El Velo de las Cenizas — Crónicas del Velo de las Cenizas I

CAPÍTULO 6 — El monje y el hueso · PARTE II

Era más ancha que la casa y casi tan larga como la plaza de Monte Alto, además de mucho más profunda. El techo desaparecía en sombra, sostenido por arcos de metal negro que no tocaban las paredes en ningún punto visible. Entre los arcos colgaban cadenas finas, campanas sin badajo y discos de vidrio opaco. Había mesas, armarios, cajas, mapas enrollados, herramientas cuya función no podía imaginar y objetos cubiertos con paños grises.

El suelo estaba formado por placas cuadradas. Cada una llevaba una marca diferente: círculos, líneas, triángulos, grupos de puntos. Ningún símbolo se repetía cerca de otro igual.

Al fondo, una pared entera estaba ocupada por un mapa. No estaba dibujado sobre papel.

Las montañas, ríos y caminos habían sido incrustados en una superficie de piedra oscura con hilos de metales distintos. Algunas rutas brillaban débilmente. Otras terminaban en manchas negras, como si alguien las hubiera quemado desde dentro.

Reconocí el valle.

Monte Alto era un punto mínimo, rodeado por un anillo de nueve marcas.

El bosque del norte aparecía atravesado por tres líneas que yo nunca había visto en ningún mapa. Una de ellas llegaba hasta un símbolo al este: varias torres unidas por arcos.

—La Catedral —dije.

La palabra salió antes de que supiera de dónde la había sacado.

La pared respondió con un pulso verde. Joaquín cubrió mi boca con una mano. No lo hizo con violencia. Lo hizo demasiado rápido.

—No nombres lugares antiguos delante de un mapa despierto.

Aparté su mano.

—No sabía que estaba despierto.

—Por eso doy instrucciones antes de bajar.

Lina se acercó al mapa sin tocarlo.

—¿Cómo supo su nombre?

—No lo sabía —dijo Joaquín.

—Lo dijo.

—La sangre lo leyó.

Mara levantó la vista hacia las torres.

—No parece una iglesia.

—No lo era.

—Entonces el nombre está mal.

—La mayoría de los nombres nuevos lo están.

Ramón seguía junto al último peldaño. Tenía la cara más pálida, pero los ojos se le movían de una pieza a otra con una concentración que le devolvía algo de vida.

—¿Quién construyó esto?

—Personas —respondió Joaquín.

—Personas no basta. ¿Quién sabía construir sin remaches, sin soldaduras y sin descargar el peso en el suelo?

Joaquín recorrió los arcos con la vista antes de contestar.

—No hay remaches en los arcos. No hay soldaduras. Las placas no se dilatan junto a la lámpara. Esa mesa tiene patas, pero no descarga el peso en el suelo. Y el mapa acaba de reaccionar a una palabra. «Personas» no explica nada.

Joaquín lo miró con una paciencia cansada.

—Tampoco «antiguos», «dioses» o «magia». Son cajas donde la gente guarda lo que no comprende para dejar de hacerse preguntas.

—Yo no quiero dejar de hacerlas.

—Ese es uno de tus defectos más útiles.

Ramón pareció aceptar la frase como un cumplido. Lina señaló el anillo alrededor de Monte Alto.

—¿Qué significa?

Joaquín no respondió de inmediato.

—Que el pueblo se levantó sobre un cierre.

—¿Un cierre de qué?

—De una ruta antigua.

—¿La puerta que decía el árbol? —pregunté.

El viejo me miró.

—¿Qué árbol?

Le conté las líneas en la corteza, la palabra que había leído sin conocerla y la traducción que había aparecido detrás de mis ojos.

Doru.

Puerta.

No repetí el término completo. Había aprendido al menos eso.

Joaquín se acercó a un armario de metal y sacó una tablilla cubierta de signos. Comparó dos marcas y cerró los ojos.

—El bosque no debía mostrarte esa inscripción todavía.

—El bosque no me mostró nada. El cuervo me llevó.

—Es casi peor.

—¿Por qué?

—Porque significa que alguien decidió que estabas preparado.

—No lo estoy.

—Lo sé.

No vaciló. Eso fue lo que me enfadó.

—Entonces deja de hablar como si todos menos yo supieran qué soy.

—Lo que eres no encaja en ninguna categoría que yo pueda defender todavía.

—La Legión sí.

—La Legión tiene una teoría y suficiente hierro para obligar al mundo a parecerse a ella. No confundas seguridad con conocimiento.

—Mi madre está en una jaula por esa teoría.

—Sí.

La palabra cayó sin protección. Lina se volvió hacia Joaquín.

—Empiece por ella.

—¿Qué quieres saber?

—Todo lo que sabía mamá.

—No puedo darte todo.

—Entonces empiece por lo que nos hizo daño no saber.

Joaquín apoyó ambas manos sobre una mesa negra.

—Inés sabía que su sangre respondía a ciertos objetos. Sabía que la pieza que llevaba podía ocultar una señal durante un tiempo. Sabía que Monte Alto estaba construido cerca de un cierre antiguo. No sabía dónde estaban todos los accesos, ni quién seguía buscándolos, ni qué despertaría primero.

—¿Y papá?

—Mateo sabía que había gente buscando a su madre. Después supo que podían buscarlos también a ustedes. Aprendió señales, rutas de evacuación y formas de esconder una firma de sangre. Construyó el sótano con Soria. Preparó el código de la campana. Hizo lo que sabía hacer: convertir un miedo sin forma en puertas, herramientas y reglas.

Lina apretó la mandíbula.

—Nos mintieron.

—Sí.

Yo esperaba que Joaquín los defendiera.

No lo hizo.

—¿Por qué? —pregunté.

—Porque querían que tuvieran una infancia.

—La tuvimos hasta anoche.

—Quince años no son nada para una puerta. Para una familia pueden ser todo.

—No para papá.

La frase me salió peor de lo que pretendía. Mara se pegó a Lina. Ramón apartó la vista. Joaquín bajó la cabeza.

—No —dijo—. Para Mateo no fueron suficientes.

El enojo siguió ahí, pero perdió el lugar donde golpear. Lina no se lo permitió.

—¿Usted les dijo que callaran?

—Sí.

—Entonces también mintió.

—Sí.

—¿Y ahora quiere que confiemos en usted?

—No.

—Siempre dice eso como si fuera noble.




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