La compuerta no tenía cerradura.
Tenía nueve.
En lugar de las cerraduras de Monte Alto había hendiduras estrechas repartidas alrededor de una losa circular, cada una con una forma distinta: una línea, un ángulo, un punto rodeado por dos curvas. El agua del canal entraba por debajo del círculo y desaparecía bajo el terraplén con un rumor bajo, demasiado regular para ser natural.
Ramón se arrodilló junto a mí.
—No cargues el peso.
Ya tenía ambas manos apoyadas en la piedra.
—Estoy buscando si cede.
Ramón acercó la cara al borde de la losa y examinó la junta.
—Si trabaja con presión, un dedo de más puede bastar para bloquearla.
Retiré parte del peso de las manos. Del otro lado del terraplén llegaron tres golpes. El intervalo se sostuvo. La cadencia avanzó hasta completar el primer grupo. Mara añadió el cuarto.
La piedra bajo mis manos pareció responder. No se movió, pero un temblor fino me recorrió las palmas y se instaló en los dientes. La semilla que mi madre me había dado se calentó dentro del puño.
—Están ahí —dije.
—Sí.
—Tenemos que abrir.
—También sí. La diferencia es que yo estoy intentando averiguar cómo antes de convertirnos en parte de la presa.
Ramón apartó los juncos y acercó la cara a la compuerta. Su respiración seguía saliendo corta por la herida del costado, aunque hacía un esfuerzo ridículo por ocultarlo. El vendaje improvisado se había oscurecido otra vez.
—La barra que falta no la arrancaron —dijo—. La deslizaron desde dentro.
—¿Qué te lo dice?
—Porque el borde no está roto. Y porque quien la sacó dejó la tuerca en el barro.
Metió dos dedos entre las piedras y extrajo una pieza metálica cubierta de limo. Era del tamaño de una uña, con tres muescas en un lado.
—¿Puedes abrirla?
—Puedo intentar no cerrarla para siempre.
—Me estás describiendo el procedimiento. Necesito saber qué puede fallar.
—No sé cuánto puede fallar. Si te doy un número, me lo estoy inventando.
Miró hacia el muro del canal. La bicicleta estaba apoyada donde la había dejado, medio oculta entre los juncos. Le faltaba una parte del manillar y la rueda delantera seguía torcida desde la caída, pero el pequeño estuche de cuero continuaba sujeto bajo el asiento.
Ramón se levantó.
El movimiento le arrancó un gesto que intentó convertir en tos.
—Quédate aquí.
—No.
—Necesito las herramientas.
—Voy contigo.
—La patrulla está buscando a dos personas. Si nos movemos los dos, les ahorramos trabajo.
—Y si te caes, voy a tener que encontrarte por segunda vez.
Me miró con cansancio.
—Llego hasta la bicicleta.
—Si te falla la pierna, no voy a alcanzarte antes que ellos.
—Por eso voy despacio.
Antes de que pudiera discutir, se agachó y avanzó junto al muro. No corría. Se movía colocando primero el pie izquierdo, luego el derecho, con el torso inclinado para no tensar el costado. Era una forma de andar que nunca le había visto. Ramón solía ocupar el espacio como si el mundo le debiera sitio. Aquella noche se estaba haciendo pequeño para seguir vivo.
Lo observé llegar hasta la bicicleta.
En el pueblo, una luz verde pasó detrás de la casa. Me apreté contra la compuerta.
Los soldados continuaban revisando las construcciones una por una. Se veía el resplandor de sus lectores a través de las ventanas rotas, deslizándose por paredes, pozos y árboles. Cada vez que una luz se acercaba al manzano, las agujas emitían un chillido que podía oírse desde el canal.
Ramón soltó el estuche. Una hebilla cayó al suelo. El sonido fue mínimo. Una de las luces se detuvo.
—¿Oíste eso? —preguntó una voz.
Ramón se quedó inmóvil, agachado junto a la rueda. Otra voz respondió desde la casa.
—Una tabla.
—Las tablas no golpean metal.
La luz comenzó a desplazarse hacia el canal.
Apreté la semilla.
El agua se estremeció alrededor de mis botas.
No quería levantarla. Cada intento anterior me había dejado sangre en la nariz, dolor detrás de los ojos o la sensación de que algo ajeno respiraba dentro de mí. Pero tampoco podía dejar que encontraran a Ramón.
Busqué el movimiento más pequeño que pudiera imaginar.
No una ola.
Una gota.
El canal estaba lleno de ellas. Miles, tal vez millones, empujándose sin pensarlo hacia el terraplén. Elegí una junto a la orilla contraria. La sentí como un punto frío que no pertenecía a mi cuerpo y, al mismo tiempo, estaba debajo de la lengua.
La levanté.
La gota subió apenas un dedo y cayó sobre una hoja seca.
Nada.
La luz seguía acercándose.
Otra gota.
Después otra.
Las hice caer sobre las piedras del lado opuesto, primero despacio y luego con el ritmo irregular de unos pasos.
El soldado cambió de dirección.
—Allí.
La luz se alejó hacia el huerto.
Ramón regresó con el estuche apretado contra el pecho. Se dejó caer junto a la compuerta y respiró dos veces antes de hablar.
—Eso fuiste tú.
—Sí. Apenas unas gotas.
Ramón miró el canal y después el huerto.
—Las hiciste caer donde querías.
—Lo suficiente para desviar una mirada. Repetirlo ya es otra cosa.
Abrió el estuche. Dentro había una llave pequeña, dos tenazas, un trozo de alambre, una lima y piezas que yo no sabía nombrar. Sacó la lima y examinó la tuerca encontrada en el barro.
—La rueda de cierre está detrás de la piedra —dijo—. Esta pieza debía sujetar un eje. Alguien retiró la barra exterior, pero el mecanismo sigue trabado.
—¿Por las nueve hendiduras?
—No. Esas no sujetan nada que yo entienda.
Pasó el dedo por la inscripción.
—Semira —dije.
—¿Qué significa?
—Semilla.
Miró mi mano cerrada.
—Tu madre te da algo con esa forma y la puerta lleva la misma palabra.
—¿Y qué concluyes?
—Que algo tienen que ver. Más no te digo.
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misterio, ciencia ficción oscura y distópica, aventuras fantásticas
Editado: 13.10.2026