El vals de las sombras

Capítulo 22

​El primer sentido en regresar no fue el de la vista, ni el del tacto, sino el del calor... un calor denso, limpio y profundo que comenzó a expandirse desde el centro mismo de mi pecho, descongelando en cuestión de segundos cada uno de mis músculos y devolviéndole el pulso a mis venas. No había rastro del azufre, ni del veneno helado del clan Valmont, ni de las cadenas de hierro que me habían aprisionado en la torre del Fuerte de San Andrea. Abrí los ojos lentamente. La luz dorada de la mañana se filtraba a través de las cortinas de terciopelo azul de mi habitación, iluminando el dosel de la cama con una claridad apacible. Parpadeé varias veces, intentando ajustar la vista a la claridad, mientras mi respiración se llenaba de aire fresco y real.

​-¡Madre de Dios... ha abierto los ojos!

Exclamó mi madre, con un grito ahogado que se quebró a mitad de camino entre la risa y el sollozo. A mi alrededor, el movimiento fue inmediato. Mis padres, se precipitaron hacia mí. Mi madre se dejó caer de rodillas junto a la cama, tomando mis manos con una delicadeza desesperada, mientras mi padre, apoyaba las manos sobre el respaldo de madera del cabeceral, con los ojos ahogados en lágrimas y el rostro contraído por una emoción tan profunda que lo hacía parecer irreconocible.

​-Loreine... hija mía...

Balbuceaba mi padre, con la voz rota.

-estás viva. El Señor nos ha devuelto a nuestra hija

​Intenté mover los labios, pero la garganta me supo a sequedad.

​-agua...

Logré murmurar en un hilo de voz. ​Olive, que estaba al pie de la cama con el rostro pálido y los ojos hinchados por el llanto, corrió hacia la mesita de noche, tomó una jarra de cristal y me acercó un vaso con agua fresca. Bebí con rapidez, pero en cuanto el vaso se apartó de mis labios, la bruma del sueño se disipó por completo, dando paso a una lucidez aterrorizadora. Mis ojos se abrieron de par en par. La memoria de la torre, el impacto de la estaca de Valmont, la caída al vacío y la imagen de Dimitri arrojándose a rescatarme irrumpieron en mi mente como un relámpago. Desvié la mirada de mis padres. Mis ojos recorrieron con desesperación la habitación entera, buscando la silueta alta, la capa negra y los ojos de fuego cobalto que siempre aparecían cuando más los necesitaba... no estaba junto al ventanal, ni tampoco estaba apoyado contra la jamba de la puerta. Recorrí desesperada la habitación con la mirada. Y entonces, el corazón se me detuvo en el pecho, tendido sobre el suelo de mármol, había un silencio pesado. Dimitri estaba allí, yacía tendido boca arriba sobre la alfombra, completamente inmóvil, con el frac desgarrado, las manchas de sangre de sus heridas de batalla secas sobre el tejido y el rostro pálido, desprovisto de ese brillo feroz y magnético que lo caracterizaba. A su lado, arrodillado con las manos cubriéndose el rostro y los hombros sacudidos por un llanto seco y violento, se encontraba Jack.

​-no...

Susurré, y un frío repentino, mil veces peor que el veneno de la bruja, comenzó a devorarme por dentro. ​Intenté incorporarme de golpe, pero mis padres intentaron contenerme.

-Loreine, descansa, hija, todavía estás muy débil...

Suplicó mi madre, intentando sujetarme de los hombros.

​-¡Déjenme!

Grité con una fuerza que me sorprendió incluso a mí. Deslicé las sábanas a un lado, ignorando el vértigo que amenazaba con derribarme, y me dejé caer fuera de la cama. Mis rodillas golpearon el suelo de madera, pero no sentí dolor. Gateé con desesperación a través de la alfombra hasta llegar al lugar donde Jack y Dimitri permanecían inmóviles.

​-Jack...

