El sabor de su beso aún permanecía intacto en mis labios, dulce, cálido y cargado de una promesa de eternidad que parecía haber ahuyentado, por un instante, la bruma helada de Venecia. Las llamas de fuego azul de la abadía de San Michele se habían extinguido en silencio cuando salimos de las ruinas, dejando tras de sí un halo de penumbra apacible. Dimitri insistió en acompañarme. A pesar de que la pequeña góndola de Jack y Olive nos aguardaba en un embarcadero secundario para devolverme a salvo al palazzo, el Conde se negó rotundamente a dejarme caminar sola por las calles desiertas de la zona norte. Avanzábamos a paso lento sobre las losas de piedra desgastadas por el salitre, bordeando un canal secundario cuya agua, estancada y oscura, no reflejaba la luz de las pocas farolas encendidas. Dimitri caminaba a mi lado, manteniendo su mano entrelazada con la mía dentro del amplio pliegue de su capa. Sus dedos me sujetaban con una firmeza protectora que me infundía una seguridad absoluta.
-sus hermanos tienen un valor admirable o una insensatez fuera de lo común
Comentó Dimitri en un murmullo bajo, con un ligero matiz de diversión en la voz que rara vez se permitía.
-ayudarla a escapar de un palacio custodiado no es algo que cualquier aristócrata veneciano se atrevería a intentar.
-mis hermanos son una pesadilla cotidiana
Sonreí, apretando suavemente sus dedos.
-pero debajo de sus burlas y su cinismo, prefieren verme arriesgarme por lo que amo antes que convertirme en la estatua de porcelana que mis padres desean
Dimitri se detuvo un segundo bajo el arco de piedra de un viejo puente gótico. Se giró hacia mí, ajustándome la capucha de la capa con una delicadeza abrumadora.
-usted no es de porcelana, Loreine
Murmuró, mirándome con esa devoción limpia que me derretía el alma.
-es de acero y seda
Le sonreí, a punto de responderle con alguna de mis habituales réplicas ingeniosas, cuando de repente el mundo a nuestro alrededor cambió de forma drástica. El viento de la noche se congeló en el acto. El aroma a jazmín que flotaba entre nosotros se evaporó en un milisegundo, aplastado por un hedor nauseabundo a azufre, podredumbre y metal oxidado. Dimitri se tensó de golpe. Su agarre en mi mano se volvió tan firme que rozó el dolor, y en un movimiento instintivo y felino, me empujó detrás de su espalda, colocándose como un escudo impenetrable entre el callejón y yo.
-Dimitri...
Susurré, sintiendo cómo un escalofrío helado y primitivo me recorría la espina dorsal.
-se queda detrás de mí
Dijo él. Su voz ya no era la del hombre enamorado que me había besado en la abadía; era una orden seca, áspera, cargada de una autoridad mortal que hizo que se me erizara la piel. De las grietas de los muros de piedra, de los arcos del puente y del fondo mismo del agua estancada del canal, las sombras comenzaron a cobrar vida. Eran siluetas físicas, amorfas, espectros de humo denso y materia oscura que se retorcían en el aire como serpientes hambrientas. Unos ojos pequeños, brillantes y de un color rojo sangriento se encendieron entre las volutas de humo. Eran más de una docena de criaturas, entes grotescos de garras afiladas y rostros distorsionados que emitían un siseo metálico, similar al roce de cien dagas contra la piedra.
-El señor de Blackwood...
Siseó una de las sombras con una voz doble, gutural y rasposa que parecía resonar directamente dentro de mi cabeza.
-has traído a tu pequeña joya a la oscuridad... qué fácil será arrebatarte el corazón esta noche...
Las criaturas avanzaron en círculo, arrastrándose por el suelo y las paredes, cerrándonos el paso en el estrecho callejón. Sentí el pánico atenazar mi garganta. Había visto las chispas de Dimitri, había visto su magia en las flores y en los candelabros de la iglesia, pero esto era peligro real. Criaturas de pesadilla que venían a matarnos.
-han cometido el peor error de su miserable existencia
Dijo el Conde. Y en ese instante, el temple del Conde de Blackwood se rompió por completo. La paciencia, el control milimétrico que ejercía sobre su propio ser y la compostura aristocrática se hicieron añicos. Lo que presencié a continuación fue la erupción de un poder absoluto, puro y aterrador. Un rugido sordo y telúrico brotó del pecho de Dimitri. Su cuerpo entero se vio envuelto en una explosión de energía desbocada. De sus manos, de sus hombros y de su propia sombra brotaron llamas de fuego azul cobalto mezcladas con torbellinos de oscuridad densa y sólida. El aire en el callejón se volvió tan helado que el vapor de nuestra respiración se congeló en el acto, mientras las losas de piedra bajo las botas de Dimitri comenzaron a agrietarse con chasquidos secos, sus ojos perdieron todo rastro de humanidad. Se volvieron dos orbes de luz azul cegadora, sin pupilas, incandescentes como el centro de una estrella furiosa.
-¡A ELLA NO LA TOCAN!
Maldijo Dimitri con una voz atronadoramente poderosa, una voz que hizo temblar las estructuras de piedra de los palacios adyacentes. El Conde se lanzó hacia adelante con una velocidad inhumana. La primera sombra intentó abalanzarse sobre él con sus garras de humo, pero Dimitri la interceptó en el aire, tomándola del cuello con su mano, la cual estaba completamente envuelta en garras de fuego azul. Con un solo apretón furioso, la criatura soltó un alarido agudo antes de ser incinerada instantáneamente, reducida a cenizas brillantes que se disiparon en el viento. Otras tres sombras se lanzaron simultáneamente desde el arco del puente. Dimitri levantó ambos brazos; zarcillos de oscuridad sólida, más oscuros que la propia noche y afilados como lanzas de acero, brotaron de sus espaldas como alas gigantescas, atravesando a las criaturas con una precisión letal y destrozándolas en el acto. Me quedé paralizada contra la pared de ladrillos, con la mano sobre la boca y los ojos abiertos de par en par, incapaz de apartar la mirada. Era un espectáculo aterrador. La violencia de su poder, la furia ciega con la que combatía y el estruendo de la magia destruyendo la penumbra eran capaces de enloquecer de pavor a cualquier mortal. Dimitri luchaba como una deidad antigua de la destrucción, impiadoso, salvaje y feroz. Pero a pesar del terror primitivo que infundía su figura envuelta en fuego azul, vi la verdad. Vi cómo, en mitad de ese frenesí de destrucción, cada movimiento que hacía, cada estocada de sombras y cada ráfaga de fuego estaba fríamente calculada para mantener una barrera infranqueable frente a mí. Ni una sola chispa, ni una sola gota de la energía helada que destruía a los monstruos rozó el aire que yo respiraba. Se estaba convirtiendo en un demonio en mitad del callejón únicamente para asegurarse de que yo no sufriera el más mínimo rasguño. La criatura más grande intentó esquivar a Dimitri deslizándose por la pared para llegar hasta mí por la retaguardia.