El Velo de las Cenizas — Crónicas del Velo de las Cenizas I

CAPÍTULO 4 — La senda del cuervo · PARTE I

El cuervo me condujo en dirección contraria a Monte Alto. Lo seguí durante menos de un minuto antes de detenerme.

—No.

El ave había saltado de una rama a otra, siempre a la altura de mis ojos, sin alejarse lo suficiente para perderme. Al oírme, giró la cabeza. La pluma blanca junto al ojo izquierdo pareció encenderse con el resplandor del incendio.

Detrás de él, el bosque descendía hacia una oscuridad cerrada. Detrás de mí, entre los troncos, Monte Alto ardía.

—Mis hermanas están allí.

El cuervo abrió el pico. No graznó.

—Mi madre también.

Nada.

Agarré la primera rama que encontré y la lancé. Cayó antes de llegar al árbol. El cuervo no se movió.

—No entiendo qué quieres de mí.

La voz respondió desde un lugar que no estaba dentro del bosque.

—Estoy cerca.

Me llevé ambas manos a la cabeza. La semilla oscura que mi madre me había dado seguía apretada en el puño derecho y sus bordes se clavaron en la herida de la palma.

—Sal de ahí.

No esperaba que una voz obedeciera. Necesitaba escuchar la mía. Comprobar que todavía me pertenecía.

El frío verde volvió a extenderse bajo mi piel. Nació en la marca de la mano, subió por la muñeca y alcanzó el codo con la lentitud de algo que no tenía prisa porque sabía que yo no podía escapar de mi propio cuerpo.

Di media vuelta.

El camino por el que había llegado ya no existía.

Durante la persecución había saltado raíces, cruzado un arroyo y descendido una pendiente sin mirar. Ahora cada tronco parecía repetido. El humo se había extendido bajo las copas y borraba la dirección del viento. Las brasas de Monte Alto teñían el cielo, pero el resplandor aparecía entre árboles distintos cada vez que me movía.

Mi padre me había enseñado que perderse no consistía en ignorar dónde estaba uno. Consistía en seguir caminando después de haberlo olvidado.

Dos pasos.

Miré delante de mí.

Un roble partido. Una piedra cubierta de liquen. Un corredor entre helechos.

Elegí el corredor que parecía ascender hacia el pueblo. El cuervo graznó a mi espalda.

—No.

Dio dos golpes con el pico sobre la rama. Tres voces llegaron desde la pendiente.

Me agaché.

No eran habitantes de Monte Alto. Las palabras tenían el ritmo corto de las órdenes que había oído en el huerto. Una luz verde pasó entre los troncos, débil al principio y después más clara.

—La lectura se perdió aquí —dijo un hombre.

—No se perdió. Está cubierta.

La segunda voz era más joven. Respiraba demasiado fuerte para alguien que quería avanzar en silencio.

—El capitán dijo que el objeto de cobertura era pequeño.

—El capitán también dijo que el portador tenía quince años. Ninguna de las dos cosas impidió que derribara a dos hombres en el arroyo.

—Fue una crecida.

—En un cauce de dos palmos.

La luz se acercó.

No había tiempo para volver por donde había venido. Me lancé detrás de un tronco caído y me tendí entre las raíces. La tierra estaba fría y húmeda. Me cubrí la mano marcada con el cuerpo.

El aparato tintineó.

Una vez.

Otra.

Después se calló.

—¿Ves? —dijo el joven—. Nada.

—Veo un bosque lleno de humo y a un muchacho que sabe ocultar su señal.

—Entonces no es un muchacho.

—Todo el mundo es un muchacho hasta que aprende a matarte.

Las botas aparecieron al otro lado del tronco.

Eran dos hombres. El primero llevaba placas oscuras sobre una chaqueta de cuero y una máscara de lentes verdes levantada sobre la frente. Sostenía el lector con ambas manos. El segundo no parecía mucho mayor que Ramón. Tenía una vara corta cruzada en la espalda y una cicatriz nueva junto a la oreja.

El mayor se agachó junto al barro.

—Pasó por aquí.

No había huellas. Yo había cruzado sobre hojas secas. El joven miró alrededor.

—¿Cómo lo sabes?

El hombre tocó una rama rota a la altura de mi hombro.

—Porque el bosque no se parte solo a la altura de una persona que corre.

Mi padre habría visto lo mismo.

El pensamiento me atravesó antes de que pudiera evitarlo: mi padre arrodillado junto al huerto, intentando ponerse de pie con una espada dentro del pecho.

La respiración se me rompió. El soldado mayor levantó la cabeza.

El cuervo descendió en ese instante sobre un arbusto diez pasos más allá. Batió las alas con violencia y dejó caer algo brillante.

El lector tintineó.

Los dos hombres se volvieron.

—Allí.

Se alejaron tras el ave. No me moví hasta que el sonido de sus botas desapareció.

Después esperé más.

Mi padre decía que contar hasta diez servía para tranquilizar a los niños y para matar a los impacientes. Conté hasta treinta.

Cuando me levanté, las piernas me temblaban.

El cuervo regresó y se posó sobre una raíz cubierta de musgo. Entre sus garras no había ningún objeto brillante. Solo una gota de agua que reflejaba el incendio.

—Eso no demuestra que seas inteligente —le dije—. Demuestra que ellos estaban asustados.

El cuervo picoteó la raíz.

Dos veces.

Esperó.

Volvió a picotear dos veces. No era nuestro código. Tampoco parecía aleatorio.

Me acerqué.

Bajo el musgo había cortes.

No marcas de hacha ni señales de cazadores. Eran líneas delgadas unidas por ángulos, trazadas en la corteza cuando el árbol todavía era joven y agrandadas después por los años. No se parecían a las letras del maestro Anselmo ni a los signos que los mercaderes utilizaban para marcar sus cajas.

Al mirarlas sentí una presión detrás de los ojos.

Las sílabas aparecieron en mi mente antes de que pudiera decidir si quería conocerlas.

Doru·zul-th.

Me llegaron como imágenes comprimidas dentro de sonidos, más que como palabras traducidas: una abertura; dos superficies reuniéndose; algo empujando desde el otro lado; la certeza de que cerrar no significaba simplemente impedir el paso, sino cortar toda posibilidad de regreso.




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