El Velo de las Cenizas — Crónicas del Velo de las Cenizas I

CAPÍTULO 3 — La segunda campanada · PARTE II

Mara apretó la boca. No parecía convencida, pero esa vez tenía un lugar concreto que imaginar. Lina entró detrás de ella.

El lector volvió a chillar.

La semilla de mi madre se calentó. Lo vi en la forma en que apretó los dientes.

—No va a aguantar —dijo Joaquín.

El suelo de la cocina se partió.

Una barra de metal descendió entre las tablas y golpeó el borde de la trampilla. Mi padre la desvió con el arco. El arma se quebró por la mitad.

—¡Elías! —gritó Ramón desde el túnel.

Entré.

Avancé a gatas detrás de Lina. La tierra caía del techo con cada impacto. Delante, Soria levantó la tapa del huerto y asomó la cabeza.

Una luz verde barrió la abertura. Soria bajó de inmediato.

—Hay dos junto al cobertizo.

—Alma dijo que no pisan la hierba —murmuró Ramón.

Soria miró a su hija. Alma señaló hacia la derecha.

—La acequia está seca junto al muro. No se ve desde el camino.

—¿Cómo sabes que está seca? —pregunté.

—Las ortigas no están dobladas.

Soria tomó la decisión sin pedir una segunda opinión.

—Salimos por la tapa. Derecha. Pegados al muro. Cuando diga suelo, al suelo.

Abrió de nuevo.

Subió primero y golpeó a alguien antes de que yo alcanzara a ver contra quién. Hubo un crujido, un jadeo y el ruido de un cuerpo cayendo sobre el banco. Soria sacó a Alma y a la niña. Después recibió al niño de los brazos de la mujer quemada, que salió con ayuda de Ramón.

Él se quedó de rodillas junto a la abertura y extendió una mano hacia Mara.

—Ven. Te prometo no dejar que Celia se ensucie más de lo necesario.

Mara le arregló la falda a la muñeca y se acercó. Ramón le ofreció la mano y esperó.

Mara avanzó.

El túnel tembló.

La tierra cayó delante de ella. Lina la agarró por la cintura y tiró hacia atrás un instante antes de que una viga lateral se desplomara atravesando el pasadizo. El golpe levantó una nube de polvo y cerró la salida entre nosotros y Ramón.

—¡Elías! —gritó él desde el otro lado.

Me arrodillé junto a la viga.

—Estamos aquí.

—Aparta a las niñas.

Metí el hombro bajo la madera. Ramón tiró desde fuera.

—Cuando empuje, levanten conmigo —dijo.

Alma buscó apoyo bajo el borde. —Está cediendo el marco.

—Entonces una sola vez. Ahora.

Empujamos.

La viga subió apenas un dedo. La tierra del techo comenzó a deslizarse sobre mi espalda.

La madera cayó otra vez y el túnel se cerró por completo.

Mara tosía detrás de mí. Lina le cubría la cabeza con el cuerpo.

—No lo intentes otra vez —dijo ella—. Se va a caer todo.

A Lina no le tembló la voz; lo había pensado todo antes de abrir la boca. Y tenía razón.

Del otro lado, Ramón golpeó dos veces la viga.

—Voy a rodear la casa.

—Ve con Soria —dije.

—Mi madre tiene a Alma.

—Precisamente.

—Tú tienes a las tuyas atrapadas bajo una casa que están rompiendo.

La voz de Soria llegó desde el huerto:

—¡Ramón!

Él no respondió.

—La promesa era cada uno con las suyas —le recordé.

—También eras de los míos antes de prometer nada.

Soria volvió a llamarlo. Esta vez más lejos y acompañada por una descarga.

Ramón maldijo.

—Los llevo al molino y vuelvo.

—No vuelvas.

—Eso no puedes decidirlo tú.

—Ramón.

—No mueras antes de que pueda decirte que fue una idea terrible.

Sus pasos se alejaron. Regresé al sótano con Lina y Mara.

La trampilla estaba abierta y la cocina llena de humo. Joaquín seguía junto a la pared, pero una de las líneas grises se había roto. Sangraba por la nariz. Madre Rosita vendaba el brazo de mi padre mientras él intentaba apartarla.

—Si vuelves a moverlo, te coso la mano al cinturón —dijo ella.

—Después.

—No existe «después» para los tendones.

Mi madre vio a las niñas detrás de mí y comprendió antes de que hablara.

—Se cerró el túnel.

Lina señaló la grieta por la que seguía entrando polvo.

—No podemos abrirlo sin hundir el techo.

Mi padre dejó de forcejear con Rosita.

—Entonces se quedan abajo.

—Todos nos quedamos abajo —dije.

Joaquín negó con la cabeza.

—El lector está triangulando. Si Elías permanece aquí, no dejarán una piedra sobre otra.

—Ya lo están haciendo —respondió Lina.

Joaquín la miró.

—Todavía distinguen una casa de un agujero.

Mi madre se quitó la cadena de la muñeca y envolvió la semilla oscura en un trozo de tela.

—Él sale por la ventana del dormitorio. Las niñas permanecen en el sótano.

—No —dije.

—Es el lugar más seguro ahora que el túnel está cerrado.

—Si cierro la trampilla, no pueden salir.

—Eso es lo que la mantendrá cerrada desde fuera.

Lina se colocó delante de Mara.

—Yo puedo poner la barra desde dentro.

La miré.

—No vas a quedarte sola.

—No estoy sola. Está Mara.

—Eso es peor.

—No. Eso es una responsabilidad. Tú dijiste que no eran lo mismo.

No recordaba haberle dicho aquello. Lina sí. Recordaba las frases como recordaba la posición de las jarras: para utilizarlas cuando fueran necesarias.

Mi padre se agachó frente a ella. La herida negra de su brazo había avanzado casi hasta el codo.

—La señal que practicamos. Después el nombre de tu abuela y lo que preparaba en invierno. Nadie más.

—Adela. Licor de moras —respondió Lina.

—Bien. Si la casa arde, usas el agua de las jarras sobre las mantas y se cubren debajo del banco de piedra. No abres por humo. No abres por gritos.

Mara levantó a Celia.

—¿Y si mamá grita?

Mi madre cerró los ojos un instante.

—Tampoco.

Mara empezó a llorar. No con ruido. Las lágrimas le descendieron por la cara mientras seguía sosteniendo la muñeca.

—Eso es una regla mala.

—Sí —dijo mi madre—. Pero es la regla que necesito que obedezcas.

La abrazó. Lina se unió un momento después, rígida al principio, como si incluso el afecto tuviera que hacerse en el orden correcto.




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