El Velo De La Rosa

Capítulo 76: La celda más concurrida del Imperio

Los pasos pesados y firmes de Garoum resonaban por los pasillos fríos y silenciosos de la prisión imperial. Sobre uno de sus hombros, llevaba enrollada una manta de lana gruesa y cálida, que había cogido de su propia habitación.

—Hace mucho frío por las noches aquí abajo —murmuró para sí mismo, con voz grave y profunda—. Seguramente Lady Anna la agradecerá.

Al doblar la última esquina, encontró a los dos guardias que hacían guardia frente a la celda. Ambos seguían en su puesto, con la espalda recta y las armas en posición, pero sus expresiones eran de una resignación absoluta, como si hubieran renunciado a entender lo que ocurría tras esa puerta.

Garoum los saludó con una leve inclinación de cabeza.

—Buenas noches.

—Buenas noches, señor Garoum… —respondieron al unísono, con un tono que mezclaba respeto y agotamiento.

El gigante frunció un poco el ceño, notando su extraña actitud.

—¿Ocurre algo? ¿Hay algún problema?

Los dos soldados intercambiaron una mirada larga y elocuente. Finalmente, uno de ellos soltó un suspiro profundo y largo.

—La verdad… ya no sabemos qué pensar.

—Pase usted mismo —añadió el otro, abriendo la puerta—. Lo entenderá en cuanto entre.

Garoum levantó una ceja, confundido, y empujó la puerta con suavidad. En cuanto cruzó el umbral, se quedó completamente inmóvil, como si sus pies se hubieran pegado al suelo.

Parpadeó una vez, luego otra, y entrecerró los ojos para asegurarse de que no le estaba jugando una mala pasada la luz tenue.

—Esto… no parece una celda —murmuró para sí—. Parece un salón de reuniones del palacio.

—¡No puede ser! —la voz indignada de Anna resonó de inmediato, sacándolo de su asombro—. ¡Hiciste trampa, seguro!

—¡No hice trampa en absoluto! —respondió Lyra, sosteniendo sus cartas con orgullo y una sonrisa victoriosa—. ¡Simplemente juegas muy mal!

—¡Eso es mentira!

—Entonces deja de perder una partida tras otra.

—¡Eso es precisamente lo que estoy intentando hacer!

Sobre una pequeña mesa de madera que alguien había traído de no se sabía dónde, Anna y Lyra discutían como dos niñas pequeñas, absortas en su partida de cartas. A un lado, Sylwen y Eliana observaban la escena con total calma; ambas ya habían ganado sus propias partidas hacía rato, y Sylwen incluso sonreía con diversión cada vez que Anna volvía a quedarse sin jugadas.

—Te lo dije hace diez minutos —comentó la elfa con voz tranquila—. No sirves para este juego.

Anna la miró con los ojos muy abiertos, fingiendo gran indignación.

—¡Tú cállate, que no ayudas nada!

—Yo ya gané, así que puedo decir lo que quiera —respondió Sylwen con una sonrisa inocente que solo aumentaba la frustración de su amiga.

Anna hizo un pequeño puchero y volvió a mirar sus cartas con desesperación.

Un poco más atrás, sentada en un rincón cómodo, Lyrielle observaba la partida con gran interés, inclinándose hacia delante cada vez que se hacía una jugada. A su lado, Maelys, Marien y el joven Rhaegar comentaban cada movimiento como si estuvieran presenciando una batalla decisiva en lugar de un juego de cartas.

—Estoy seguro de que Lady Anna vuelve a perder —decía Rhaegar.

—No, todavía tiene una oportunidad —lo corrigió Marien.

—Ya no le queda ninguna carta buena, ya está perdida —insistió Maelys.

—¡Oigan, los estoy escuchando! —protestó Anna sin dejar de mirar sus cartas.

En el otro extremo de la habitación, se desarrollaba otra escena igual de inesperada y mucho más concentrada. Lythariel estaba sentada frente al Emperador, y entre ambos descansaba un elegante tablero de ajedrez con piezas de marfil y ébano.

A su alrededor, en semicírculo, tres figuras seguían cada movimiento con una atención absoluta: Lucien, con la mirada fija en el tablero y los dedos apoyados en la barbilla, analizando cada posible jugada con la calma de un estratega nato; a su lado, Grokhar, el ogro, que inclinaba su enorme cabeza hasta casi tocar la mesa, entrecerrando los ojos y murmurando cálculos en voz baja, como si cada pieza fuera un ejército que debía posicionar en el campo de batalla; y más atrás, Cassius, el Canciller, que mantenía una postura erguida, pero sus ojos recorrían cada casilla con una precisión que revelaba años de experiencia en política y estrategia.

—Jaque —dijo Lythariel con voz suave y serena, moviendo una de sus piezas con elegancia.

Lucien asintió lentamente.

—Una jugada muy inteligente. Cierra tres vías de escape al mismo tiempo.

Grokhar golpeó suavemente el suelo con un puño, impresionado.

—Si yo fuera el Emperador, ya estaría rodeado en mi propio campamento.

Cassius negó con la cabeza con una sonrisa leve.

—No se apresuren. Su Majestad nunca se rinde tan fácil.

El Emperador sonrió con calma, sin perder la compostura, y deslizó una pieza con cuidado.

—Eso aún está por verse —respondió—. Ahora el problema lo tiene usted.

Lucien arqueó una ceja, interesado.

—Muy bien. Ha abierto un flanco que parecía cerrado.

Grokhar soltó un gruñido de aprobación.

—¡Esa sí es una jugada de verdad!

Cassius inclinó la cabeza, reconociendo la astucia del movimiento.

—El tablero sigue equilibrado. Nadie tiene ventaja definitiva todavía.

Y así continuaban la partida, comentada y analizada como si fuera un consejo de guerra, con la misma seriedad que si estuvieran en el salón principal del palacio, y no entre las paredes frías de una prisión.

Mientras tanto, en un rincón más iluminado, los dos maestros enanos conversaban animadamente con Lira, Serafina, Clarisse… y la mismísima Emperatriz Seleneia. Todos rodeaban una pequeña mesa donde humeaba una tetera de porcelana y había varios platos llenos de dulces y pasteles recién hechos.

—Pruebe este, Majestad —decía uno de los enanos, ofreciendo un dulce cubierto de miel—. Lo trajimos especialmente desde nuestra ciudad en las montañas.




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