El Velo de las Cenizas — Crónicas del Velo de las Cenizas I

CAPÍTULO 6 — El monje y el hueso · PARTE I

No me despertó el zumbido bajo la trampilla. Me despertó que había dejado de sonar.

Durante unos segundos permanecí sentado contra la pared, con la manta caída sobre las piernas y la sensación de haber olvidado algo importante mientras dormía. La cabaña estaba casi a oscuras. Una franja gris entraba por debajo de la cortina de la ventana, pero aún faltaba para el amanecer. El hogar conservaba un círculo de brasas. El Custodio seguía junto a la puerta, exactamente en la misma postura de la noche anterior.

Ramón respiraba sobre la mesa.

Lina y Mara ocupaban el rincón más alejado del fuego. Lina dormía de lado, mirando hacia la entrada, con una mano fuera de la manta. Mara tenía la cabeza apoyada sobre su hombro y a Celia atrapada entre ambas. Incluso dormida, Lina había elegido el lugar desde el que podía ver la puerta y la ventana sin levantarse.

Joaquín no estaba.

La trampilla permanecía cerrada.

Me incorporé despacio. La marca de la palma ya no ardía, pero tenía los dedos entumecidos y la piel alrededor del triángulo incompleto parecía demasiado tirante. La semilla negra que mi madre había ocultado durante quince años seguía dentro del bolsillo interior de mi camisa. La noté antes de tocarla: un calor pequeño, casi humano, como el de una piedra que alguien acaba de soltar.

El Custodio giró la máscara hacia mí.

—¿Bajó? —pregunté.

No respondió.

Señaló la puerta trasera.

Joaquín entró por ella un momento después con un cubo de agua y dos conejos muertos colgando de una cuerda. Tenía barro hasta los tobillos, una venda nueva en la muñeca izquierda y la misma expresión con la que otros hombres regresaban de revisar una cerca: cansancio, cálculo y ninguna intención de explicar lo que habían visto.

Dejó los animales junto al hogar.

—La pregunta correcta era si podías levantarte sin caerte —dijo.

—Puedo.

—Entonces trae el otro cubo.

No pregunté de dónde. La puerta trasera daba a una franja estrecha entre la cabaña y una pared de roca cubierta de musgo. Nunca había visto aquel lado de la casa. Desde el sendero, la pared parecía formar parte de la loma; allí descubrí una abertura baja y un pozo protegido por tablas ennegrecidas.

El agua estaba fría.

Volví con el cubo y lo dejé junto al primero. Joaquín había encendido el fuego. No utilizó luz verde, palabras antiguas ni nada que pudiera confundirse con un milagro. Rompió ramitas, sopló sobre las brasas y maldijo cuando el humo le entró en los ojos. Agradecí cada parte vulgar del proceso.

—¿Por qué dejó de zumbar? —pregunté.

—Porque se dio cuenta de que estabas despierto.

Esperé que sonriera.

No lo hizo.

—Eso no tiene gracia.

—No pretendía tenerla.

Sacó una olla, vertió agua y comenzó a cortar una raíz amarilla en rodajas finas. Sus manos temblaban muy poco. Lo suficiente para que yo lo notara porque estaba mirando.

—¿Qué hay debajo?

—Una habitación.

—Las habitaciones no hacen vibrar los dientes.

—La mayoría tampoco sobreviven cuatrocientos años bajo una casa construida después.

—Dijiste que papá esperaba no tener que mostrarnos algo.

El cuchillo se detuvo contra la tabla.

—Tu padre esperaba muchas cosas.

—¿Qué era lo que esperaba no mostrarnos?

—Empiezas a parecerte a Lina.

—Lina hace mejores preguntas.

—Y cuando una explicación tiene un hueco, mete el dedo hasta encontrar el borde.

Desde el rincón, una voz dijo:

—Estoy despierta.

Lina se incorporó sin soltar a Mara. Tenía el cabello pegado a un lado de la cara y una marca de la manta sobre la mejilla. Aun así, consiguió mirarnos como si nos hubiera sorprendido conspirando en mitad de una reunión.

—Lo sé —respondió Joaquín.

—Entonces no hable de mí como si no estuviera.

—También sabía que dirías eso.

—Saber que va a hacer algo mal no lo vuelve menos malo.

Joaquín volvió a cortar la raíz.

Lina apartó la manta con cuidado para no despertar a Mara y se acercó a la mesa. Antes de mirar la trampilla, miró a Ramón.

—Está más caliente.

Le puso el dorso de los dedos en la frente. Ramón abrió un ojo.

—Si sigues tocándome con esa cara, voy a pensar que te preocupas.

—Estoy comprobando si vas a morir sobre la única mesa.

—Me alegra saber que el problema es la mesa.

—La mesa no habla.

Ramón intentó sonreír. El gesto le duró menos que el dolor. Tenía los labios secos y una sombra gris debajo de los ojos. Cuando quiso incorporarse, el costado le recordó los seis puntos de Joaquín y lo obligó a quedarse quieto.

El viejo dejó el cuchillo.

—No te muevas.

—Eso llevo haciendo toda la noche.

—Y aun así conseguiste empeorar.

Joaquín retiró la manta y revisó el vendaje. La tela estaba húmeda, pero no de sangre. Una aureola amarillenta se extendía alrededor de la herida.

—¿Está infectada? —pregunté.

—Está enfadada.

—¿Cuál es la diferencia?

—Que una herida enfadada todavía escucha razones.

Ramón miró el techo.

—Me tranquiliza que mi costado sea más razonable que algunas personas.

Lina fue por el cuenco de agua sin que nadie se lo pidiera. Mara se despertó cuando la manta dejó de cubrirle los pies. Se sentó abrazando a Celia y observó la habitación con la seriedad desorientada de quien necesita comprobar si el mundo cambió mientras dormía.

—¿Dónde está mamá? —preguntó.

Nadie tuvo tiempo de preparar una respuesta.

Lina se quedó inmóvil con el cuenco entre las manos. Yo me acerqué a Mara.

—Sigue con los soldados.

—Eso ya lo sabía.

—Entonces, ¿por qué preguntas?

Mara miró a Celia.

—Para ver si había cambiado.

La lógica me dejó sin nada útil que decir.

Joaquín retiró el vendaje de Ramón. Los puntos seguían cerrados. Limpió la piel con agua hervida y una tintura que olía a corteza amarga. Ramón apretó los dedos contra el borde de la mesa.




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