El vals de las sombras

Capítulo 16

​El dolor verdadero es una piedra helada que se instala en el centro del pecho y te priva del aire, obligándote a parpadear, sonreír y fingir que sigues perteneciendo al mundo de los vivos. Hacía tres días que la alta sociedad había sido testigo de mi ejecución pública. Tres días desde que el Conde de Blackwood, el hombre por el que había desafiado las órdenes de mis padres y las leyes de la noche, había destruido cada una de mis ilusiones con la frialdad de un verdugo experimentado.

​«Una distracción ante la monotonía de mis noches... su persistencia comienza a ser aburrida»

​Las palabras de Dimitri volvían a resonar en mi cabeza con el crujido seco de una hoja de afeitar rasgando la seda. Estaba sentada frente al ventanal de la galería del primer piso, con un tazón de té helado entre las manos y el vestido azul de aquella velada colgado en el fondo del armario, como un cadáver que nadie se atrevía a sepultar. A mi alrededor, la casa se había transformado en un hervidero de euforia y preparativos ostentosos. Mis padres, flotaban por los salones con una alegría casi histérica, convencidos de que el milagro de la Providencia finalmente había tocado a la puerta de los Kensington. El rechazo público de Dimitri me había devuelto, a ojos de la sociedad, la condición de víctima inocente, y como si el destino hubiera estado esperando el momento perfecto para tejer su trampa, la vacante de mis pretensiones había sido ocupada de inmediato. Las pesadas puertas dobles del salón de recepción se abrieron de par en par, dejando escapar el eco de risas aristocráticas, acentos extranjeros refinados y el chocar de copas de cristal de Murano.

​-¡Loreine, querida, por el amor de Dios!

Exclamó mi madre, irrumpiendo en la galería con el abanico enarbolado como una bandera de victoria.

-¡Debes entrar al salón ahora mismo! El marqués de Valmont y su séquito están absolutamente deslumbrados con la arquitectura de la casa, pero no dejan de preguntar por ti

​Me giré lentamente sobre la silla de terciopelo. Lucía un vestido de seda en tono rosa pálido, sencillo pero impecable, aunque las sombras oscuras bajo mis ojos delataban tres noches enteras sin conciliar el sueño.

​-no tengo el menor interés en conocer a ningún marqués extranjero, madre

Respondí con una voz baja, desprovista del veneno habitual, cubierta únicamente por una apatía gris.

​-¡No digas disparates!

Intervino mi padre, apareciendo detrás de ella con una copa de vino dorado en la mano y las mejillas encendidas por el entusiasmo.

-el marqués es un hombre de un linaje antiquísimo, Loreine. Proviene de las provincias del norte, posee minas de plata, propiedades en tres capitales europeas y ha venido a Venecia con la intención expresa de invertir su fortuna en la laguna, ¡Y lo mejor de todo es que no le importa en absoluto el ridículo incidente con el Conde de Blackwood!

​-de hecho

Añadió mi madre en un susurro conspirativo.

-el marqués se refirió a Dimitri como 'un noble huraño de baja calaña que no sabe apreciar la verdadera elegancia', ¡Es un hombre con un juicio exquisito, Loreine!

​Cerré los ojos un segundo, sintiendo una punzada de náusea en la boca del estómago. La mención del nombre de Dimitri me quemó por dentro, pero me obligué a ponerme de pie. Sabía que si no cedía a su petición, mis padres pasarían el resto de la tarde acorralándome con discursos sobre el deber y la familia.

​-está bien

Accedí, ajustándome la mantilla de encaje sobre los hombros.

-iré a presentar mis respetos a sus distinguidos visitantes

​Al cruzar el umbral del salón principal, el aire se sintió de pronto anormalmente pesado. Era un ambiente denso, helado, cargado de un matiz sutil que hizo que la piel de mis brazos se erizara de inmediato: el olor rancio a azufre disimulado tras esencias de lavanda y especias de Oriente. En el centro de la estancia, rodeados por tres de nuestros mejores sirvientes que no dejaban de ofrecerles canapés, se encontraban los ilustres visitantes extranjeros: eran tres hombres y dos damas de una elegancia sobrecogedora, vestidos con trajes de terciopelo borgoña y capas de seda con bordados de hilo de oro que reflejaban la luz de las velas. Su porte era impecable, sus modales perfectos y sus sonrisas resplandecían con una blancura casi artificial. Sin embargo, en cuanto puse un pie sobre la alfombra, algo en mi interior dio una señal de alarma. A la cabeza del grupo se encontraba el hombre al que mi padre había presentado como el marqués de Valmont. Era un sujeto de estatura alta, tez extrañamente pálida y cabello rubio platinado peinado hacia atrás con una rigidez impecable. Sus ojos, de un azul tan claro que en la penumbra parecían carecer de pupilas, me examinaron con una atención calculadora, felina y profundamente helada.

