[Narra el Conde Dimitri]
Dos minutos. Le había prometido que volvería en dos minutos. Ciento veinte latidos de mierda en los que crucé las arcadas de mármol, inspeccionando los corredores exteriores bajo el manto de una niebla que olía a hechicería antigua, a traición y a sangre derramada. Mi poder vibraba bajo mi piel como una bestia encadenada, chisporroteando en las yemas de mis dedos en chispas de un azul rabioso. Las galerías estaban desiertas. Los guardias del duque yacían desplomados contra las columnas, sumidos en el mismo sueño mágico que había paralizado el salón principal. El silencio era demasiado denso. Demasiado perfecto. Una punzada de pavor absoluto, más helada que el agua estancada de los canales en pleno invierno, me atravesó el pecho.
-no...
Murmuré para mí mismo. Me di la vuelta y eché a correr. Mi capa de terciopelo negro flameó detrás de mí mientras cruzaba los arcos de piedra a una velocidad inhumana. Irrumpí de nuevo en el gran salón de baile, donde la penumbra cobalto apenas permitía distinguir las figuras inmóviles de la aristocracia veneciana tendidas sobre la alfombra.
-¡Loreine!
Grité. Mi voz retumbó contra los techos de pan de oro, rota por una desesperación que jamás en toda mi existencia me había atrevido a mostrar al mundo. Llegué al centro de la pista, allí donde escasos minutos atrás sus manos habían estado entrelazadas con las mías, allí donde la seda de su vestido había rozado mi cuerpo en la danza más hermosa de mi vida. El centro de la pista estaba vacío. El mundo se detuvo. El aire en mis pulmones se volvió plomo hirviendo. El pulso se me aceleró hasta convertirse en un rugido sordo en mis oídos.
-¡LOREINE!
Volví a rugir, dando vueltas sobre mi propio eje, mirando furiosamente entre las sombras, entre los cuerpos dormidos, entre las cortinas de terciopelo. Nada. Solo el aroma a jazmín nocturno que se disipaba en el aire, pisoteado por el hedor rancio a azufre y metal oxidado.
-¡Se la llevaron! ¡Se la llevaron, maldita sea!
Un grito ahogado resonó a mi izquierda. Me giré con la rapidez de un depredador, las manos envueltas instintivamente en garras de fuego azul cobalto. Emergiendo de la niebla, tambaleándose y sosteniéndose la cabeza con ambas manos, apareció Jack Kensington. A su lado, Olive se arrastraba entre los sofás, con el rostro pálido y la máscara de mariposa rota en el suelo. La niebla mágica no los había dormido del todo —la fuerza de su voluntad o la mera cercanía con la magia que había impregnado a su hermana los había mantenido conscientes en un trance parcial—, pero sus ojos reflejaban un terror ciego. Jack se abalanzó hacia mí, agarrándome por las solapas del frac con una fuerza desesperada.
-¡Se la llevaron!
Chilló Jack, con la voz quebrada por el pánico y el esfuerzo de respirar en mitad del veneno mágico.
-¡Apenas cruzaste esa puerta, las sombras brotaron del suelo! Tres de ellos... tres de esos engendros la encadenaron antes de que pudiera gritar, ¡Intenté detenerlos! ¡Olive intentó golpearlos con un candelabro, pero nos arrojaron contra la pared como si fuéramos muñecos de trapo!
El corazón me dio un vuelco salvaje. Apreté los puños con tal violencia que las garras de fuego azul amenazaron con incinerar las mangas de mi propio traje.
-¿Hacia dónde?
Exigí, y mi voz no sonó humana; era un trueno sordo, raspado, cubierto de la rabia más oscura de mi linaje.
-¡¿Hacia dónde se la llevaron, Jack?!
-¡Hacia la salida del puerto privado del palacio!
Intervino Olive, poniéndose de pie con torpeza y aferrándose al brazo de su hermano, con lágrimas de pura rabia corriendo por sus mejillas.
-¡Llegamos al balcón a tiempo para ver cómo la subían a la fuerza a un carruaje! Un carruaje negro, enorme, sin faroles... ¡Marcado con runas de fuego rojo que quemaban la madera!
Runas de fuego rojo. El sello del Clan Valmont. Los guardianes del pacto. Las sombras primigenias de mi linaje que habían venido a reclamar la deuda.
-Valmont...
Siseé entre dientes. La verdad me golpeó en el pecho con la fuerza de un rayo. El supuesto marqués extranjero que había estado cortejando a la familia Kensington, el noble de modales refinados que había entrado en su palacio con la bendición de sus padres. Había esperado el momento exacto en que la dejé sola para clavar sus garras en su cuello.
-¡Fue mi culpa!
Me maldije a mí mismo, hincando las rodillas en el suelo de mármol y asestando un puñetazo furioso contra el piso. Las losas de mármol policromado se resquebrajaron bajo el impacto de mi mano envuelta en fuego azul, soltando un chasquido sordo.
-¡Fue mi maldita culpa! Prometí protegerla... le prometí que volvería en dos minutos y la dejé a merced de esos buitres...
-¡Cállate y escúchame, Conde!
Gritó Jack, agarrándome del hombro y obligándome a ponerme en pie con una agresividad nacida del pánico puro.
-¡No hay tiempo para que te lamentes ni para que interpretes a tu personaje de trágico condenado! ¡Tienen a mi hermana! ¡Tienen a Loreine! Y si tú te rindes ahora, si te quedas aquí lamentándote en el suelo, juro por Dios que yo mismo iré a buscarla aunque tenga que quemar Venecia entera
Miré a Jack. El joven aristócrata que solía pasar sus mañanas haciendo bromas sobre la mermelada y el té, el muchacho que fingía indiferencia frente al mundo, me miraba ahora con los ojos ardientes de un león dispuesto a morir por su sangre. Respiré hondo. El fuego azul de mis manos se aplacó levemente, transformándose en una marea de energía fría, contenida y mortífera. Tenía razón. El tiempo del arrepentimiento se había agotado.
-no voy a rendirme
Dije, y cada palabra fue una promesa esculpida en piedra.
-si le tocan un solo cabello, reduciré sus almas a cenizas eternas
En ese momento, Olive dio un paso hacia el centro de la pista, donde la niebla comenzaba a disiparse lentamente.