El sendero no era un sendero.
El Custodio avanzaba entre árboles, rocas y matorrales sin apartar ramas ni dejar huellas claras. El cuervo volaba por delante. Nosotros lo seguíamos como podíamos.
Ramón empujaba la bicicleta porque apoyarse en ella le permitía caminar sin admitir que necesitaba ayuda. Lina llevaba la bolsa y se negaba a entregársela a nadie. Mara caminaba entre ambos, con Celia escondida bajo la manta. Yo iba detrás de mis hermanas y delante del hombre sin rostro, aunque cada vez que me volvía él estaba en un lugar distinto.
No hablaba.
Tampoco hacía ruido al respirar.
—¿Es una persona? —preguntó Mara después de un rato.
—Sí —dije.
El Custodio giró la máscara.
—No te pregunté a ti —aclaró Mara.
Esperó una respuesta.
La figura se tocó el pecho con dos dedos. Después señaló el suelo.
—Dice que sí —interpretó Ramón.
—¿Cómo sabes?
—Por el gesto. Señaló el suelo después de asentir. Puedo estar interpretándolo mal.
Mara consideró la explicación.
—Las cabras también son personas para otras cabras.
Lina soltó una risa pequeña. La primera desde que había salido del sótano. Se tapó la boca, como si le diera vergüenza haber encontrado algo gracioso tan cerca de la muerte de nuestro padre.
Mara la miró.
Mara frunció el ceño, desconcertada por la risa.
—Ya sé.
—¿Por qué te ríes?
Lina se secó los ojos con el dorso de la mano. —Porque necesitaba hacerlo.
Mara aceptó la explicación con un movimiento mínimo de cabeza.
—Agradezco que la familia vuelva a organizarse —respondió él.
La conversación duró poco. El cansancio la apagó.
A medida que nos alejábamos de Monte Alto, el resplandor del incendio desapareció entre las copas. La oscuridad verdadera regresó. Sin ella, el bosque parecía menos conocido. Los árboles que había recorrido desde niño se convirtieron en columnas negras y las piedras en animales agazapados.
El Custodio se detuvo junto a un arroyo estrecho.
Señaló a Ramón.
—Puedo seguir.
La figura lo señaló otra vez.
—Dice que pares —murmuró Ramón, sin convicción.
Lina se acercó y puso una mano sobre su frente.
—Tienes fiebre.
Ramón se tocó la frente y después el vendaje.
—Entonces necesito sentarme antes de caer.
—Acaba de empezar.
Ramón dio otro paso y la pierna derecha se le dobló.
El Custodio lo sostuvo antes de que cayera. Lo sentó contra un tronco y apartó la mano del vendaje. La tela estaba empapada.
El hombre enmascarado sacó una tira gris de debajo de la capa. No era una venda común. Tenía signos bordados con hilo negro.
—No —dije.
La figura se detuvo.
—Todavía no tenemos un nombre que explique lo que hace.
El Custodio me tendió la tira. Estaba dispuesto a que la examinara.
El tejido olía a ceniza fría y sal. Los signos no se abrieron dentro de mi cabeza como los de la compuerta. Permanecieron mudos.
—No parece un artefacto —dijo Lina.
—¿Qué tiene de limpio?
—Porque está limpio.
Ramón soltó aire por la nariz.
—Método científico impecable.
Lina ignoró el comentario.
—Mamá usaba hilo oscuro para marcar las vendas hervidas. Así no las confundía con los trapos.
El Custodio inclinó la máscara hacia ella. Lina sostuvo su mirada inexistente.
—Puede usarla.
No me estaba pidiendo permiso.
La figura volvió a vendar a Ramón. Sus manos eran rápidas, pero no suaves. Apretó donde debía y Ramón se mordió la manga.
—Ahora sí puedo caminar —dijo cuando terminó.
Intentó levantarse.
El Custodio lo empujó de nuevo contra el árbol con dos dedos. Mara se sentó a su lado.
—Celia dice que vas a desmayarte.
—Celia lleva toda la noche ofendiéndome.
—No es una ofensa si pasa.
Ramón cerró los ojos.
—Dile que espere cinco minutos.
No llegó a cinco. Se quedó dormido sentado, con la cabeza inclinada sobre el pecho.
—No está dormido —dijo Lina.
Me arrodillé y le toqué el cuello. El pulso era rápido, pero firme.
—Sí.
—No se duerme así.
—Hoy sí.
El Custodio se agachó y cargó a Ramón sobre un hombro.
La bicicleta quedó junto al arroyo. Ramón habría preferido que lo abandonáramos a él.
—No podemos dejarla —dije.
Lina me miró como si yo hubiera perdido la razón.
—Es una bicicleta.
—Es su bicicleta.
—Él necesita llegar vivo más que ella.
—Va a odiarnos.
—Puede odiarnos después.
Mara tocó el manillar.
—Podemos esconderla.
Entre los cuatro la cubrimos con ramas y piedras. Lina anotó el lugar en el cuaderno de cuentas: arroyo de dos troncos, piedra blanca, roble partido. No confiaba en nuestra memoria ni en el bosque.
El Custodio esperó sin mostrar impaciencia.
Cuando terminamos, continuó.
Caminamos durante casi una hora. Mara empezó a tropezar, pero rechazó mis brazos dos veces. A la tercera, no le pregunté. La levanté junto con la manta y Celia. Protestó durante diez pasos y después apoyó la cabeza en mi hombro.
Lina seguía a mi lado.
—¿Por qué vino por nosotros? —preguntó, mirando al Custodio.
—No puedo saber por qué vino —dije—. Sí sé que sabía dónde encontrarnos.
—¿Lo conoces?
—Lo vi en el bosque. Nos ayudó a escondernos de una patrulla.
—Te preguntó por qué decidió ayudarnos —dijo Mara.
—No habla.
—Todo el mundo habla de alguna manera.
Observó cómo apoyaba los pies, cómo cargaba a Ramón, cómo reaccionaba cada vez que el cuervo cambiaba de dirección.
—Conoce el camino —dijo—. Y sabía que estábamos en la compuerta.
—Sí.
—Entonces alguien lo envió.
No era una pregunta. El bosque se abrió poco después.
La cabaña de Joaquín apareció entre dos lomas, más grande por detrás de lo que parecía desde el camino. No había luz en las ventanas. La chimenea estaba fría. El huerto de hierbas que yo recordaba se había convertido en una franja de tierra oscura cubierta por redes.
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misterio, ciencia ficción oscura y distópica, aventuras fantásticas
Editado: 03.11.2026