La segunda campanada no llegó.
En su lugar, el campanario se abrió por la mitad.
La línea negra atravesó la torre de norte a sur. Durante un instante no ocurrió nada. Vi la piedra iluminada desde dentro, cada grieta dibujada por una claridad malva. Después las vigas cedieron y la parte superior se inclinó sobre la plaza con una lentitud imposible, como si todavía pudiera arrepentirse de caer.
Tomás apareció detrás de la barandilla.
No vi qué intentaba hacer: alcanzar la cuerda, quizá, o apartarse. Levantó un brazo. La viga lo golpeó y lo borró de mi vista. La campana descendió con la torre; el bronce chocó contra la piedra, dejó un sonido bajo, enfermo, y quedó atrapado entre los escombros.
Aquella fue la única campanada que Monte Alto pudo darnos. Mi madre me empujó por la espalda.
—Abajo.
No gritó. Nunca gritaba cuando necesitaba que la obedeciéramos de verdad.
Lina ya había tomado a Mara de una mano. Ramón sujetaba a Alma con la otra y buscaba a su madre por encima del hombro. Soria seguía en el porche, inmóvil ante la línea de luces que descendía del bosque. Tenía una cuchilla de curtir en la cintura y un mazo corto en la mano. Madre Rosita se había colocado junto al muro con la hoz levantada, como si una mujer de sesenta años y un instrumento para cortar hierba fueran a convencer al norte de que regresara por donde había venido.
Joaquín no miraba las luces.
Miraba mi mano.
La marca se había encendido debajo de la piel.
—Inés —dijo.
Mi madre cerró los dedos alrededor de mi muñeca y me arrastró hacia la trampilla.
—Lo sé.
Mi padre tensó el arco.
—Mateo —dijo ella.
Él no volvió la cabeza.
—Tres minutos.
—No puedes saberlo.
—Entonces serán dos.
Mi padre ya estaba midiendo el tiempo por lo que podía hacer dentro de él. Mi madre cerró los ojos durante un latido y después me empujó otra vez.
—Elías, baja a tus hermanas. Revisa la salida del huerto. No la abras hasta que te lo diga.
—Tú vienes.
—Voy detrás.
—Necesito saber si vas a bajar conmigo.
—Baja primero. Voy en cuanto pueda.
Mi madre no había prometido bajar conmigo. Había prometido ir detrás, sin decir cuánto podía tardar. Ahora usaba esa diferencia para cerrar una puerta que no quería dejarme cruzar.
Una descarga golpeó algún tejado del extremo norte. No hubo explosión. Hubo un golpe seco, una luz blanca y después el sonido de madera cayendo sobre madera. Los perros del pueblo no volvieron a ladrar.
Soria empujó a Ramón hacia la trampilla.
—Con Alma.
—Mamá, yo puedo—
—Con Alma.
—Pero tú—
Soria le agarró la cara con una mano, apretándole las mejillas hasta obligarlo a mirarla.
—No necesito que seas valiente en el lugar equivocado.
Ramón dejó de hablar.
Alma no había dicho una palabra. Miraba las luces entre los árboles con la cabeza ligeramente inclinada, igual que cuando observaba a Mara dibujar ojos sobre los frascos. De pronto señaló hacia el camino.
—No pisan donde hay hierba.
Todos miramos.
Las luces avanzaban separadas por la misma distancia. Debajo de cada una aparecía una figura oscura, pero ninguna entraba en las franjas de helechos o maleza. Elegían piedra, tierra desnuda y raíces gruesas. No se movían como hombres atravesando un bosque desconocido. Se movían como si vieran el camino aunque el camino no existiera.
Soria siguió la dirección del dedo de su hija.
—Eso sí me sirve —dijo.
Besó a Alma en la frente y la entregó a Ramón.
—Ahora abajo.
Descendimos.
Lina fue la primera porque necesitaba comprobar por sí misma que cada cosa seguía donde la había dejado. Mara bajó detrás, de lado, abrazando a Celia contra el pecho. Alma no soltó la mano de Ramón. Él intentó dedicarle una sonrisa, pero le salió torcida.
—Mara, mírame. Baja un escalón cada vez. No mires hacia la puerta.
—Ya casi estás —dijo Lina desde abajo.
Ramón esperó a que Mara encontrara el siguiente peldaño. Mara apretó a Celia contra el pecho y siguió bajando.
Ramón hablaba para no escuchar lo que estaba pasando arriba.
Soria le dio un golpe con dos dedos en la nuca antes de que terminara de bajar.
—Habla menos. Escucha más.
—¿A qué?
Una segunda descarga iluminó la cocina.
—A eso.
Mi madre cerró la trampilla sobre nosotros.
La barra cayó en su sitio con un sonido definitivo. Durante unos segundos nadie se movió.
El sótano estaba iluminado por dos candiles pequeños. Lina los había colocado en extremos opuestos para que una caída no nos dejara a oscuras. Las jarras de agua formaban una fila bajo el estante. Había una manta doblada para cada niña, un cuchillo junto a la salida secundaria y una bolsa con pan, hilo, vendas y raíces secas. Mara había puesto a Celia sobre el barril más alto para que vigilara la trampilla.
Todo estaba preparado.
Nada servía para lo que ocurría encima.
Una serie de golpes recorrió el techo. No disparos: botas, muebles arrastrados, el arco de mi padre chocando contra la pared. Después la voz de Soria, fuerte y clara:
—¡Rosita, casa comunal! ¡Inés, conmigo!
Madre Rosita respondió algo que no entendí. Su tono sí. Llevaba cuarenta años negándose a recibir órdenes de gente más alta que ella y no pensaba abandonar la costumbre porque el bosque hubiera decidido atacarnos.
Mara levantó la vista hacia la trampilla.
—Mamá dijo que venía detrás.
—Vendrá —respondí.
Lina se arrodilló junto a la barra y apoyó dos dedos sobre la madera.
—No ha usado el código.
—Todavía no necesita entrar.
—No dije que necesitara entrar. Dije que no ha usado el código.
Había tensión en su voz, pero no temblor. Lina organizaba el miedo igual que organizaba las jarras: lo dividía en cosas que podían contarse.
Ramón llevó a Alma hasta el rincón de las mantas. Ella se sentó sin que se lo pidiera y sacó del bolsillo el pedazo de carbón que Mara le había dado. Empezó a dibujar líneas sobre el suelo de tierra.
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misterio, ciencia ficción oscura y distópica, aventuras fantásticas
Editado: 13.10.2026