El gran salón del Palacio Imperial había quedado sumido en un silencio tan profundo que parecía haber quedado suspendido en el tiempo tras la suspensión de la celebración. Pero esa calma aparente no duró mucho; en cuanto las puertas se cerraron tras los últimos invitados, la realidad comenzó a caer sobre todos como una losa pesada y fría.
—¡Su Majestad! —exclamó un sanador imperial al irrumpir con paso apresurado en la sala de reuniones, con el rostro cubierto por una expresión agotada y preocupada—. Tenemos noticias sobre Lord Valerius… sigue con vida.
Aunque no había nadie en esa sala que deseara su muerte, las palabras no trajeron alivio alguno. Al contrario: solo sirvieron para que la atmósfera se volviera aún más opresiva y cargada. La vida de aquel hombre no era la cuestión; lo que realmente importaba era lo que su supervivencia significaba para el Imperio entero.
—¿Cuál es su estado exacto? —preguntó el Emperador con voz grave, contenida, como si hablara con el mayor de los esfuerzos.
El anciano sanador se humedeció los labios con nerviosismo y tragó saliva antes de responder, sabiendo que sus palabras definirían el rumbo de lo que vendría:
—Su vida ya no corre peligro inmediato… pero… —se detuvo, consciente de que ese “pero” era lo único que todos esperaban escuchar—. El daño en su rostro fue de una gravedad extrema. Hemos detenido la hemorragia, hemos logrado reconstruir gran parte de la estructura ósea mediante magia de restauración avanzada y hemos sellado las heridas más profundas… sin embargo, las cicatrices son permanentes. Incluso si recurriéramos a los hechizos sagrados más potentes que existen, jamás recuperará su aspecto anterior. Quedará marcado para siempre.
Un silencio pesado e incómodo se extendió por toda la estancia. No había compasión por Valerius; todos sabían quién era, cómo pensaba y qué tipo de trato daba a los demás. Pero ese hecho no servía de consuelo: la magnitud de las consecuencias era lo que pesaba en el aire. Habían transformado a un diplomático extranjero en una víctima con heridas visibles e imborrables.
Horas más tarde, cuando la noche ya avanzaba en el cielo, las luces de la sala del consejo seguían encendidas. Las enormes puertas de roble macizo estaban cerradas con llave, sellando el interior para que nadie más pudiera escuchar lo que se decía. En el recinto, la tensión era tan densa que casi podía palparse con las manos; la discusión llevaba ya varios minutos, pero en lugar de encontrar respuestas, solo parecía agravar la gravedad de la situación.
El Emperador permanecía sentado en su alto trono de piedra y oro, con el ceño profundamente fruncido y la mirada fija en el vacío, como si estuviera cargando sobre sus hombros el peso de todos sus dominios. A su derecha, la Emperatriz Seleneia mantenía una postura serena, pero sus ojos delataban la misma inquietud que el resto. Más abajo, alrededor de la gran mesa de consejo, se sentaban Adrian, Lysandra, el director Cassien, el Gran Canciller Cassius y los senadores más influyentes del Imperio.
Las voces se alzaban y se superponían unas a otras, llenas de alarma y preocupación:
—¡Esto es sencillamente inadmisible! —gritó uno de los senadores, golpeando con fuerza la madera de la mesa—. ¡Jamás en toda la historia del Imperio ha ocurrido un ataque semejante dentro de estas mismas paredes!
—¡Y peor aún: ocurrió en plena celebración oficial, ¡en honor al cumpleaños de Su Majestad! —añadió otro, con la voz temblorosa por la preocupación—. Delante de reyes, embajadores, nobles y representantes de cada rincón del continente. ¡Nadie podrá negar lo que vio con sus propios ojos!
—Lo más grave —intervino un tercero— es que se trataba de un invitado protegido por nuestras leyes de hospitalidad. Si no somos capaces de garantizar la seguridad de quienes cruzan nuestras fronteras, ¿qué credibilidad tendremos ante el resto de las naciones?
—El Imperio de Solvaria no dejará pasar esto —advirtió un senador de relaciones exteriores, moviendo la cabeza con pesadumbre—. Utilizará este incidente como la mejor excusa que podían desear para exigir compensaciones, y no serán cosas pequeñas. Pedirán una disculpa pública solemne, sumas de oro y recursos que nos costarán años reunir, y muy probablemente presionarán para obtener concesiones territoriales o comerciales que perjudiquen nuestra economía.
—Y si intentamos defender a Lady Anna o minimizar lo ocurrido —agregó otro con tono sombrío—, nos acusarán de encubrir el delito y de romper los tratados de paz. Entonces el conflicto pasará de ser un asunto personal a un enfrentamiento entre imperios.
El ambiente se volvió asfixiante. Todos en esa sala conocían muy bien la reputación de Valerius. Sabían de su crueldad, de su desprecio por otras razas y de sus negocios oscuros. Habían escuchado sus palabras ofensivas y habían sentido la misma rabia que Anna en el fondo de su propio pecho. Pero todo eso, por doloroso que fuera, no cambiaba la realidad: una noble del Imperio había atacado y herido de gravedad a un representante oficial de otro reino, en pleno salón, ante cientos de testigos. No había forma de ocultarlo, ni de borrarlo, ni de darle la vuelta a la situación.
El Gran Canciller Cassius, un hombre de edad avanzada y mente fría, apoyó lentamente ambas manos sobre la mesa, buscando imponer un poco de calma entre todos. Su voz era baja y pausada, pero cada palabra resonaba con la fuerza de una sentencia:
—Desde el punto de vista diplomático y legal, la situación es extremadamente delicada. No importa cuál haya sido la provocación, por más grave que esta haya sido. No importa qué clase de hombre sea Valerius ni cuánto mereciera ser castigado. A los ojos del resto del mundo, lo único que verán es que bajo el techo de este palacio, bajo la protección de nuestras leyes, un invitado fue agredido brutalmente. Y esa es la versión que nos obligarán a defender o asumir.
Nadie respondió. Sabían que tenía razón, aunque aceptarlo doliera en lo más profundo.