El Velo de las Cenizas — Crónicas del Velo de las Cenizas I

CAPÍTULO 4 — La senda del cuervo · PARTE II

No se defendió. Eso hizo que mi acusación pesara más.

—Llevé a Alma y a los dos pequeños hasta el molino —dijo—. Mi madre estaba allí con seis personas. El cobertizo de piedra sigue libre. Después regresé.

—Soria te dijo que no.

—Tú también.

—No es lo mismo.

—No. Mi madre tiene mejor puntería.

La expresión de Ramón se endureció.

—Volví por Rosita, por las niñas y porque te vi correr hacia el bosque con medio destacamento detrás. Alcancé la acequia cuando mataron a tu padre. Te saqué de allí. Después me lanzaron contra la cerca y tú hiciste exactamente lo que tenías que hacer.

—Corrí.

—Los alejaste de la casa.

—Corrí.

—Puedes repetirlo de las dos formas. Las dos son verdad.

Me levanté y caminé hasta el arroyo.

No quería que me viera la cara. Ramón sabía cuándo yo mentía, pero a veces confundía comprender una mentira con tener derecho a tocar lo que ocultaba.

—Mi padre murió porque grité.

Ramón tardó en responder.

—Tu padre murió porque un hombre lo atravesó con una espada.

Se volvió hacia mí.

—Sí.

La palabra fue seca.

—Y si no hubieras gritado, a lo mejor miraba otra cosa y la espada entraba igual. O a lo mejor no. No voy a inventarte una respuesta para que duermas mejor.

Me volví.

Ramón tenía la espalda apoyada en el tronco, una mano sobre el vendaje y la cara pálida. Aun así, la voz no le tembló.

—Pero no voy a dejar que un quizá te sirva de condena solo porque odiarte a ti es más fácil que buscar al hombre que lo hizo.

—No sabes lo que me resulta fácil.

—Te conozco desde que intentaste hacer un mapa del río sin salir de tu habitación. Sé que puedes construir una explicación tan complicada que parezca inevitable.

—Y tú eliges la primera explicación para no pensar.

—Sí.

Su sí, sin defensa ni excusa, me dejó la siguiente frase atravesada.

—Por eso funcionamos mejor cuando estamos juntos —añadió—. Tú miras lo que yo paso por alto. Yo te obligo a moverte cuando te quedas atrapado pensando.

El cuervo descendió sobre el manillar de la bicicleta.

Ramón lo miró.

—¿Nos está siguiendo?

—Creo que quiere que lo sigamos.

—Eso es peor.

—Me mostró una inscripción.

—¿Una inscripción hecha por un cuervo?

—En un árbol.

—Eso sigue siendo una habilidad excesiva para un pájaro.

—Pude leerla.

Ramón dejó de hablar.

El silencio era una herramienta incómoda en él. Cuando lo usaba, significaba que algo había superado incluso su necesidad de responder.

—¿La habías visto antes? —preguntó.

—Nunca.

—¿En algún libro, en el cilindro, en las notas de Joaquín?

Negué.

Ramón miró el objeto de mi madre.

—¿Tampoco ahí?

—Tampoco.

—Entonces no la aprendiste. La reconociste.

—Sabía lo que significaba.

—Eso es peor.

Ramón miró al cuervo.

—¿Estaba presente cuando empezó?

—Sí.

—Entonces dejo constancia de que no me gusta.

—Mara tampoco confía en él.

—Mara cree que su muñeca puede juzgar personas. Es la opinión más cualificada que tenemos.

La mención de ella nos devolvió al centro de la noche.

Me agaché junto a la bicicleta y enderecé el manillar. La rueda delantera estaba torcida. La cadena había saltado, pero el cuadro seguía entero.

—Tenemos que volver.

—Lo sé.

—Tú no.

Ramón me miró como si acabara de insultar a toda su familia.

—Elías, uno de esos hombres dijo: «Si se resiste, rómpanle las piernas. Lo demás debe llegar intacto». No voy a dejarte regresar solo a un lugar lleno de personas que hablan de ti como si fueras una caja.

—El lector me sigue. Si vienes conmigo, te sigue a ti también.

—Ya me dispararon sin necesitar una invitación.

—Estás herido.

—Tú estás oyendo voces y discutiendo con aves. No creo que ninguno pueda presentarse como la parte estable del plan.

—No es un plan.

—Entonces hagamos uno.

Lo dijo con la facilidad con que siempre convertía el miedo en una tarea.

Extendió una mano.

—Ayúdame a ponerme de pie.

—No.

Ramón no respondió enseguida. Miró sus propias piernas, luego mi mano extendida.

—Tengo dos brazos y tú no puedes levantarte.

—Si me caigo, me levantas. Si me desmayo, decides tú.

Lo ayudé.

Ramón apoyó el peso en la bicicleta. Al enderezarse, se le fue el color de la cara. Esperó con los ojos cerrados hasta que la respiración volvió a obedecerle.

—No entramos por el camino. Usamos el canal del molino.

Ramón levantó una mano para impedirme interrumpirlo.

—Y no tocas nada verde sin avisarme.

—No puedo prometer eso si aparece junto a ellas.

—Entonces prometes avisar antes de tocarlo.

Tomó aire y esperó a que el costado dejara de tirarle.

—Si vemos el carro de tu madre, no lo seguimos a ciegas.

—Si ella está dentro, sí.

—Si está dentro, la seguimos desde donde no puedan vernos.

—No voy a dejar que se la lleven.

—Ni yo. Pero no conviertas eso en una orden de morir.

—No te pedí que vinieras.

—Y aun así vine.

Me puse frente a él.

—Está viva.

—Lo sé.

—Sabemos hacia dónde la llevan.

—Hacia la plaza hace media hora. Desde allí pueden haber tomado cualquiera de tres caminos.

—El norte.

—¿Porque lo dijeron?

—Porque el primer aparato estaba en el bosque norte. Porque Joaquín habló de algo bajo el valle. Porque mi padre encontró allí las marcas antes de que llegaran al pueblo.

Ramón apretó la mandíbula.

—Eso son cuatro cosas que podrían estar relacionadas.

—Tú elegirías una explicación.

—Sí. Elegiría que primero saquemos a dos niñas de un sótano antes de perseguir una jaula que ya no vemos.

La frase me golpeó donde debía.

Lina y Mara estaban vivas. Mi madre también, pero encerrada entre soldados. No podía alcanzarlas a todas. Elegir no convertía una vida en más importante que otra. Solo admitía la distancia.




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