor derruido. Y allí, de pie en mitad del haz de luz lunar, con la capa negra cayendo sobre sus hombros como un manto de plumas de cuervo, me esperaba Dimitri. Se giró lentamente al escuchar mis pasos sobre el suelo de piedra. Su rostro, esculpido por la penumbra, lucía tenso, pálido y marcado por una angustia tan profunda que sentí una punzada de dolor en el pecho.

-si vino...

Susurró con esa voz baja y desgarrada que parecía resonar en los cimientos de la nave.

-le dije que era obstinada, Lord Dimitri

Contesté, retirándome la capucha de la cabeza y avanzando hacia el centro del altar con paso firme y elegante.

-¿Acaso pensaba que un par de guardias y una puerta de roble en el palazzo Kensington serían suficientes para detenerme cuando usted me convoca?

Dimitri dio dos pasos hacia mí, pero se detuvo de golpe a tres metros de distancia, apretando las manos en puños detrás de su espalda como si temiera que el mero hecho de acortar el espacio pudiera destruirme.

-no debí enviarle esa carta

Dijo, y su tono era una mezcla de autorreproche y devoción desesperada.

-pasé horas maldiciéndome a mí mismo por haber enviado a mi cuervo. Cada segundo que pasaba esperando en esta ruina deseaba que no viniera... que decidiera ser prudente, que escuchara a sus padres y se mantuviera a salvo en su palacio

-pero no soy una dama prudente

Repliqué, recortando la distancia entre los dos sin dudarlo hasta quedar frente a él.

-y usted es un cobarde, Conde

Dimitri arrugó el entrecejo, sorprendido por la brusquedad de mis palabras.

-¿Un cobarde?

-es usted un cobarde que se esconde detrás de sus sombras y de sus discursos sobre monstruos para no admitir lo que sus ojos gritan cada vez que me mira

Dije, elevando la barbilla y sosteniéndole la mirada con una firmeza inquebrantable.

-me exige que me aleje, me advierte sobre peligros insondables y luego me envía un centro de flores exóticas con su propio aroma y un cuervo de sombras a la ventana de mi alcoba, ¿Qué busca realmente, Lord Dimitri? ¿Protegerme o torturarse a sí mismo?

El Conde cerró los ojos un segundo, dejando escapar un suspiro que pareció quebrarle las costillas. Cuando volvió a abrirlos, la frialdad que siempre intentaba enarbolar se había disuelto por completo, dejando al descubierto la vulnerabilidad desnuda de un hombre que llevaba siglos muriéndose de soledad.

-busco no destruirla, Loreine

Confesó, y su voz bajó a un susurro lleno de emoción.

-busco que entienda que lo que hay en mis venas no es una excentricidad aristocrática ni una invención de los periódicos de Venecia. Es una maldición real, Loreine. Un precio que mi linaje paga desde hace generaciones. Las sombras que vio en el parque no son simples trucos, son enemigos que vienen por reclamos antiguos, y cualquiera que se sitúe a mi lado se convertirá en su presa

-pues que así sea

Sentencié sin un milímetro de dudar en mi voz. Dimitri se quedó petrificado.

-¿No me escuchó?

-le escuché perfectamente

Respondí, dando el último paso que nos separaba y colocando mi mano directamente sobre su pecho, sintiendo el latido desbocado de su corazón latiendo contra la tela de su abrigo.

-no soy una flor delicada de invernadero que se rompe con la tormenta, mi Lord. He pasado toda mi vida siendo examinada, juzgada y colocada en un pedestal de cristal para complacer a la sociedad. Con usted soy libre, soy real. Y no pienso renunciar a esa libertad solo porque usted tenga miedo de su propia sombra

El Conde miró mi mano sobre su pecho. Sus dedos temblaron levemente cuando subió la mano para cubrir los míos con la suya. El calor que emanaba de su palma era una corriente tibia, intensa y eléctrica que pareció envolver la nave abandonada en una atmósfera casi mágica.



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En el texto hay: fantasia, comedia, romance

Editado: 15.10.2026

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