El gran baile de máscaras en el Palazzo Ducale era, sin duda alguna, la cúspide de la temporada veneciana. Cientos de candelabros de cristal de Murano suspendidos del techo de pan de oro arrojaban un resplandor dorado y cálido sobre la multitud ataviada con sedas, terciopelos, plumas de avestruz y las más sofisticadas máscaras de porcelana y encaje. Bajo el antifaz plateado con filigranas de brillantes que cubría la mitad de mi rostro, yo intentaba mantener la compostura. Lucía un vestido de seda color plata azabache que caía con una fluidez casi líquida hasta el suelo de mármol policromado. Mi madre, a un par de metros de mí, no dejaba de abanicarse con orgullo mientras conversaba con otras matronas, ufanándose de que el marqués de Valmont no le quitaba los ojos de encima a su hija. Aquel supuesto marqués permanecía cerca de la galería de la orquesta, con un traje borgoña y una máscara de cuervo de marfil que ocultaba sus facciones. Aunque sonreía con una cortesía milimétrica a los aristócratas que se le acercaban, yo sentía la mirada helada de ese hombre clavada en mi nuca como una aguja. El olor rancio a azufre y metal oxidado, sutilmente oculto tras su perfume importado, seguía erizándome la piel.
-Loreine, querida, no te quedes ahí parada
Me susurró Olive, apareciendo a mi lado con una máscara de mariposa de encaje negro.
-pareces una estatua de mármol colocada para decorar el pasillo
-estoy intentando no sofocarme, Olive
Respondí en un murmullo bajo.
-este ambiente está cargado de una falsedad que me revuelve el estómago
-o del hecho de que no has dejado de mirar la puerta principal desde que llegamos
Intervino Jack desde mi otro lado, ajustándose una sencilla máscara de terciopelo azul.
-si estás buscando al Conde, dudo que aparezca. Tras el espectáculo del otro día, la mitad de los guardias del duque tienen órdenes de no dejarlo pasar
Cerré la boca para no responder. La orquesta atacó los primeros compases de un vals majestuoso. El murmullo de la multitud se intensificó mientras las parejas comenzaban a tomar la pista de baile. Fue en ese preciso instante cuando el aire alrededor de mí cambió de golpe. El sofocante olor a perfume de nardos, sudor y cera de abeja del gran salón desapareció en una fracción de segundo, reemplazado por una fragancia inconfundible que hizo que mi pulso se detuviera de golpe: jazmín nocturno, tierra mojada tras la tempestad, el matiz metálico y eléctrico de las sombras. Se me cortó la respiración. Me giré sobre mis talones con la rapidez de un rayo, buscando frenéticamente entre las figuras disfrazadas que abarrotaban el salón. Y allí, emergiendo de la penumbra del gran arco de entrada, avanzaba un hombre. Vestía un frac de terciopelo negro de un corte impecable y una máscara veneciana de estilo Volto de un negro profundo, sin adorno alguno. La máscara cubría la mitad superior de su rostro, ocultando sus ojos y sus pómulos, pero no había antifaz ni disfraz en toda Venecia capaz de engañarme. Su porte imponente, la amplitud de sus hombros y la autoridad peligrosa que emanaba de cada uno de sus pasos lo delataban a leguas. Pero, por encima de todo, era ese perfume, esa aura de sombras y tormenta, lo que lo volvía absolutamente inconfundible. Dimitri. Había venido. A pesar de las órdenes del duque, a pesar de los guardias, a pesar de sus propios discursos sobre alejarse de mí. El Conde no miró a nadie más. Ignoró las reverencias, los murmullos curiosos de la gente y los abanicos que se agitaban a su paso. Avanzó en línea recta hacia mí, con una determinación que hizo que la multitud se abriera a su paso como si intuyeran la fuerza de la marea que traía consigo. Se detuvo a un solo palmo de mí. A través de los orificios de su máscara negra, pude percibir el brillo azul cobalto e intenso de sus ojos oscuros, fijos exclusivamente en mi rostro. No dijo una sola palabra. No se identificó ni ofreció disculpas por su crueldad del otro día. Simplemente se inclinó en una reverencia impecable, profunda y llena de una devoción silenciosa, y extendió su mano enguantada en seda negra hacia mí.
-¿Quién es ese caballero tan osado?
Susurró una marquesa a mi espalda.
-Loreine, no sabes quién es, no vayas a...
Comenzó a advertir mi madre, dando un paso hacia adelante con expresión de alarma. No escuché a mi madre. No escuché a Jack ni a la multitud. Sin un solo segundo de duda, alcancé su mano con la mía y deposité mis dedos sobre su palma. El contacto fue una descarga de electricidad pura. Un calor maduro, intenso y protector brotó de su mano, envolviendo la mía con una firmeza que parecía querer reparar cada una de las grietas que sus palabras crueles habían dejado en mi alma. Dimitri tiró suavemente de mí, guiándome con una gracia divina hacia el centro mismo de la gran pista de baile, justo bajo la luz dorada del candelabro principal. La orquesta tocaba un vals lento, grandioso y sobrecogedor. Dimitri colocó su mano izquierda en el hueco de mi espalda, sobre la seda de mi vestido, atrayéndome hacia su pecho con una fuerza tan íntima que la distancia entre nuestros cuerpos se redujo a milímetros. Yo deslicé mi mano sobre su hombro de terciopelo negro, sintiendo la tensión contenida de sus músculos debajo de la tela. Y entonces, comenzamos a bailar.
(En el centro del salón, rodeados por la multitud enmascarada que nos observaba sin aliento, el Vals de la Reconquista cobró vida en un murmullo de magia y seducción)
Dimitri: (Cantado en un susurro grave y desgarrador contra mi oído, mientras nos desplazamos en giros perfectos) Perdonami, luce mia, per la crudeltà delle mie parole, per aver eretto menzogne che ti trafiggono il cuore. Ho cercato di strapparti al fuoco che mi divora il sangue... eppure, nell'ombra della tua assenza, è solo la morte a reclamarmi!
Loreine: (Cantado con una dulzura firme, mirándolo a través de la máscara mientras la seda de mi falda flamea) Credevi che le tue bugie avrebbero spezzato la mia anima, che parole gelide avrebbero cancellato il ricordo di te. Eppure ti conosco, mio Conte; conosco il tuo dolore... e nemmeno mille maschere possono celare la verità del tuo amore!