El Velo De La Rosa

Capítulo 75: consecuencias

El filo de la espada descansaba con precisión milimétrica sobre el cuello de Kaelen. La hoja fría apenas rozaba su piel, pero bastaba con el movimiento más leve para atravesarla y cortar la arteria. No había espacio para errores, ni para dudas.

Frente a él, de pie con el cuerpo tenso como una cuerda a punto de romperse, estaba Lysandra. Su respiración era pesada y agitada, y en sus ojos —habitualmente serenos, fríos y calculadores— brillaba ahora una furia contenida, oscura y profunda, que amenazaba con estallar en cualquier instante.

Sin embargo, Kaelen permanecía completamente inmóvil. Ni siquiera parpadeaba ante la hoja que apuntaba directamente a su garganta. Su expresión seguía siendo la de siempre: tranquila, impasible, como si estuviera escuchando una conversación sin importancia.

—Respóndeme, Kaelen —dijo Lysandra con voz helada, cortante como el acero que sostenía—. ¿La Iglesia sabía que esto iba a ocurrir durante la celebración del cumpleaños de la Emperatriz? ¿Tenían conocimiento de lo que iba a hacer Valerius?

Kaelen sostuvo su mirada fijamente durante unos segundos, sin apartarla ni un instante. Luego respondió con una calma absoluta, sin que su tono cambiara ni un ápice:

—Lo sospechábamos.

Lysandra apretó con tanta fuerza la empuñadura de su espada que los nudillos se le pusieron blancos.

—¿Lo… sospechaban? —repitió, incrédula y furiosa.

Kaelen asintió despacio.

—Pero no teníamos la certeza absoluta de cuándo ni cómo actuaría.

Esa respuesta fue suficiente para encender todavía más la rabia en el pecho de Lysandra. Dio un paso al frente, acercándose más, y la punta de la espada presionó suavemente contra la piel de su cuello. Al instante, apareció una fina línea roja, donde comenzó a asomar una gota de sangre.

—¡Entonces debieron intervenir de inmediato! —gritó ella, y su voz retumbó por toda la habitación vacía, rebotando en las paredes de piedra—. ¡Todo esto pudo haber terminado en un conflicto abierto, en una guerra entre dos Imperios! ¿No se dan cuenta del riesgo que corrían?

Kaelen guardó silencio unos instantes, observando la pequeña herida en su cuello sin mostrar ninguna reacción. Luego, esbozó una sonrisa casi imperceptible.

—Qué extraño —murmuró.

Lysandra frunció el ceño, confundida y molesta.

—¿Qué tiene de extraño?

Kaelen clavó sus ojos en los de ella, con una mirada que parecía ver más allá de su furia.

—Desde cuándo te preocupa lo que ocurra entre los Imperios y sus gobernantes —preguntó con calma.

Aquellas palabras no hicieron vacilar a Lysandra. Respondió al instante, con una convicción inquebrantable:

—Que los Imperios caigan o se destruyan entre ellos mañana mismo me daría exactamente igual —afirmó con firmeza—. Lo que me importa son los miles de inocentes que quedarían atrapados en medio de una guerra. Los niños que morirían sin entender por qué, las familias que perderían sus hogares, las personas que jamás empuñaron una espada ni causaron daño a nadie.

Apretó aún más la empuñadura, y su voz se tornó más grave, cargada de amargura:

—Ellos serían quienes pagarían el precio de las decisiones estúpidas y egoístas de unos pocos poderosos.

Kaelen permaneció callado por un momento más. Su pequeña sonrisa desapareció por completo, dejando su rostro impasible y serio.

—Entonces… —dijo finalmente, con voz suave pero contundente— ya sabes exactamente por qué la Iglesia decidió no intervenir.

Un mal presentimiento heló la sangre de Lysandra. Sintió cómo el estómago se le contraía, como si algo pesado cayera dentro de ella.

—¿Qué quieres decir con eso? —preguntó, esta vez con un tono más bajo, inquieto.

Kaelen dio un paso hacia ella, sin importarle que la hoja de la espada siguiera rozando su cuello, sin retroceder ni un milímetro.

—Lady Anna D’Valriene —pronunció aquel nombre con una calma que resultaba inquietante— está construyendo algo que pone en peligro los cimientos mismos sobre los que se asienta la autoridad de la Iglesia.

Lysandra se quedó en silencio, escuchando con creciente alarma.

—Una ciudad donde todas las razas conviven bajo las mismas leyes —continuó Kaelen, explicando cada detalle con claridad—. Donde un noble y un campesino reciben el mismo trato ante la justicia. Donde incluso quienes fueron esclavos encuentran un lugar seguro, un trabajo digno y un hogar propio.

Su mirada se volvió intensa y completamente seria.

—¿No lo entiendes todavía, Lysandra?

Ella no respondió. Sentía cómo las palabras le golpeaban en el pecho como golpes de martillo.

—Si Lady Anna sigue aumentando su influencia y su ejemplo —prosiguió Kaelen—, si cada vez más personas ven que es posible vivir de otra forma, empezarán a cuestionar nuestras enseñanzas. Porque ella demuestra con hechos, con obras reales, que ese mundo justo y equitativo que nosotros solo predicamos… realmente puede existir.

Lysandra sintió un escalofrío recorrerle toda la espalda.

—Exactamente —asintió Kaelen lentamente—. Y cuando la gente empieza a creer más en lo que ve y en lo que funciona, que en los sermones y en las reglas antiguas… la autoridad de la Iglesia comienza a desvanecerse.

La comprensión golpeó a Lysandra con toda su crudeza.

—¿Estás diciendo… —susurró, con la voz entrecortada por la rabia y la decepción— que permitieron que todo esto ocurriera deliberadamente? ¿Que dejaron que la tensión subiera, que el conflicto estallara, con el único fin de perjudicarla?

Kaelen cerró los ojos durante un instante, como si aceptara una verdad incómoda pero irrefutable.

—Lady Anna D’Valriene debía ser apartada del camino —respondió con frialdad, sin intentar ocultarlo—. Cuanto antes se viera obligada a retirarse, a caer en desgracia o a ser juzgada, mejor para la estabilidad de la Iglesia.

Cada una de esas palabras cayó sobre Lysandra como piedras pesadas, destruyendo todo lo que había creído durante años.




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