Articulé, tomando a mi hermano por la solapa de la chaqueta y obligándolo a mirarme.

-Jack, ¡mírame! ¿Qué le pasa? ¿Por qué está en el suelo? ¿Dónde está el sanador?

​Jack alzó el rostro. Sus ojos marrones estaban completamente devastados. Al ver la expresión en el rostro de mi hermano, el aire se me escapó de los pulmones como si me hubieran apuñalado el estómago. No hizo falta que dijera una sola palabra. La verdad, horrible, ineludible y trágica, cayó sobre la habitación con el peso de una losa de plomo.

​-el ritual...

Susurró Jack, y su voz apenas era un siseo roto por el dolor.

-el veneno de Valmont te estaba matando, Loreine. Tu alma se estaba congelando en el abismo. No había pociones, no había médicos en el mundo que pudieran sacarte de allí

​Negué con la cabeza con violencia, sintiendo que las lágrimas comenzaban a desbordarse por mis mejillas.

​-¡No!

Grité, un grito tan agudo, tan desgarrador y visceral que hizo eco en los techos de la alcoba y atravesó los muros del palacio.

-¡No! ¡Él me prometió que lo resolveríamos juntos! ¡Dimitri! ¡Dimitri, levántate!

​-intenté detenerlo, Loreine... juro por Dios que intenté detenerlo

Lloró Jack, aferrándose a mis brazos con desesperación.

-me dijo que no había otra forma de romper el maleficio. Abrió el libro prohibido de su linaje y realizó el Vínculo Inverso. Transfirió todo el veneno de tu corazón hacia su propio cuerpo... y entregó la totalidad de su esencia vital para devolverte la vida

​-¡Mientes! ¡Es una mentira!

Grité con el alma rota, sacudiendo a mi hermano con furia ciega.

-¡Él no puede morir! ¡Un Conde de las Sombras no puede morir así! ¡Dimitri! ¡Despierta!

​Me arrojé sobre el cuerpo inerte de Dimitri. Hundí mi rostro contra su pecho, buscando desesperadamente el latido que solía retumbar bajo la tela de su abrigo cada vez que me abrazaba. Silencio. Un silencio absoluto, terrible y eterno. Su piel, que antaño quemaba con la intensidad de un fuego protector, estaba fría. Sus manos, que me habían sostenido en la abadía de San Michele y me habían rescatado en el baile de máscaras, yacían abiertas sobre la alfombra. En el centro de su palma derecha brillaba una pequeña cicatriz dorada, idéntica a la que ahora reposaba, punzante y viva, en el centro de mi propia mano. El enlace se había completado. Él me había entregado su vida entera a cambio de la mía, cumpliendo la profecía de su maldición de la manera más cruel y hermosa posible. Un grito de dolor puro, un alarido desesperado que arranqué desde el fondo de mis entrañas, desgarró el silencio de la alcoba. Grité por la injusticia, por la soledad, por el amor que acababa de florecer para ser truncado por la tragedia. A mis espaldas, sentí cómo el peso del remordimiento aplastaba a mi familia. Mi madre, se dejó caer de rodillas sobre la alfombra a pocos centímetros de nosotros. Las manos le temblaban mientras cubría su rostro con el pañuelo, ahogando sollozos de un arrepentimiento tan profundo que la hacía temblar entera. Ella, que había pasado semanas despreciando al Conde, llamándolo monstruo y prohibiéndome cruzar palabra con él, comprendía por fin que el hombre —al que habían catalogado como una abominación— había dado su propia existencia para salvar a su hija. Mi padre, dio dos pasos tambaleantes hacia adelante, se hincó junto a mi madre y, con la cabeza gacha y el rostro bañado en lágrimas, extendió una mano temblorosa para tocar el hombro inerte de Dimitri en un gesto silencioso de perdón, respeto y absoluta devoción póstuma.



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En el texto hay: fantasia, comedia, romance

Editado: 15.10.2026

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