El tiempo pareció detenerse y retroceder de golpe, arrastrando a Daeron de vuelta a aquellos días que creía haber dejado atrás para siempre.
“¡Hermano!”
Apenas había recorrido unos pasos por los largos pasillos del castillo familiar cuando unos brazos pequeños y suaves se enroscaron con fuerza alrededor de su cintura por la espalda. Los documentos que llevaba entre las manos estuvieron a punto de caer al suelo.
—¿Otra vez encerrado entre papeles y asuntos aburridos? —resonó una voz alegre y cristalina, seguida de una risa que parecía llenar todo el espacio.
Daeron soltó un suspiro cansado, pero dibujó una sonrisa automática en su rostro antes de girarse. Frente a él estaba Elara: su hermana menor, de largo cabello negro que caía en ondas sueltas, con un delicado mechón plateado que le caía sobre la frente y enmarcaba unos grandes ojos azules brillantes, llenos de curiosidad y alegría. Alrededor de su cuello, descansaba aquel pequeño colgante de plata, sencillo pero valioso para ella: el primer regalo que le había hecho él.
—Deja esos papeles un rato —le pidió ella, inflando un poco las mejillas en un gesto travieso—. Hace días que no pasas tiempo con tu hermanita.
Daeron levantó los documentos con una sonrisa resignada.
—Solo dame una hora. En cuanto termine esto, iremos a la ciudad a comer esos dulces que tanto te gustan. Te lo prometo.
Los ojos de Elara se abrieron como platos, iluminándose de felicidad. Se puso de puntillas y le dio un beso suave en la mejilla.
—¡Entonces no tardes mucho! ¡Te quiero, hermanito!
Y salió corriendo por el pasillo, riendo y agitando las manos en el aire, sin saber que esa sería la última vez que la vería sonreír con tanta inocencia.
—Daeron.
Una voz firme y baja lo arrancó bruscamente de sus recuerdos.
Parpadeó varias veces, respirando con dificultad, y solo entonces se dio cuenta de que su mano había agarrado con tanta fuerza la empuñadura de su espada que la había desenvainado unos centímetros, dejando ver el brillo del acero.
Adrian estaba a su lado, sujetando su muñeca con firmeza, pero con discreción, para que nadie más en el salón notara lo que pasaba
.—Cálmate —le susurró casi en silencio—. No cometas una locura ahora mismo.
Con un esfuerzo inmenso, Daeron fue soltando los dedos poco a poco y volvió a introducir la hoja en su funda, aunque su cuerpo seguía tenso como una cuerda a punto de romperse. Había estado a un segundo de saltar sobre Valerius sin importarle las consecuencias.
A pocos pasos, Anna permanecía completamente inmóvil. No miraba al hombre ni a nada más que aquel pequeño colgante de plata que colgaba de su cuello. No podía apartar la vista, como si algo la hubiera clavado en ese punto.
Valerius notó de inmediato aquella mirada fija y ávida, y una sonrisa burlona apareció en su rostro. Levantó el colgante entre sus dedos, haciéndolo girar con despreocupación.
—¿Qué ocurre, Lady Anna? ¿Le ha llamado la atención esta pequeña baratija?
Anna no respondió. Su expresión permanecía en blanco, vacía.
—Es curioso —continuó él, sin dejar de sonreír—. Nunca le había prestado demasiada atención. Lo heredé, por así decirlo, de una esclava que me llegó hace bastantes años. Una joven humana que encontraron en la frontera.
Daeron sintió que el aire se le quedaba atascado en los pulmones. Sus nudillos volvieron a apretarse hasta blanquear.
—Nunca supe cuál era su verdadero nombre —siguió hablando Valerius, con un tono de indiferencia que resultaba ofensivo—. Pero debo admitir que era bastante útil. Una buena esclava, sumisa y trabajadora.
El silencio a su alrededor comenzó a volverse cada vez más pesado, opresivo. Pero el noble no se dio cuenta de nada; al contrario, su sonrisa se torció hasta adquirir un matiz cruel y enfermizo.
—Y lo más divertido —añadió con voz más alta, para que lo escucharan todos los que estaban cerca— era escucharla repetir siempre lo mismo, día tras día: “Mi hermano mayor vendrá a buscarme. Él me salvará”. ¡Ja, ja, ja! ¡Qué muchacha más estúpida! Nunca entendió que nadie vendría por alguien como ella.
La mano de Daeron temblaba con rabia contenida, las venas de su cuello y brazo marcándose con fuerza. Adrian tuvo que agarrarlo con ambas manos para evitar que se lanzara contra él en ese mismo instante.
Pero entonces… algo cambió.
No hubo un grito, ni una llamarada, ni una explosión de energía visible. Fue algo más sutil, pero mucho más aterrador: una presencia densa, fría y pesada que comenzó a extenderse desde donde estaba Anna, como si una sombra antigua y olvidada hubiera despertado en su interior.
Garoum levantó la cabeza al instante, alertado. Eliana contuvo la respiración. Selene abrió los ojos con una expresión de sorpresa. Demian frunció el ceño con preocupación. Lythariel giró la mirada rápidamente hacia su amiga. Sylwen dio un paso atrás sin darse cuenta, sintiendo cómo la piel se le erizaba.
Incluso Ragnar, el Rey Bestia, que había permanecido impasible, ante todo, dejó de mirar a Valerius y dirigió toda su atención a Anna. A su lado, Lyrielle erizó completamente las orejas, su cola se puso rígida y un escalofrío le recorrió el cuerpo.
Todos reconocían esa sensación: no era una magia destructiva, sino algo cargado de desprecio absoluto, de odio silencioso y de una ira tan profunda que parecía apagar la luz y el calor en el aire. Era la misma presencia que había rodeado a Anna años atrás, cuando todavía era conocida como una mujer fría, implacable y temida por todos. Por un instante, no veían a la joven amable y cercana que había llegado esa mañana… veían la sombra de la Tirana que todos creían desaparecida.
—¡Lady Anna! —gritó Garoum dando un paso al frente.
—¡Anna, detente! —añadió Eliana con voz temblorosa.
Pero ya era demasiado tarde.
Anna desapareció de su sitio en un movimiento tan rápido que casi nadie alcanzó a seguirlo.