El Velo De La Rosa

Capítulo 77: una misión sin precedentes

El silencio volvió a apoderarse de cada rincón de la celda, y todas las miradas se clavaron en Anna con una mezcla de expectación y respeto. Myria seguía arrodillada frente a ella, inmóvil, esperando con el corazón en la mano la respuesta que decidiría el destino de toda su especie. Nadie se atrevía a romper aquel momento cargado de emoción.

Anna permanecía quieta, con la vista fija en el suelo de piedra fría, como si estuviera sopesando cada detalle de lo que implicaba aquella decisión. No era solo ayudar a una persona: aceptar significaba asumir la responsabilidad de proteger a un pueblo entero, algo que cambiaría su propia vida y la de todos los que la rodeaban para siempre.

Tras unos segundos que parecieron eternos, Anna abrió lentamente los ojos. Y quienes la conocían bien reconocieron al instante esa expresión: Garoum esbozó una sonrisa apenas perceptible, Sylwen cruzó los brazos con aire de confianza, y Lyra dejó escapar una pequeña risa suave. Sabían que esa mirada significaba una sola cosa: ya había tomado su decisión, y nada la haría retroceder.

Anna levantó la vista despacio, pero no se dirigió primero a Myria. Fijó sus ojos directamente en el Emperador, con seriedad absoluta.

—Su Majestad —dijo con voz clara y firme.

El Emperador asintió, devolviéndole la mirada con atención.

—Dime, Lady Anna.

Anna respiró hondo, preparando sus palabras.

—Antes de nada, necesito saber: ¿cuál será exactamente mi castigo?

La pregunta sorprendió a varios de los presentes, que no esperaban que sacara ese tema en ese momento. El Emperador respondió con calma, sin rodeos:

—El Rey del Reino Bestia ha hecho una propuesta que hemos aceptado. Mientras dure tu condena, te encargarás de organizar y redactar toda la documentación necesaria para establecer las futuras relaciones diplomáticas y comerciales entre ambos territorios. Será un trabajo bajo la supervisión directa de la Corona, y no habrá restricciones excesivas, pero tendrás que cumplirlo.

Anna se quedó pensativa unos segundos, asimilando la situación. Luego, una sonrisa leve y con un toque de ironía apareció en sus labios.

—Entiendo. Entonces, oficialmente sigo siendo una prisionera bajo arresto, ¿verdad?

Algunos de los presentes soltaron una pequeña risa ahogada, reconociendo su forma de ver las cosas.

—Exactamente —confirmó el Emperador con una sonrisa—. No puedes abandonar el territorio del Imperio hasta que tu condena haya finalizado.

Anna cerró los ojos un instante, como si estuviera organizando en su mente todos los pasos que debía seguir. Al abrirlos, giró la cabeza y miró fijamente a tres personas entre la multitud: Garoum, Lyra y Sylwen.

No hizo falta que dijera nada. Conocían esa mirada de sobra: significaba que tenía una misión para ellos.

Garoum fue el primero en hablar, con su voz grave y decidida.

—¿Qué necesita que hagamos, Lady Anna?

Anna asintió con una sonrisa tranquila.

—Necesito que los tres salgan del Imperio.

La habitación volvió a quedar en silencio, sorprendidos por aquella indicación.

—Quiero que contraten mercenarios —continuó ella, sin titubear—. Gente discreta, con experiencia cruzando fronteras y conociendo rutas que no aparecen en los mapas oficiales. Nada de soldados imperiales ni de ejércitos regulares.

Sus ojos se endurecieron levemente, marcando sus condiciones.

—Ofrézcanles una recompensa generosa, pero no acepten a aficionados. Solo quiero profesionales que sepan moverse sin llamar la atención.

Desvió entonces su mirada hacia Myria, que seguía arrodillada, escuchando con la respiración contenida.

—Entrarán en el territorio que controla Lord Valerius —explicó con claridad—. Buscarán el lugar donde se esconden las Kineth y las sacarán de allí sanas y salvas.

Myria abrió los ojos con sorpresa, sin esperar que fuera tan lejos.

—No enviaré tropas del Imperio —añadió Anna con firmeza, mirando de nuevo al Emperador—. Esto es un acuerdo personal entre yo y el pueblo de Myria, no un asunto entre dos naciones. El Imperio debe mantenerse completamente al margen, sin verse involucrado en ningún conflicto.

Nadie objetó sus palabras; todos comprendían que era la única forma de evitar problemas mayores.

Volvió a mirar a Garoum, Lyra y Sylwen, con confianza absoluta.

—Como yo no puedo salir del Imperio por mi situación actual —continuó con calma—, quiero que ustedes tres acompañen a Myria. Ayúdenla a encontrar el nido, a localizar a su Reina y a traer a todo su pueblo a un lugar seguro.

Garoum llevó un puño cerrado hasta su pecho en señal de lealtad.

—Será un honor cumplir esta misión.

Lyra sonrió con entusiasmo, ya imaginando el recorrido.

—Déjamelo a mí, conozco a los mejores hombres para esto.

Sylwen dio un paso al frente, con la mirada decidida y tranquila. Su respuesta fue breve, pero contundente:

—Los traeremos de vuelta, te lo aseguro.

Anna asintió satisfecha, y volvió finalmente la mirada hacia Myria. La joven Kineth seguía arrodillada, pero ahora sus hombros temblaban levemente y lágrimas silenciosas caían sobre la piedra.

Anna le dedicó una sonrisa cálida, llena de ternura y honestidad.

—Todavía no puedo prometerte que todo saldrá perfecto ni que no habrá peligros en el camino —le dijo con suavidad—, pero sí puedo prometerte esto: mientras quede una sola Kineth en el mundo esperando un hogar seguro, haré todo lo que esté en mis manos para encontrarla y protegerla.

La habitación quedó en completo silencio. Myria bajó la cabeza hasta que su frente rozó de nuevo el suelo, y las lágrimas comenzaron a caer con más fuerza, una tras otra, marcando pequeñas manchas oscuras en la piedra.

Pero esta vez no lloraba por miedo, ni por la desesperación de haber perdido su libertad. Lloraba porque, por primera vez desde que fue capturada y separada de los suyos, sentía que alguien más estaba luchando de verdad por el futuro de su pueblo. Por primera vez, tenía esperanza.




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