Mi padre no preguntó si estaba herido. Preguntó qué había tocado.
Se acercó antes de que yo pudiera responder y me tomó la mano derecha. No lo hizo con la delicadeza de mi madre ni con la curiosidad de Joaquín. La sujetó como quien revisa una herramienta que acaba de fallar en mitad del trabajo. Volvió la palma hacia la luz, me separó los dedos y pasó el pulgar por la línea verde que apenas se distinguía bajo la piel.
—Mateo —dijo mi madre.
Él no levantó la cabeza.
—¿Agua?
—Sí.
—¿Dónde?
—En el manzano.
Sus dedos se cerraron un poco más.
—¿La llamaste?
—No.
—¿La tocaste?
—No llegué a tocarla.
Ramón giró hacia mí. La demora había bastado para delatar que faltaba una parte.
Mi padre alzó los ojos.
—¿Qué ocurrió antes de que pusieras la mano encima?
—Se abrió antes de que la tocara.
Lina se colocó a mi lado, todavía con la cesta vacía en una mano y la campanilla rota de la bicicleta en la otra.
—Le mostró una mujer —dijo.
La miré.
—Tú no estabas allí.
—Ramón me lo contó cuando tú fingías que Madre Rosita no había visto tu mano.
—No fingía.
—Entonces lo hiciste muy mal sin querer.
Mi padre soltó mi mano.
No pareció sorprendido por lo de la mujer. Eso fue lo que me hizo olvidar el enfado con Lina.
Mi madre sí me miró entonces. Hasta aquel momento había mantenido una tela limpia contra la herida de la frente de mi padre. La retiró despacio. Bajo la sangre seca había un corte de dos dedos de largo, poco profundo, pero rodeado por una coloración gris que no pertenecía a un golpe común.
—Todos dentro —ordenó.
—Inés —dijo mi padre.
—Todos.
No discutió. Aquello también me preocupó. Ramón empezó a retroceder hacia la bicicleta.
—Yo puedo volver más tarde.
Mi madre señaló la puerta con la tela ensangrentada.
—Tú también.
—No soy de la familia.
—Has desayunado aquí cuatro veces esta semana. Ya es tarde para defenderte.
Ramón entró.
Mara pasó junto a mi padre sin despegarse de mí. Cuando vio el hacha en el suelo, tiró de mi camisa.
—Eso no es sangre —susurró.
La sustancia negra cubría uno de los lados del filo y se había endurecido en el mango. No reflejaba la luz. Parecía tragársela.
—No la toques —dijo mi padre.
Mara ocultó ambas manos detrás de la espalda.
—No iba a tocarla.
—Estabas pensando en tocarla.
Mara consultó a Celia.
—Ella sí.
Mi padre recogió el hacha con un paño y la llevó al interior.
La cocina se volvió demasiado pequeña para todos. Mi madre sentó a mi padre junto al hogar y me mandó cerrar la puerta. Lina apartó los paquetes de hierbas y acercó la lámpara sin que nadie se lo pidiera. Mara escogió el banco más alejado del hacha. Ramón permaneció junto a la pared, intentando ocupar menos espacio del que su curiosidad necesitaba.
Mi madre limpió la herida de mi padre con agua hervida. Él no se quejó, pero el músculo de la mandíbula se le marcó cuando ella rozó la zona gris.
—Esto no es de una caída —dijo.
—No.
—¿Te alcanzaron?
—No.
—Mateo.
Mi padre observó el fuego.
—Algo estalló cerca.
—¿Qué cosa?
—No vi qué fue. Oí el estallido, vi el destello entre los árboles y encontré esto después.
El agua del cuenco se oscureció alrededor de la tela.
Mi madre dejó la tela en el cuenco. No insistió de inmediato; esperó a que él levantara la vista.
—Empieza por la cabeza —dijo—. Qué te golpeó, cuándo, y cuánto sangraste. Lo que creas que significa me lo cuentas cuando te haya cosido.
—Casi no sangré.
Mi padre recorrió la cocina con la mirada. Se detuvo en Lina y Mara.
—Las niñas no necesitan oírlo.
—Las niñas viven aquí —dijo Lina—. Eso debería contar.
—Lina.
—Si algo viene hacia la casa, prefiero saber si tengo que esconderme de un oso o de personas.
Mi padre la miró durante unos segundos. Lina no bajó la vista. A veces yo confundía su terquedad con valor, pero no eran lo mismo. El valor aparece cuando uno conoce el peligro. Lina se negaba a aceptar que alguien supiera algo que ella no, incluso cuando la ignorancia podía ser más cómoda.
—Personas —respondió mi padre al fin—. Al menos algunas.
Mara abrazó a Celia con más fuerza.
—¿Y las otras?
Nadie contestó enseguida.
Mi madre se sentó frente a mi padre.
—Empieza por el principio.
Él apoyó los antebrazos sobre las piernas. Durante un instante pareció más cansado que herido. Mi padre nunca contaba una historia del modo en que lo hacía Joaquín. No empezaba con el clima ni con los nombres de los muertos. Colocaba los hechos como colocaba leña: primero lo que debía sostener el resto.
—La trampa del paso norte estaba cortada —dijo—. No rota. Cortada. El alambre se había fundido en los extremos.
—No había quemadura alrededor —añadió.
Ramón abrió la boca y volvió a cerrarla. Mi padre aceptaba preguntas; no aceptaba que alguien rellenara con imaginación lo que él todavía no había visto.
—Encontré huellas de seis hombres —continuó—. Tal vez ocho. Caminaban separados, pero pisaban casi en los mismos lugares. Dos cargaban peso. Uno arrastraba la pierna izquierda. Ninguno se desvió hacia las trampas, los almacenes de los leñadores ni el sendero del río.
—¿Hacia dónde iban? —pregunté.
—Hacia el valle.
El sabor metálico regresó a mi boca.
—¿Los seguiste?
Mi madre me lanzó una mirada que significaba que aquello no era lo importante. Para mí sí lo era.
—Hasta el Roble Viejo —respondió mi padre—. Allí se separaron.
—Joaquín dijo que no borraras ninguna marca.
Mi padre levantó la vista.
—¿Joaquín vio tu mano?
—Sí.
—¿Qué te dijo?
—Que algo me reconoció.
La piel alrededor de sus ojos se tensó. Mi madre lo vio. Lina también.
—¿Qué marca encontraste? —preguntó Lina.
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misterio, ciencia ficción oscura y distópica, aventuras fantásticas
Editado: 13.10.2026