[Narra el Conde Dimitri]
Las puertas de roble macizo y herrajes de forja que custodiaban el paso a la torre central cayeron hacia adentro, reducidas a astillas humeantes bajo el impacto de mi puño izquierdo. La onda expansiva de fuego azul cobalto barrió la escalinata, incinerando a cuatro espectros que intentaron bloquearme el paso. Sus alaridos metálicos se disiparon en el viento como el siseo de una plancha ardiente sumergida en el mar. A mi retaguardia, el estruendo del acero y el choque de la madera retumbaban en la armería. Jack, armado con un pesado candelabro de bronce de tres brazos que usaba como maza y la navaja de afeitar de su abuelo en la otra mano, descargaba golpes precisos contra las sombras que surgían de las esquinas, manteniendo la posición en mitad del círculo de contención que yo les había trazado en el suelo. Olive, con los faldones de su vestido desgarrados para facilitar el movimiento, usaba la palanca de hierro con una fuerza despiadada, destrozando los marcos de obsidiana y las runas de sangre grabadas en el piso con cada impacto seco.
-¡Avanza ya!
Gritó Jack, esquivando la garra de un espectro que le rozó la mejilla y devolviendo un golpe de bronce que hizo estallar la máscara de la criatura.
-¡Nosotros destruiremos los espejos! ¡Saca a mi hermana de esa maldita torre!
-¡No te detengas por nada, Dimitri!
Añadió Olive, asestando un palancazo certero al segundo altar de obsidiana, que se resquebrajó soltando chispas rojas.
No miré atrás.
(En mitad del caos, con los cimientos de la fortaleza temblando bajo la tormenta de mi poder, la orquesta de la destrucción cobró vida en un réquiem épico, trágico y oscuro)
El Coro de Espectros del Clan Valmont: (Cantado en un tono gregoriano, fúnebre y gutural que resonaba en los arcos de piedra) ¡Benvenuto all’altare, o Signore della dannazione! Oggi, il filo della vita del tuo amore viene reciso! Ogni vampata di fiamma, ogni raggio di luce, è un chiodo di ferro conficcato nella sua croce!
Dimitri: (Rugido en un barítono atronador, envuelto en una marea de sombras y fuego azul que destruía las columnas a su paso) ¡Silenzio, creatura del male! Assaporerai la furia del mio sangue ancestrale! Né la tua trappola di specchi né il tuo patto di sangue impediranno alla mia ira di consumarti del tutto, questa notte!
Jack y Olive: (A dúo, luchando en la armería entre chispas de bronce y mármol roto) ¡Spezziamo i sigilli, distruggiamo il male, affinché il «diamante» non giunga alla sua fine! Avanzate, Conte — non voltatevi indietro — poiché la luce di Loreine non sarà mai spenta per causa vostra!
Subí la gran escalinata de caracol de tres en tres peldaños. Las sombras del clan Valmont se arrojaban sobre mí en oleadas desesperadas. Atravesé las filas enemigas con la fuerza de una avalancha. Agarré a los espectros con mis propias manos, estrellándolos contra los muros de piedra hasta hacerlos desaparecer en polvo, desaté ráfagas de fuego azul con la mirada que agujereaban los techos góticos y hacían caer toneladas de mampostería sobre sus cabezas. La magia incontrolable de mi linaje, la misma que durante años me había aterrorizado provocar por miedo a herir a los inocentes, ardía ahora con la violencia de una estrella moribunda, impulsada por un único objetivo: llegar hasta ella. Los pasillos de San Andrea se convirtieron en un infierno de luz cobalto y gritos agónicos. Cada paso que daba me acercaba a la cima, pero cada segundo que transcurría me desgarraba las entrañas al sentir la pulsación del hechizo de Valmont. Sentía la resistencia de las runas rojas en la cúpula, sentía cómo la red del catalizador intentaba aferrarse a mi energía para desviarla hacia el corazón de Loreine. Me obligué a contener el fuego interno, a recibir los cortes de las espadas enemigas en mi propio cuerpo, a sangrar sobre la piedra sin responder con explosiones mágicas directas para no sobrecargar el círculo de la torre. La sangre caliente provenía de tres heridas en mi hombro y mi costado, empapando la tela del traje desgarrado. El cansancio mágico me quemaba las sienes como hierro candente, pero continué avanzando, ciego de amor y rabia. Llegué al último descanso de la torre. Frente a mí se alzaban las puertas monumentales de la Cámara Principal del Altar: dos hojas de bronce macizo de cuatro metros de alto, grabadas con el rostro del patriarca del Clan Valmont y selladas por seis cadenas de hierro incandescente que chisporroteaban en un tono rojo sangriento. Al otro lado de la madera, la voz de Loreine resonó en un grito ahogado que me atravesó la existencia.
-¡DIMITRI!
El sonido de mi nombre pronunciado por sus labios en mitad del tormento del ritual rompió el último hilo de mi cordura.
-¡VALMONT!
Rugí con una voz que hizo estallar los ventanales laterales de la torre en mil pedazos. No usé la magia a distancia. Corrí hacia las puertas de bronce. Me arrojé con todo mi peso, envolviendo mi hombro y mis brazos en un halo de fuego azul tan denso que el metal sagrado de los sellos comenzó a derretirse en un chisporroteo de oro líquido.
¡CRASH!
Las gigantescas puertas de bronce cayeron hacia el interior de la cámara con un estruendo catastrófico, aplastando los altares laterales y levantando una nube de polvo de mármol y humo rojo. Irrumpí en la estancia envuelto en una marea de sombras y llamas cobalto, con la ropa ensangrentada, el cabello oscuro revuelto y los ojos ardiendo como dos faros de pura destrucción. Pero la escena que me recibió al disiparse el humo me congeló el alma de golpe. La gran cúpula de la torre estaba iluminada por un resplandor sangriento y maligno. En el centro del círculo de runas, suspendida en el aire por las cadenas de hierro que descendían de la cúpula, se encontraba ella. Su vestido flameaba salvajemente por el viento de la magia negra, sus manos sujetadas por grilletes, y desde los cuatro espejos de obsidiana del altar, gruesos relámpagos de energía roja y azul se cruzaban en el aire, convergiendo directamente sobre el centro de su pecho. Loreine estaba erguida, con los dientes apretados en un esfuerzo sobrehumano por no gritar, pero la pidez de su rostro era mortal. Las venas de su cuello y de sus brazos brillaban con un tono azabache antinatural por la carga de la energía drenada que cruzaba su cuerpo. Frente a ella, en el altar central, el marqués de Valmont sostenía la daga ceremonial en lo alto, recitando la última estrofa del encantamiento con los ojos desorbitados de pura locura triunfante.