El Velo de las Cenizas — Crónicas del Velo de las Cenizas I

CAPÍTULO 1 — Antes de las Cenizas · PARTE I

El día en que empezó a acabarse Monte Alto, yo estaba pensando en irme.

No es una frase de la que me sienta orgulloso. Durante mucho tiempo la recordé como si fuera una traición: mi madre encendiendo el fogón, mis hermanas dormidas a pocos pasos, mi padre en algún lugar del bosque, y yo mirando un mapa torcido en la pared mientras imaginaba una vida lejos de todos ellos.

Tenía quince años. A esa edad uno confunde el deseo de conocer el mundo con el derecho a abandonar el suyo.

Desperté antes del amanecer, con un sabor a metal en la lengua y la sensación de que alguien acababa de pronunciar mi nombre.

No fue un grito. Ni siquiera una voz. Más bien la certeza de haber sido llamado desde muy lejos, como cuando alguien golpea una puerta al otro extremo de una casa y el sonido llega después de atravesar demasiadas habitaciones.

Permanecí inmóvil.

La habitación seguía oscura. Lina dormía en el jergón junto a la ventana, envuelta hasta la nariz en una manta que decía no necesitar. Mara ocupaba el rincón más cálido, pegada a la pared, con Celia atrapada entre los brazos. Celia era una muñeca de trapo rellena con cáscaras secas, un ojo negro y otro bordado con hilo azul. Mara sostenía que el ojo azul veía las cosas que todavía no habían ocurrido. Lina sostenía que aquello era una estupidez. Mara sostenía que Lina no podía opinar porque no era una muñeca.

Yo dormía entre las dos, lo cual me convertía en frontera, juez y destinatario de patadas nocturnas.

Afuera no cantaban los gallos todavía. El silencio tenía una consistencia extraña, como si la casa estuviera escuchando conmigo.

Cerré los ojos para recuperar el sueño.

Vi una puerta.

Era alta, negra y estaba partida por el centro. Algo verde palpitaba detrás de la grieta, no como una llama, sino como savia iluminada desde dentro. Había pájaros sobre la puerta. Decenas. Todos volaban hacia atrás sin mover las alas.

Entonces algo golpeó del otro lado.

Una vez.

Llegaron dos golpes de respuesta. A la tercera, abrí los ojos. Mara estaba sentada en su cama, mirándome.

—Haces ruido cuando sueñas —dijo.

Tenía seis años y hablaba al despertar con la gravedad de una anciana que acabara de recibir malas noticias.

—Tú también.

—Yo hablo con Celia. Es distinto.

La muñeca asomaba bajo su barbilla.

—¿Qué le estabas diciendo?

Mara consultó a Celia antes de responder.

—Que no abriera.

Sentí que se me tensaban los hombros.

—¿Qué cosa?

—La puerta.

Lina se movió bajo su manta.

—Dejen de hablar —murmuró—. Algunas personas tenemos trabajo por la mañana.

—Tienes diez años —dije—. Tu trabajo es quejarte mientras otros trabajan.

La manta bajó lo suficiente para mostrar dos ojos oscuros y despiertos.

—Mi trabajo es ayudar a mamá con las vendas. El tuyo era reparar la cerca ayer.

—La repararé hoy.

—Eso dijiste ayer.

Lina guardaba las promesas ajenas con una precisión que no aplicaba a sus propias obligaciones. Si uno le pedía recoger las cebollas, podía olvidarlo antes de llegar al huerto; si uno prometía llevarla al estanque dentro de seis meses, sabía repetir el día, la hora y las condiciones exactas.

Mara se inclinó hacia mí.

—Celia dice que mientes.

—Celia tiene serrín en la cabeza.

Mara la cubrió con ambas manos.

—No le digas eso. Le da vergüenza.

Lina soltó un resoplido y volvió a esconderse bajo la manta. Yo me levanté antes de que la conversación pudiera convertirse en juicio formal. El suelo estaba frío. Me puse la camisa, recogí mis botas y miré el mapa pintado sobre la pared.

Lo había empezado tres inviernos atrás, cuando un mercader me regaló una hoja arrancada de un atlas porque la mitad estaba comida por la humedad. Monte Alto no aparecía. Tampoco el río. Solo se distinguían una costa, tres ciudades de nombres ilegibles y una rosa de los vientos que parecía una estrella rota.

Yo completé lo que faltaba.

Dibujé el valle, el bosque del norte y la curva del río que nadie de nuestra edad tenía permitido cruzar. Más allá añadí montañas copiadas de otros libros, caminos que tal vez no existían y un puerto que Ramón afirmaba haber visto en sueños, aunque en su descripción los barcos tenían ruedas y las gaviotas robaban dinero.

Mi padre decía que aquello no era un mapa, sino una colección de mentiras bien organizadas.

Yo respondía que todos los mapas empezaban así.

Aquella mañana la cal de las montañas parecía más pálida. Una línea verde recorría el río desde el borde de la pared hasta el punto donde había marcado nuestra casa.

Me acerqué.

La línea desapareció cuando la toqué.

—Elías —dijo Lina desde la cama—. Mamá está despierta.

No había oído ningún paso.

—¿Cómo lo sabes?

—Ha movido la olla grande.

Escuché. Un instante después llegó el roce de hierro contra piedra desde la cocina.

Lina sonrió debajo de la manta con la satisfacción de quien acababa de demostrar una superioridad científica.

—Eso no cuenta —dije.

—Cuenta porque yo lo oí primero.

Salí de la habitación.

Mi madre estaba junto al fogón, colocando una olla pequeña sobre las brasas. Se llamaba Inés, aunque para nosotros era mamá incluso cuando le hablábamos de ella a alguien que ya sabía perfectamente quién era. Llevaba el cabello recogido con una tira de tela y tenía harina en un antebrazo. Había dejado tres paquetes de hojas secas sobre la mesa, separados por tamaño y color.

Mi madre curaba heridas, asistía partos y conocía la cantidad exacta de sal que podía comprarse sin que el vendedor creyera que uno estaba desesperado. No era la curandera de Monte Alto porque Madre Rosita se habría ofendido ante el título, pero cada vez que alguien se cortaba una mano o un niño amanecía con fiebre, primero llamaban a mi madre y después, si las cosas salían bien, decían que Rosita había ayudado con sus oraciones.




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