[Narra el Conde Dimitri]
La opulencia del palazzo Kensington se había transformado en un mausoleo dorado. El silencio que habitaba sus salones era la quietud pesada y sofocante que precede a la tragedia definitiva. Candelabros de plata velados con crespones negros arrojaban una luz tenue sobre los pasillos de mármol, donde los sirvientes caminaban descalzos o sobre esteras para no producir el menor ruido. En el centro de la alcoba principal, sobre la gran cama de dosel cubierta de sedas blancas, reposaba Loreine. Sus párpados permanecían cerrados, largos y sombríos, ocultando esos ojos marrones que habían sido mi único faro en la oscuridad. Su pecho apenas se elevaba con un hilo de respiración imperceptible, distante y frágil. Durante todo el día, los mejores médicos de la República y los sanadores más ilustres convocados desde las islas vecinas iban y venían por la habitación. Uno a uno salieron, sacudiendo la cabeza con impotencia, hablando en susurros sobre «una fiebre helada de origen desconocido» o «un colapso irrecuperable del espíritu». Alrededor de la cama, la familia Kensington velaba su cuerpo debilitado: su madre lloraba en un rincón —aferrada a un rosario, pidiendo perdón a gritos ahogados por haber dudado de la pureza de su hija y por haber abierto las puertas de su casa a los demonios disfrazados de nobles—, su padre —el hombre que horas atrás pretendía imponer su autoridad de hierro sobre su hija, permanecía sentado en una silla de baquetón con la cabeza entre las manos, envejecido diez años en una sola jornada, destrozado por la culpa de haber sido ciego ante el peligro real. Jack y Olive no se apartaban de los pies de la cama, velando a su hermana con la mirada extraviada de quienes han visto el infierno y temen cerrar los ojos. Y yo... yo permanecía apartado en el umbral de la puerta. Mi presencia ya no provocaba los gritos de indignación de sus padres, para ellos, ahora era el hombre que había traído la ruina a su hogar, pero también el único que había luchado como un demonio para traer el cuerpo de su hija de vuelta. Mis heridas me quemaban bajo la camisa, pero ese dolor era una caricia insignificante comparado con la agonía que me devoraba la razón por dentro. Un crujido suave sobre el parqué me sacó de mi trance. Olive se había apartado del dosel de la cama y avanzó a paso lento hacia donde yo me encontraba, sosteniendo una pequeña vela encendida entre las manos. Se detuvo a medio metro de mí, observando las manchas de sangre seca sobre mi abrigo y la palidez de mi rostro.
-debes curar tus heridas
Murmuró Olive, y su voz sonó inusualmente suave, carente de la sátira que solía usar frente al mundo.
-estás sangrando desde esta mañana. Si te desplomas aquí, no podremos ayudarte a ti tampoco
-no me importa mi sangre
Respondí, y mi voz fue un hilo raspado, seco, desprovisto de toda vibración terrenal.
-si ella no despierta, no hay herida en este mundo que valga la pena cerrar
Olive dio un paso más y colocó su mano pequeña y tibia sobre mi brazo herido.
-escúchame bien, Conde
Dijo, obligándome a mirarla directamente a los ojos.
-no te atrevas a culparte por esto. Jack y yo vimos cómo luchaste, vimos cómo te dejaste apuñalar y sangraste sin usar tu magia para no sobrecargar el hechizo que la aprisionaba. Viste a los demonios cara a cara y los destruiste a todos. Hiciste todo lo que un hombre y una criatura de la noche podían hacer para salvarla
Un suspiro ahogado, cargado de un dolor insoportable, se me escapó del pecho.
-no fue suficiente
Dije, sintiendo que la garganta se me cerraba.
-dejé que esa aguja la alcanzara. Ella vino a mi mundo porque yo fui demasiado débil para mantenerla al margen. Yo la condené al permitir que me amara
-ella no fue a tu mundo por debilidad, Dimitri
Corregió Olive, con un destello de esa misma obstinación feroz que caracterizaba a su hermana.
-fue porque ella te eligió a ti. Durante años, todos intentaron convertirla en un adorno de porcelana para venderla al mejor postor. Tú fuiste el único que la miró y vio a la mujer de acero y fuego que llevaba dentro. Si Loreine está luchando en esa cama, si su corazón no se ha apagado del todo, es porque sabe que estás al otro lado de esa puerta esperándola. Así que no te rindas. No ahora
Olive apretó mi brazo una última vez y se giró hacia sus padres. Habló en voz baja con ellos, convenciéndolos de abandonar la habitación para descansar en la sala contigua. Jack fue el último en salir, se detuvo frente a mí, me dio una palmada firme en el hombro en señal de una lealtad indestructible que no necesitaba palabras, y cerró las pesadas puertas dobles detrás de sí. Por primera vez en más de doce horas, la habitación quedó en un silencio absoluto. Me quedé a solas con ella. Crucé la distancia que me separaba de la cama con pasos temblorosos. Me dejé caer de rodillas sobre la alfombra al lado del dosel, y me atreví a alcanzar su mano, tomándola entre las mías y acercándola a mis labios, intentando infundirle el calor de mi cuerpo, la chispa de mi alma... cualquier cosa con tal de sentir la menor respuesta de su piel. Nada. Solo el frío del veneno. Apoyé la frente sobre el borde del colchón, cerrando los ojos con fuerza mientras las lágrimas quemaban mis mejillas en mitad de la penumbra. La nostalgia y el recuerdo de cada instante vivido a su lado irrumpieron en mi mente como un vendaval de luz deslumbrante: recordé el primer día en que la vi cruzando el Gran Canal con esa elegancia magnética que hacía parecer vulgares a todas las demás damas de Venecia, recordé su risa cristalina en el baile de máscaras, la firmeza de su voz cuando cantamos juntos en las ruinas de la abadía de San Michele, la calidez de sus brazos rodeando mi cuello en aquel callejón infestados de espectros cuando me dijo: «No le temo a tu poder, Dimitri». Ella había sido la única luz en cinco años de oscuridad absoluta. La única persona que había mirado la maldición de mi linaje no como un monstruo al que exterminar o temer, sino como la herida de un hombre que merecía ser amado.