Anna caminaba con pasos firmes por el salón, manteniendo la cabeza bien alta y una expresión de absoluta dignidad… o al menos eso intentaba transmitir. Desde la distancia, cualquier observador externo habría pensado que se dirigía a saludar a algún noble de alto rango o a tratar asuntos importantes. Pero quienes la conocían de verdad sabían perfectamente lo que estaba haciendo: su pequeño berrinche silencioso, en el que fingía estar profundamente ofendida para demostrar su “independencia”.
No tardó en llegar hasta donde estaban Adrian y Daeron, que conversaban tranquilamente apoyados en el marco de uno de los balcones, donde entraba una brisa suave que removía levemente las cortinas de seda.
Ambos levantaron la vista en cuanto la vieron acercarse. Adrian esbozó una sonrisa de inmediato.
—Mira quién viene caminando como si el mundo le debiera una explicación.
Daeron dejó escapar una risa baja y divertida, señalándola con la copa que tenía en la mano.
—Y tiene esa cara de “no me hablen o arrepentirse”, pero sus pasos van directos hacia nosotros.
Anna se detuvo justo frente a ellos, cruzó los brazos sobre el pecho y alzó la barbilla con firmeza.
—No quiero hablar con nadie. Me he declarado en silencio total.
Los dos intercambiaron una mirada cómplice. Adrian arqueó una ceja con curiosidad.
—¿Ah sí? Y si no quieres hablar con nadie, ¿por qué te has detenido aquí, justo a nuestro lado?
Anna guardó silencio durante unos segundos, como si buscara una excusa creíble, pero al final solo murmuró en voz baja:
—…Porque ustedes no se rieron de mí. Todavía.
Daeron soltó una carcajada que tuvo que contener rápidamente para no llamar la atención.
—Esa palabra “todavía” da mucho miedo.
—¡Tú tampoco ayudes! —le advirtió ella, señalándolo con un dedo mientras sus mejillas empezaban a teñirse de un leve rubor.
Los dos terminaron riendo con suavidad, sin burlarse de verdad, sino con esa confianza que solo tienen quienes se tratan como familia. Adrian levantó una mano y la posó con suavidad sobre la cabeza de ella, desordenando ligeramente sus mechones oscuros.
—Ven acá, pequeña malhumorada.
Anna no opuso ninguna resistencia. Simplemente dejó escapar un suspiro profundo y se dejó apoyar un poco en el marco, como si de repente hubiera perdido toda su energía para fingir ser digna.
—Son todos muy malos conmigo… primero mis guardias, luego mis hermanos, y ahora hasta ustedes…
—Lo sabemos —respondió Adrian con calma—. Somos terribles.
—Y lo peor es que nos encanta —añadió Daeron con una sonrisa traviesa.
Anna infló las mejillas de nuevo, pero ya sin la misma fuerza.
—No estoy malhumorada. Solo estoy defendiendo mi dignidad.
Adrian y Daeron respondieron al mismo tiempo, con tono de total acuerdo:
—Claro que no.
Anna desvió la mirada hacia el jardín que se veía desde el balcón, fingiendo que le parecía lo más interesante del mundo.
—Bueno… de todos modos, tampoco les hablaré por un rato.
—Lo imaginábamos —dijo Daeron con una sonrisa.
Y así, los tres continuaron conversando entre bromas y comentarios tranquilos, mientras el ambiente en el salón volvía poco a poco a su ritmo habitual, con la música de fondo y las conversaciones de los invitados.
A varios metros de distancia, en el grupo de los nuevos estudiantes, todos seguían observando la escena con gran curiosidad.
Brynja fue la primera en romper el silencio, con una expresión de confusión mezclada con sorpresa.
—¿Siempre… hace esto? ¿Se pone así por cualquier cosa?
Durgan asintió lentamente, frotándose la barba con aire pensativo.
—Yo también quiero saberlo. Nos han hablado de ella como una líder fuerte y justa, pero esto… es algo que no esperaba ver.
Seraphina movió suavemente la punta de su cola de escamas, con la mirada fija en Anna.
—Hace apenas un día que la conocemos… y ya me ha dado más sorpresas que en toda mi vida anterior.
Rhaegar, el hombre bestia, rascó distraídamente una de sus orejas puntiagudas.
—Pensaba que era una mujer mucho más seria, estricta y distante… como la mayoría de los nobles de aquí. Pero es todo lo contrario.
Incluso Lyrielle, que no había dejado de vigilarla discretamente desde que entró, seguía observándola con atención, moviendo lentamente su cola blanca con curiosidad.
Todas las miradas se dirigieron entonces hacia quienes llevaban más tiempo a su lado: Eliana, Lyra, Marien, Sylwen, Selene, Demian y Lythariel.
Brynja preguntó con cierta duda:
—¿Es… esto normal en ella? ¿O es solo una vez?
Hubo unos segundos de silencio, y de repente todos empezaron a reír. No era una risa fuerte ni burlona, sino esa risa suave que surge cuando alguien hace una pregunta cuya respuesta es demasiado obvia.
Eliana fue la primera en responder, secándose una pequeña lágrima de diversión.
—Sí. Es completamente normal.
Lyra asintió con una sonrisa amplia.
—De hecho, diría que hoy se está comportando bastante bien.
Sylwen cruzó los brazos, mirando a su señora con una mezcla de resignación y cariño.
—Si vieran lo que hacemos en la Ciudad de la Rosa Blanca, entenderían que esto es solo una pequeña muestra.
Los nuevos alumnos abrieron los ojos como platos, sorprendidos.
—¿Esto es… comportarse bien? —preguntó Durgan con incredulidad.
Marien soltó una risa suave y negó con la cabeza.
—Créannos. Llevan apenas veinticuatro horas conociendo a Lady Anna. Todavía no han visto ni una fracción de lo que es capaz de hacer.
Demian sonrió con calma, con esa tranquilidad que le caracterizaba.
—Ella tiene una habilidad muy especial: es exactamente lo contrario de lo que uno espera.
Selene asintió, mirando a su hermana con ternura.
—Un día puede resolver un conflicto político que lleva décadas estancado, firmar acuerdos que benefician a todo un territorio y hablar con una sabiduría que impresiona a los consejeros más ancianos…