[Narra el Conde Dimitri]
Hay dolores físicos que el cuerpo aprende a soportar con los años: las cicatrices de la magia ancestral desgarrando las venas, el frío de la piedra en las criptas olvidadas, el peso de una maldición que se niega a conceder tregua. Pero ninguno de esos tormentos se compara con la agonía silenciosa de tener que clavar un puñal en el único corazón que ha sabido latir junto al tuyo. En las últimas cuarenta y ocho horas, las señales habían dejado de ser sutiles advertencias. Los cuervos de humo negro ya no solo rondaban los límites de mi palacio, se posaban en los alféizares de los ventanales de la planta noble, graznando con una furia metálica que anunciaba la inminencia del cobro definitivo. El pacto exigía un sacrificio, y los espectros del abismo habían comprendido con aterradora claridad cuál era mi única debilidad. Loreine Kensington. La audacia de esa joven, su negativa absoluta a rendirse al miedo, su valentía al enfrentarse a las sombras en el callejón la habían convertido, a los ojos de mis enemigos, en el blanco perfecto. Si ella permanecía a mi lado, su luz se extinguiría devorada por la oscuridad que me persigue. La muerte no sería el final, sería una posesión eterna en el infierno de los abismos. Y por eso, encerrado en la oscuridad de mi estudio, con las manos temblando sobre un tintero que no me atrevía a usar, tomé la decisión más desgarradora, inhumana y atroz de toda mi existencia: para salvarle la vida, tenía que matarla por dentro, lograr que me odiara... romper su corazón con mis propias manos y demostrándole que el monstruo del que todos hablaban era real. La gran recepción anual en el Palazzo Contarini, era el epicentro de la vanidad veneciana. Cientos de candelabros de cristal de Murano iluminaban los salones dorados, donde la aristocracia desfilaba con sus mejores galas, riéndose tras los abanicos y murmurando sobre los escándalos de la temporada. Yo me encontraba apartado en una esquina de la galería superior, observando el bullicio con una máscara de hielo tallada en el rostro. Cada segundo que pasaba era una tortura. Mis ojos buscaban incansablemente entre la multitud, a pesar de que cada fibra de mi alma suplicaba que no apareciera. Pero lo hizo. Las puertas principales se abrieron de par en par con un murmullo generalizado de expectación. Ella entró, avanzaba con una elegancia altiva y magnética que eclipsó a todas las damas de la estancia. No vestía el verde esmeralda de su desafío matutino, lucía un vestido de un tono azul medianoche, con bordados de plata que destellaban bajo la luz de los cristales, y su cabello castaño estaba recogido en una diadema de zafiros que acentuaba la altivez de su perfil. Sin embargo, lo que me destrozó el alma no fue su belleza. Fue la forma en que sus ojos recorrieron el salón entero, buscando con desesperación y esperanza contenida la única silueta que le importaba. Cuando nuestras miradas se cruzaron por fin a través de la distancia, vi cómo su rostro se iluminaba con una sonrisa suave, pura y llena de una confianza ciega. Dio un paso hacia adelante, dispuesta a cruzar el salón para venir a mi encuentro, ignorando por completo los cuchicheos escandalizados de las matronas que la rodeaban.
-no te acerques
Supliqué en silencio, apretando los dientes con tanta fuerza que sentí el sabor metálico de la sangre en mis encías.
-date la vuelta. Ódiame ahora mismo. Huye de mí
Me obligué a enderezar la postura. Endurecí cada músculo de mi rostro, erradicando cualquier rastro de calidez, de amor, de humanidad, y descendí las escaleras de mármol con pasos deliberados, interceptándola justo antes de que pudiera pronunciar mi nombre. El ruido del salón pareció desvanecerse, sustituido por el zumbido sordo de mi propio pulso desbocado. Loreine se detuvo a escasos centímetros de mí. Sus labios se abrieron ligeramente, y en sus ojos marrones, limpios y profundos, brillaba una emoción tan sincera que amenazaba con hacer añicos la fachada de crueldad que tanto me había costado levantar.
-Dimitri...
Murmuró, y su voz sonó como una caricia inútil en medio de un campo de batalla.
-sabía que vendrías. Sabía que...
-vaya, señorita Kensington
La interrumpí. Mi voz sonó cortante, glacial, revestida de una altanería despectiva y helada que jamás había utilizado con ella. Cada palabra era un cristal roto cayendo sobre el mármol. Loreine parpadeó, desconcertada por el tono. La sonrisa en sus labios vaciló levemente.
-¿Te encuentras bien?
Preguntó, con un hilo de duda asomando en su voz.
-me resulta sumamente fatigoso verla deambular por cada salón de la ciudad intentando llamar mi atención de esta manera tan predecible
Dije, arqueando una ceja con una mueca de aburrimiento fingido.
-debo admitir que al principio su pequeña actuación de heroína romántica en los jardines y en la librería tuvo cierta gracia pasajera. Un pasatiempo nocturno... nada más
El silencio que cayó alrededor de nosotros fue instantáneo. Varios nobles cercanos, que habían estado atentos a la interacción entre el temido Conde y el preciado 'diamante' de la sociedad, contuvieron el aliento. Loreine retrocedió medio paso, como si la hubiera golpeado físicamente en el rostro. El color se desvaneció de sus mejillas con una rapidez pasmosa, dejándola tan pálida como el alabastro.
-¿Un... pasatiempo?
Repitió, y su voz tembló por primera vez, un quiebre diminuto que me atravesó el pecho como una espada ardiente.
-exactamente eso
Continué, forzando mis labios a estirarse en una sonrisa cínica, cruel y vacía.
-una distracción ante la monotonía de mis noches, ¿Acaso creyó, por un solo instante de ingenuidad, que un hombre de mi alcurnia, cargado de una historia oscura y maldiciones reales, iba a tomar en serio a una jovencita caprichosa que confunde la compasión con el afecto? Venecia está llena de distracciones, señorita Kensington, y usted ha resultado ser mucho más persistente de lo prudente. Es hora de poner fin a esta comedia ridícula