Mara dijo algo que no entendimos. Después su voz llegó más cerca.
—Celia pregunta si perdieron una bota.
Miré mi pie descalzo. Ramón abrió los ojos.
—¿Cómo sabe eso?
—Mara —dije—, ¿puedes vernos?
—No.
—Entonces ¿cómo sabes lo de la bota?
—Se oyó cuando gritaste por ella.
—No grité.
—Lo dijiste con voz de gritar pequeño.
Ramón se cubrió la boca para no reír.
—Necesitamos saber dónde está la salida —dije—. ¿Hay una pared de piedra detrás de los estantes?
—Hay tres —respondió Lina.
—La que suena hueca.
—Todas suenan huecas si Mara les pega con una botella.
—Una botella no —protestó Mara—. El frasco de ciruelas.
—Ahora ya no tenemos ciruelas.
La normalidad absurda de la discusión me golpeó con tanta fuerza que tuve que apoyar la frente contra la tubería.
Seguían vivas.
Seguían siendo ellas.
—Lina —dije—. Busca la pared más cercana al tonel de agua.
Oí pasos pequeños, objetos moviéndose y un golpe.
—Hay una tabla detrás.
—¿Está clavada?
—No. Tiene una anilla.
Ramón me miró.
—Tira de ella —dijo Ramón.
Lina no respondió; ya estaba moviendo el estante.
Escuchamos madera rozando sobre nuestras cabezas. Ramón se apartó de la tubería y guardó el aire.
Hubo un roce largo. Algo se desplazó sobre nuestras cabezas. Una línea de luz gris apareció al final del túnel izquierdo.
Era un registro de mantenimiento, no una salida hecha para personas: una abertura cuadrada detrás de un panel de madera, oculta por estantes desde el lado del sótano.
Ramón se arrastró primero. Esta vez no discutí. El túnel subía y necesitaba que alguien recibiera mi peso al final.
Lo escuché contener un gemido cuando levantó el torso.
—Estoy dentro —dijo.
Avancé.
Dos manos me agarraron de los antebrazos. No eran las de Ramón.
Lina tiró de mí con más fuerza de la que parecía caber en su cuerpo. Caí sobre el suelo del sótano y ella retrocedió con el cuchillo de cocina apuntándome al pecho.
Durante un instante me examinó como si fuera una imitación mal hecha.
Tenía el cabello envuelto en un paño, polvo en la cara y la mandíbula apretada del mismo modo que nuestra madre cuando alguien intentaba venderle hierbas viejas. Había crecido desde la mañana. No en altura. En algo peor.
—La contraseña —dijo.
—La de casa —dije—. La señal partida por una espera.
—Eso lo sabe Ramón.
—Cuando tenías siete años escondiste seis huevos bajo mi cama porque querías que nacieran calientes.
—Eran cinco.
—Uno se rompió.
El cuchillo bajó.
Lina se lanzó contra mí.
No lloró al principio. Me golpeó dos veces el hombro con el puño cerrado y después me abrazó con tanta fuerza que la marca de la palma se clavó contra mi pecho.
—Tardaste —dijo.
—Lo sé.
—Dijiste que venías detrás.
—Lo sé.
—Mentiste.
—Sí.
Lina se apartó de golpe.
Esperaba una explicación. Tal vez una defensa. Le había dado la razón y no sabía dónde colocarla.
—Hice que me siguieran al bosque —dije—. Quería alejarlos de la casa.
—Alejarlos no era volver conmigo.
—No.
—Pensé que habías muerto.
—Yo también.
Lina me miró un segundo más. Después volvió a abrazarme, esta vez sin golpear.
Mara seguía junto a los estantes.
Estaba sentada sobre un saco de harina, con Celia en las piernas y una manta alrededor de los hombros. Tenía una línea de sangre seca en la frente, pero los ojos estaban limpios. Demasiado atentos.
—Hola —dijo.
La palabra fue más difícil que el abrazo de Lina. Me arrodillé frente a ella.
—Hola.
Mara levantó la muñeca de trapo.
—Celia dice que hueles mal.
—Celia no huele mejor.
—Ella no corrió por el bosque.
—Eso explica su ventaja.
Mara me tocó el corte de la ceja con un dedo.
—¿Te duele?
—Un poco.
—A Ramón le duele más.
Ramón estaba sentado contra el muro, con una mano sobre el vendaje. Lina lo vio por primera vez de verdad.
—Estás sangrando.
—Se abrió otra vez al correr.
Lina ya estaba buscando la caja de agujas.
—Puedo mover el brazo. Creo.
Lina abrió la caja de agujas de nuestra madre y se acercó.
—Enséñame.
Ramón apartó la mano del vendaje. La tela estaba oscura hasta el borde.
—Camisa arriba —ordenó Lina—. Si la costura cedió, la rehago antes de que vuelvas a moverte.
Ramón me miró.
Ramón levantó la camisa sin discutir. Lina no apartó la vista de la herida.
—Más arriba. Necesito ver dónde termina la sangre.
Le retiró el vendaje con cuidado. La costura había cedido en un extremo.
Ramón tragó saliva al ver la aguja.
Lina volvió a vendarlo con una tela limpia. Él apretó los dientes y dejó de mirar sus manos.
Me volví hacia Mara.
—Tenemos que irnos.
—Ya estamos listas.
Señaló la bolsa junto a los estantes.
Lina había guardado dos frascos de agua, pan, una manta doblada, el costurero, un cuchillo, tres velas, pedernal y una bolsita de sal. También había metido el cuaderno de cuentas de nuestra madre.
—¿Para qué quieres eso? —pregunté.
—Tiene nombres.
—Son deudas y compras.
—Tiene nombres —repitió—. Si encontramos a la gente, sabremos quién falta.
No había pensado en eso.
Lina sí.
—El agua casi se acabó —añadió—. Mara bebió más porque le sangraba la cabeza. Yo comí medio pan. Ella comió el otro medio. Dejamos uno para cuando volvieras.
Miré el trozo envuelto dentro de la bolsa.
—No sabían si iba a volver.
—Por eso no lo comimos.
Mara abrazó a Celia.
—Celia sabía.
—Celia también dijo que una vez iba a llover hacia arriba —respondió Lina.
—Todavía puede pasar.
Se oyó un golpe en el piso superior.
Los cuatro callamos.
Venía de la cocina, y no del túnel. Una bota arrastró madera sobre la trampilla principal.
#1259 en Fantasía
#685 en Thriller
#310 en Misterio
misterio, ciencia ficción oscura y distópica, aventuras fantásticas
Editado: 13.10.2026