La sala del Senado Imperial estaba abarrotada hasta el último rincón. Senadores de todas las provincias, consejeros de la Corona, ministros, altos mandos militares y representantes de la nobleza se agrupaban en sus puestos, mientras que en un lugar destacado frente al estrado del Emperador se encontraban los enviados del Imperio de Solvaria. El aire estaba cargado, pesado y denso, como si una tormenta estuviera a punto de estallar sobre el recinto. La luz de las antorchas y los candelabros parecía apenas calentar una atmósfera helada por la tensión acumulada.
Uno de los embajadores de Solvaria, un hombre de edad avanzada, porte rígido y mirada fría, dio un paso al frente y golpeó el suelo con su bastón de mando para reclamar atención. Su voz resonó con firmeza y exigencia, sin rastro de duda:
—En nombre de Su Majestad el Emperador de Solvaria y de la nobleza de nuestro reino, exigimos que Lady Anna D’Valriene sea entregada de inmediato a nuestras autoridades. El crimen cometido es grave y claro: atacó y agredió brutalmente a Lord Valerius, uno de nuestros nobles más distinguidos, en suelo que debería ser de paz y hospitalidad. Por lo tanto, debe ser juzgada bajo nuestras leyes y pagar la pena que corresponda en nuestros territorios.
Un murmullo inquieto recorrió las filas de senadores. Algunos asintieron con expresión preocupada, convencidos de que no había otra salida.
—Es la única forma de evitar un conflicto mayor —comentó uno en voz baja—. No podemos arriesgar la estabilidad de todo el Imperio por una sola persona, por muy valiosa que sea.
—La ley no hace excepciones —añadió otro—. Si atacó a un invitado, debe responder ante ello.
Pero de inmediato, otras voces se alzaron con fuerza para oponerse.
—¡Eso es una locura! —gritó un senador de las regiones del norte—. ¡Lady Anna es ciudadana de este Imperio! Su juicio debe celebrarse aquí, bajo nuestras normas, no ser entregada como si fuera una mercancía.
—¡Además, no olviden que hubo provocación! —apoyó otro—. Nadie pierde el control sin motivo.
Las discusiones comenzaron a elevar el tono, y el ambiente amenazaba con descontrolarse, hasta que una voz clara, potente y cargada de autoridad atravesó todo el ruido como una espada cortando la niebla.
—Antes de hablar de castigos o de entregas… recordemos todos los hechos tal como ocurrieron.
Lissandra se puso lentamente de pie. Era la hija mayor del Emperador y comandante General de todas las fuerzas imperiales, y su sola presencia imponía respeto. Vestía su uniforme de mando, con la armadura pulida y los emblemas del Imperio brillando sobre su pecho; el leve sonido metálico de sus placas al moverse resonó con firmeza en la sala. Al verla, todos guardaron silencio de inmediato, sabiendo que sus palabras llevaban el peso de su cargo y de su experiencia.
Recorrió la sala con la mirada, detenidamente en cada rostro, antes de fijar sus ojos grises y fríos directamente en los embajadores de Solvaria. No había agresividad en su postura, pero sí una seguridad absoluta que nadie podía cuestionar.
—No olviden un detalle fundamental —dijo con voz estable, sin que temblara ni una sola sílaba—. Hubo cientos de testigos en el salón que vieron cómo comenzó todo. Lord Valerius no se limitó a estar presente: lanzó insultos graves y repetidos contra Lady Anna, contra su linaje y contra la obra que ha construido para beneficio de todos. Pero lo más grave, lo que nadie puede negar ni ocultar, es que entró en el Palacio Imperial arrastrando consigo a una mujer encadenada.
Un nuevo murmullo recorrió la sala, esta vez cargado de desaprobación. Lissandra continuó, señalando con firmeza:
—Todos en este recinto conocen nuestras leyes. La esclavitud está prohibida en todo el territorio del Imperio, y cualquier persona que traiga a un ser humano en esas condiciones a nuestras tierras comete un delito por sí mismo. Traer a una esclava encadenada justo en el día del cumpleaños de mi madre, la Emperatriz, no fue un error ni una casualidad: fue una afrenta directa contra la Corona, contra nuestras costumbres y contra las normas que nos rigen.
Varios senadores asintieron con fuerza, convencidos de que ese punto cambiaba la balanza. Sin embargo, un senador de los más ancianos golpeó la mesa con la mano, imponiendo su voz por encima del resto:
—Todo eso no cambia el resultado final. Lady Anna respondió con violencia desmedida, casi le quitó la vida a un representante de otro reino. Por muy grave que fuera la provocación, la ley no permite actuar así.
Muchos volvieron a inclinarse hacia esa postura, y la sala volvió a dividirse. Mientras tanto, los representantes de Solvaria aprovecharon para alzar nuevamente sus voces, tratando de imponer su versión con más energía:
—Lord Valerius fue víctima de un ataque premeditado —afirmó el embajador principal con tono indignado—. Exigimos reparaciones, exigimos justicia y exigimos que la agresora sea entregada a nuestra jurisdicción sin más demoras.
El ambiente estaba a punto de romperse, con miradas hostiles de un lado a otro, cuando de repente…
¡BOOM!
Las enormes puertas de roble de la entrada se abrieron de golpe con un estruendo que hizo temblar los marcos. La luz del pasillo se filtró hacia adentro, dibujando tres siluetas firmes en el umbral.
La sala entera quedó en un silencio absoluto, tan profundo que se podía escuchar el leve crujir de las antorchas en sus soportes.
Al frente caminaba Daeron, con paso seguro y mirada fija, sin dudar ni detenerse. Un paso detrás de él, imponente y silencioso, venía Garoum, cuya sola presencia hacía que varios senadores se inclinaran instintivamente por respeto o temor. Y a su lado, con la misma expresión seria y decidida, avanzaba Lyra. Los tres no llevaban armas a la vista, pero la autoridad que irradiaban era suficiente para que nadie se atreviera a interponerse en su camino.
Daeron avanzó hasta colocarse justo en el centro de la sala, frente al estrado del Emperador y frente a todos los presentes.