El Velo de las Cenizas — Crónicas del Velo de las Cenizas I

CAPÍTULO 1 — Antes de las Cenizas · PARTE II

Lina seguía de espaldas, seleccionando fruta. Mara hablaba con Celia dentro del círculo de piedras. Ninguna había reparado en ella.

Ramón dejó el hacha en el suelo sin apartar los ojos.

—Voy a decir algo sensato —susurró—. No la toques.

—No pensaba hacerlo.

—Has dado un paso hacia ella.

Miré mis pies. Era verdad.

La esfera giró.

No alrededor de sí misma. Hacia mí.

El frío del sueño regresó detrás de mis ojos. Sentí un cosquilleo en la palma derecha, luego en la muñeca, como si pequeñas patas caminaran bajo la piel.

—¿La estás haciendo tú? —preguntó Ramón.

—Claro. Llevo años practicando en secreto para impresionar gallinas.

—No bromees con una cosa que no debería existir. Esa es mi especialidad.

La esfera avanzó unos centímetros.

Yo retrocedí.

La esfera se detuvo. Ramón tomó el mango del hacha sin levantarla.

—Nos alejamos —dijo—. Despacio.

—Es agua.

—También el río es agua y te ahoga sin enfadarse.

Ramón no apartó la vista del agua. Para él, que algo pudiera hacer daño bastaba para tratarlo como peligro, aunque no tuviera intención.

Debería haberle hecho caso. En cambio extendí la mano.

—Elías.

—Quiero saber qué hace.

—Eso es lo que dicen las personas justo antes de que una historia empiece a llamarlas «el difunto».

La esfera tembló cuando mis dedos se acercaron. No la toqué. El agua se abrió antes.

Docenas de gotas quedaron suspendidas alrededor de mi mano, formando un círculo lento. En cada una se reflejaba algo distinto: el huerto, el cielo, mi rostro, una pared de metal cubierta de escarcha, una luz roja que no pertenecía al amanecer.

Y durante un instante vi a una mujer.

La vi detrás de un vidrio empañado, lejos del huerto, vestida con una tela blanca y oscura al mismo tiempo. Tenía el cabello pegado a la frente y sangre en la boca. Movía los labios.

No escuché su voz.

Entendí las palabras.

Estoy cerca.

Cerré el puño.

Las gotas cayeron todas a la vez.

El agua golpeó la hierba sin salpicar. Desapareció entre las hojas como si la tierra la hubiera bebido de un solo trago.

Me quedé con la mano extendida. No estaba mojada.

Ramón me agarró de la muñeca y la giró para revisar la palma.

—¿Te quemó?

—No.

—¿Te duele?

—No.

—¿Ves doble?

—Solo cuando te miro.

—Bien. Sigues siendo desagradable.

Su voz recuperó el humor, pero sus dedos apretaban demasiado.

—¿Qué viste? —preguntó.

—Agua.

—Elías.

A diferencia de mi madre, Ramón no necesitaba detectar una mentira. Le bastaba con conocer las formas que adoptaban las mías.

Miré hacia Lina y Mara. Lina había llenado media cesta. Mara había puesto a Celia de pie sobre una piedra y discutía con ella acerca de quién podía entrar a la casa imaginaria.

—Una mujer —dije—. Detrás de un cristal.

Ramón esperó.

—Dijo algo.

—¿Qué?

—«Estoy cerca».

El color se le fue un poco de la cara. No era supersticioso en la forma de Madre Rosita, que encontraba mensajes en los cuervos, ni en la forma de Joaquín, que hacía preguntas a las piedras y parecía esperar respuesta. Ramón desconfiaba de todo lo que no podía desmontar, o golpear, o apartar del camino.

—Se lo decimos a tu madre —decidió.

—Mi padre no ha vuelto. Mi madre ya está preocupada.

Ramón sostuvo mi mirada sin discutir el cansancio de la frase.

—Una burbuja de agua no es nada que ella pueda curar —dije.

—Por eso mismo. Si vuelve a pasar, prefiero que lo sepa antes y no después.

Apreté la mandíbula. No quería llevarle otra amenaza sin nombre.

—No voy a asustarla por una burbuja.

Ramón señaló el agua con la rama.

—No fue una burbuja.

—Era agua.

—Agua que te mostró una mujer con sangre en la boca y te habló sin voz.

—No he dicho que estuviera muerta.

La defensa salió antes de que pudiera decidir si la creía.

Me callé, y el silencio me traicionó. Ramón entrecerró los ojos.

—No me dijiste eso.

Había cometido el error de discutir un detalle que solo yo conocía.

—No importa.

—Claro que importa.

—Baja la voz.

Lina se volvió hacia nosotros.

—¿Qué hicieron?

—Nada —respondimos al mismo tiempo.

Lina dejó una manzana en la cesta.

—Cuando dicen lo mismo, hicieron algo.

—Ramón encontró un gusano —dije.

—Yo no...

Le pisé el pie. Ramón terminó la frase con una mueca.

—...encontré un gusano especialmente feo.

Mara levantó a Celia.

—¿Más feo que Ramón?

Lina se echó a reír. Ramón la señaló con una gravedad ofendida.

—Voy a recordar esto cuando necesites que te lleve en la bicicleta.

—La bicicleta va más rápido cuando la empujo yo.

La discusión los distrajo. Yo aproveché para mirar la hierba bajo el manzano.

En el lugar donde había caído el agua, las hojas se habían inclinado formando tres líneas paralelas, una encima de otra.

Las cubrí con la bota antes de que alguien más las viera.

Terminamos la leña casi en silencio. Ramón vigilaba el árbol. Yo vigilaba mi mano. Lina vigilaba que no mezcláramos astillas con manzanas. Mara había decidido que Celia podía abandonar su casa de piedras porque «lo de afuera ya sabía dónde estaba».

Nadie le preguntó qué quería decir.

Al bajar hacia la aldea llevábamos una carretilla de leña, la cesta de vendas y a Mara sentada sobre el extremo trasero, abrazando a Celia como una reina pequeña en un carro miserable. Lina caminaba junto a ella para impedir que Ramón tomara las pendientes demasiado rápido.

—No estoy conduciendo —protestó Ramón.

—Por eso todavía estamos vivos —dijo Lina.

Monte Alto despertaba de verdad. El molino había empezado a girar. En el patio del herrero, un hombre golpeaba una llanta al rojo. Dos mujeres tendían mantas sobre el muro comunal. Cerca del pozo, los Vidal discutían sobre un saco roto con la intensidad de dos gobernantes negociando una frontera.




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