El Velo de las Cenizas — Crónicas del Velo de las Cenizas I

CAPÍTULO 6 — El monje y el hueso · PARTE III

—Elías —dijo Ramón.

La voz sonaba muy lejos. Joaquín golpeó mi muñeca con el bastón. El dedo salió de la ranura.

Caí de rodillas.

Lina rompió el círculo de sal al entrar. Joaquín alcanzó a sujetar el hueso antes de que se deslizara fuera. Mara apareció por el otro lado con Celia tapándose los ojos al revés: la muñeca tenía cubiertas las orejas.

—Te dije los ojos —murmuré.

—No quería que escuchara los dientes.

Ramón se había levantado. Dio un paso hacia mí y tuvo que apoyarse en la mesa.

—¿Qué viste?

Joaquín cubrió el hueso con el paño. La luz se apagó. El tirón hacia el este permaneció.

—Agua —dije—. Torres. Dos… luces en el cielo.

No dije lunas. La palabra parecía demasiado grande para una imagen de menos de un segundo.

Joaquín cerró los ojos.

—¿Había una ciudad?

—No vi una ciudad. Vi líneas rectas, luz bajo el suelo y algo demasiado grande para ser una casa.

—¿Máquinas?

—Había mecanismos. No sabría decirte si eran máquinas como las nuestras o si estoy usando esa palabra porque no tengo otra.

—¿Una puerta?

—No llegué a entender qué era. Llamarlo puerta sería fingir una certeza que no tengo.

La fuerza de mi voz hizo que Mara retrocediera. Me obligué a bajar el tono.

—Vi algo. Puedo describirlo, pero no distinguir si estaba allí, si pertenecía a otro momento o si el hueso fabricó la escena.

—Bien —dijo Joaquín.

—¿Bien?

—Dudar de una visión es más seguro que obedecerla.

Lina me tomó la mano y examinó el pulgar. La herida era mínima, pero alrededor de la marca triangular habían aparecido líneas verdes tan finas como venas.

—Se están moviendo.

Joaquín se agachó junto a mí.

—Mira mi cara.

—La estoy mirando.

—¿Cuántos dedos?

Levantó tres.

—¿Cómo te llamas?

—Elías.

—¿Dónde estás?

—Debajo de tu casa.

—¿Qué dirección señaló?

Miré el mapa.

—Este.

—¿Qué hay al norte?

La pregunta me golpeó.

—Mi madre.

—Bien.

Lo agarré por la ropa.

—No uses eso para comprobarme.

El Custodio apareció al pie de la escalera. Nadie lo había oído bajar.

Lina sí había contado los peldaños. Miró primero a la figura y luego hacia arriba, como si intentara decidir en qué número había entrado.

El Custodio se acercó a la mesa. La máscara lisa reflejó las vetas apagadas del hueso.

Joaquín se puso de pie.

—¿Lo sintieron?

La figura levantó dos dedos, señaló sus propios ojos y trazó una línea hacia el este.

—Los dos lectores —interpretó Joaquín.

El Custodio cerró la mano, la abrió cuatro veces y después mostró otros cuatro dedos.

—Los veinticuatro siguen en el valle.

Ramón negó.

—Anoche dijo lo mismo.

—Anoche estaban buscando. Ahora tienen dirección.

El Custodio dibujó en el aire un círculo incompleto y lo atravesó con un dedo.

El rostro de Joaquín cambió.

—El oficial de puerta ha activado una ruta.

—¿Hacia la Catedral? —pregunté.

—Hacia donde cree que está.

—El hueso acaba de decirle dónde.

—No con precisión. Una llamada viaja mal entre árboles, cierres y sangre. Pero sabe que despertó algo al este.

Lina seguía sujetándome la mano.

—Entonces ellos también van.

—Sí.

—¿Y mamá?

Joaquín miró la línea del norte en el mapa.

—La llevarán al lugar donde puedan utilizarla cuando tengan el Fragmento.

—¿Qué Fragmento? —preguntó Ramón.

El viejo retiró el paño lo suficiente para mostrar la punta del hueso.

—Una pieza del sistema que mantenía cerradas estas rutas. No sabemos cuál conserva la Catedral. Puede ser una llave, un estabilizador, una parte de un sello o algo que ya no recuerde su función.

—Eso son cuatro formas de decir que no sabe —dijo Lina.

—Correcto.

—¿Y quiere que vayamos a buscarlo?

—Quiero que la Legión no lo encuentre primero.

—Entonces el objetivo es adelantarnos a la Legión, no solo encontrarlo.

—No.

Me levanté despacio. El mareo había disminuido, pero el este seguía tirando de mí. No como una voz. Como un camino recordado por los músculos.

—Podemos seguir la ruta norte —dije.

Joaquín señaló el mapa.

—Veinticuatro hombres. Dos lectores. Un oficial capaz de abrir accesos. Ustedes son cuatro niños, un herido y un viejo que ya gastó demasiada sangre anoche.

Ramón levantó un dedo.

—Yo no soy un niño.

—Estás discutiendo la palabra menos importante.

—Sigue siendo incorrecta.

—Podemos avisar a otros pueblos —dije.

—¿Con qué explicación? ¿Que una fuerza que nadie conoce quemó Monte Alto para robar una mujer cuya sangre despierta ruinas? Para cuando logres que un alguacil deje de reír, la Legión habrá cruzado dos cierres.

—Entonces vamos a la Catedral y tomamos el Fragmento.

—Tampoco será tan sencillo.

—Nada de lo que dices lo es.

—Por eso sigo vivo.

Lina soltó mi mano.

—No quiero que vaya.

La miré.

—Puede ayudarnos a encontrar a mamá.

—También puede matarte.

—Seguirlos al norte también.

—Entonces espere.

—¿A qué?

—A pensar algo mejor.

—Ellos no van a esperar.

—Siempre dices que no hay tiempo cuando quieres hacer lo primero que se te ocurre.

La frase habría sido injusta en boca de otra persona. En la suya era solo contar lo que había pasado.

Ramón se sentó otra vez, respirando con cuidado.

—Hay dos problemas —dijo—. Encontrar a Inés y evitar que la Legión consiga la pieza. Si corremos al norte, seguimos a gente más rápida, con lectores, llevando exactamente la sangre que buscan. Si vamos al este, quizá lleguemos antes porque el hueso apunta y ellos solo tienen una dirección general.

Lina lo miró.

—Estás de su lado.

—Estoy del lado del plan que tiene menos maneras de matarnos en la primera hora.

—Eso no lo vuelve bueno.




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