El Velo

Capítulo 1: La Conexión

Bibiana

Mi cuerpo está preparado para enfrentarse a un tigre o recorrer cinco kilómetros en menos de treinta minutos. El corazón me late rápido y fuerte, amenazando con atravesar mi pecho. Mis pulmones absorben oxígeno en una respiración acelerada. Mis pupilas se han dilatado para permitir una mejor visión, aunque no hay ninguna amenaza a la que seguir la pista. No necesito una respuesta de lucha o huida. Solo necesito responder bien a una pregunta difícil de una entrevista importante.

¿Quién soy? No puedo decir lo que pienso o el viaje hasta aquí no habrá valido de nada.

—Me llamo Bibiana. Tengo dieciséis años. Voy al instituto…

Me detengo. Pareciendo un robot no voy a convencer a nadie. Tengo que abrirme, hablar desde la intimidad. Así que hago esfuerzos por imaginar el inicio de un día corriente de mi vida actual. Me imagino despertándome y comprobando que sigo encerrada en un cuerpo. Sentándome en el borde de la cama y poniéndome mis prótesis de extremidad inferior: la derecha a nivel del fémur, la izquierda a nivel de la tibia.

—Las mañanas no me gustan —continúo—. Me recuerdan que no soy libre. Estoy atada a mi vida… y a las cosas que me permiten vivirla.

No solo dependo de las prótesis, también de la morfina en cápsulas que alivia el dolor crónico de mis amputaciones.

—No hablo del café ni del móvil. —Fuerzo una sonrisa, intentando rebajar la intensidad de mis palabras—. Son cosas por las que la Selección Natural decidiría que no soy un organismo óptimo.

Me tomo mi dosis de liberación prolongada cada mañana frente al sinfonier de mi habitación, justo antes de desviar la vista hacia la fotografía de mi madre y el pañuelo oncológico que se volvió característico en sus últimos años de vida.

—Hay… Hay gente a mi alrededor. Algunos ya no están, pero siguen presentes.

La mente me traslada a los desconchados pasillos de mi instituto. A una de esas muchas veces en las que cruzo miradas con mi antiguo amigo Oliver y él termina por apartar la vista.

—Otros siguen aquí, pero no están presentes.

Pienso en mi padre enfadado y en mis reconfortantes amigos.

—Hay a quien le caigo mal y hay quienes me soportan. No solo eso. Me eligen y me cuidan, y me han animado a venir aquí.

También dependo de ellos. Sobre todo de ellos.

Por primera vez desde que creo recordar, levanto la barbilla y confronto los analíticos ojos de la entrevistadora. Su pelo, su maquillaje y su vestido liso y luminoso están en perfecta sintonía con la elegancia minimalista del lugar. Se llama Sara y, aunque ocupa un alto cargo, gusta de entrevistar a los candidatos en persona y dedicar a cada caso el tiempo que merece. Eso explica que haya tardado cuatro meses en concederme esta cita.

—¿Entiendes que hemos emulado a niveles tan profundos las redes neuronales humanas, responsables de procesos como las funciones cognitivas, la autorreflexión y la percepción subjetiva, que han tenido como resultado una conciencia emergente?

—Sí, lo entiendo.

La compañía Volition tiene tantos defensores como detractores. Ha logrado replicar patrones del cerebro humano con una precisión sin precedentes, pero esa reproducción tecnológica de procesos biológicos no está exenta de crítica.

—¿Entiendes que los kenomas actuales son un prototipo, y que su custodia puede ser retirada si no se asiste a las sesiones de seguimiento?

Kenomas. Así llaman a sus sofisticados androides y ginoides. La única forma de poder permitirme uno es que sea gratuito, y por tanto experimental.

—Lo entiendo.

—¿Entiendes que, tras la conexión mental ordinaria, los kenomas tienen acceso a los sentimientos y emociones de sus dueños y, con el tiempo, incluso a sus deseos y temores inconscientes?

—Lo entiendo.

—¿Qué sientes hacia la posibilidad de romper la barrera entre el humano y la máquina?

—Nada.

—¿Nada?

—No creo que eso sea posible.

Sara se recuesta en el respaldo de su asiento, preparada para disparar la última bala:

—¿Por qué crees que necesitas a un o una kenoma?

Trago saliva. Me sudan las manos y las froto con fuerza contra mis muslos. Mis piernas se mueven con nerviosismo y las inmovilizo contra las patas de la silla.

—Es por las prótesis —balbuceo—. Las que me puedo permitir son limitadas. Mi pierna izquierda es muy básica, se limita al soporte y pesa demasiado, así que el gasto energético aumenta. La rodilla de mi pierna derecha es mecánica. No controlas el balanceo y te caes. Y cuando no, se engancha o se desencaja y…

—En Volition anteponemos aquellos casos en los que el anterior escalón tecnológico no cubre las necesidades —me interrumpe sin titubear—. Si tuvieras piernas biónicas, multisensoriales, de última generación, ¿crees que seguirías necesitando un kenoma?

El corazón me late lento y suave, amenazando con detenerse por completo. Mi respiración transita de un océano turbulento a un mar con olas contadas y superficiales. Siento que mis músculos se apagan, mi entorno se aleja y el tiempo transcurre a cámara lenta.

En ocasiones, el cuerpo reacciona al peligro con una respuesta de congelación. Ocurre cuando una persona no sabe si debe luchar o huir, o si la amenaza es demasiado grande para ser enfrentada. Dicen que es un mecanismo de defensa para evitar ser detectado por el depredador.

En ocasiones, el cuerpo humano es estúpido.

—Buscamos una relación humano-kenoma de marcada interdependencia —sentencia Sara—. Lo siento, Bibiana.

***

Alcanzo el final del pasillo y unas altas puertas acristaladas se abren a mi paso. La sala de espera es más extensa que toda mi casa. El blancor y la unión del suelo y las paredes ofrecen una sensación de infinitud.

Hay candidatos que esperan a ser entrevistados, pero la mayoría de sofás, sillones y mesas bajas están ocupados por grupos de seleccionados y sus acompañantes: amigos y familiares de personas con discapacidad. Veo a una joven invidente y a un niño en silla de ruedas. Ambos, con las recomendaciones de los suyos, eligen las características físicas de su kenoma en tabletas electrónicas del grosor de una hoja de papel.




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