​-señorita Kensington

Dijo el marqués, dando un paso al frente y ejecutando una reverencia tan fluida que pareció deslizarse sobre el mármol sin tocar el suelo. Su voz era suave, aterciopelada, pero traía consigo un eco metálico que me hizo recordar, con un fogonazo de horror, la voz de los espectros en el callejón.

​-bienvenido a nuestro palacio, Lord Valmont

Respondí, realizando una inclinación de cabeza mecánicamente perfecta, manteniendo la distancia.

​-el honor es enteramente mío

Sonrió el marqués, tomando la punta de mis dedos con la mano enguantada en cabritilla blanca, un contacto que, incluso a través de la piel del guante, era glacial.

-su padre me ha estado relatando las maravillas de esta ciudad, pero debo admitir que ninguna maravilla de la laguna se compara con la serena majestad que emana de su presencia

​-es usted muy generoso con sus halagos, mi Lord

Dije, retirando mi mano de la suya con la menor brusquedad posible.

-espero que su estancia en Venecia sea provechosa

​Mi madre sonrió con fascinación, tocándole el brazo a mi padre con el abanico, mientras Jack y Olive, que observaban la escena desde la esquina del salón cerca del piano, intercambiaban miradas de profunda desconfianza. Jack no sonreía, su postura era rígida y sus ojos marrones no se despegaban del séquito del marqués. El grupo de extranjeros continuó embaucando a mis padres con una destreza escalofriante. El marqués hablaba de acuerdos comerciales, de comprar propiedades y de organizar una serie de bailes de gala en honor a la juventud de la ciudad. Mis padres devoraban cada promesa con la codicia y la ingenuidad de quienes creen haber encontrado la salvación a todas sus deudas. Yo, sin embargo, aproveché que la atención de la sala se concentró en un mapa de la laguna que mi padre desplegó sobre la mesa principal, me acerqué al ventanal del balcón que daba al Gran Canal. Miré hacia afuera. A lo lejos, en la orilla opuesta, parcialmente oculta bajo la bruma y la sombra de un puente de piedra, se recortaba una silueta solitaria. Un hombre con un largo abrigo negro, con los hombros anchos y la cabeza descubierta bajo la brisa de la tarde. Dimitri. ​Estaba allí, apartado entre las sombras, observando la fachada de mi palacio desde la distancia. Una ola insoportable de dolor, traición y una añoranza desbocada me atravesó el alma. A pesar de la crueldad de su rechazo, a pesar de las palabras frías con las que había destrozado mi corazón frente a toda la ciudad, mi alma obstinada se negaba a odiarlo. Lo miré desde la distancia, apretando los puños contra la seda de mi vestido rosa, sintiendo que una lágrima solitaria traicionaba mi fortaleza y amenazaba con rodar por mi mejilla, ¿Por qué seguías allí? ¿Por qué velabas mi casa si me habías calificado como una distracción aburrida? Lo que no advertí en mi trance de dolor fue que no era la única que observaba la escena. Detrás de mí, el marqués de Valmont había dejado de prestar atención al mapa de mi padre. El aristócrata extranjero se había acercado en silencio por la alfombra, deteniéndose a dos metros de mi espalda. Sus ojos de un azul pálido siguieron la dirección de mi mirada, cruzando el cristal del ventanal hasta fijarse con absoluta precisión en la figura de Dimitri al otro lado del canal. Una sonrisa lenta, cruel y diabólica se dibujó en los labios finos del marqués. Su rostro perdió por un segundo la máscara de caballerosidad refinada, revelando una expresión de pura malicia triunfante... entonces lo comprendí: el enemigo de Dimitri, la sombra que buscaba destruir al Conde y cobrar la deuda del pacto ancestral, era él, esa persona que se hacía pasar por noble y había burlado la seguridad de mi casa con palabras y riquezas para comprar a mis padres. El Conde Dimitri podía resistir los ataques de la magia negra, podía derrotar a los espectros en los callejones y soportar el dolor de su maldición en soledad, pero yo era la mujer a la que acababa de romperle el corazón para protegerla, y quien seguía siendo su talón de Aquiles. Y ahora, el enemigo estaba dentro de mi propia casa, sonriendo frente a mis padres y estrechando las manos de mi familia. El juego había cambiado de forma drástica. La trampa no estaba en las ruinas de San Michele ni en los callejones oscuros, la trampa acababa de cruzar la puerta de mi hogar con la bendición de mi propia sangre.



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En el texto hay: fantasia, comedia, romance

Editado: 15.10.2026

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