La cosa bajo el paño negro no parecía un arma.
Eso fue lo primero que pensé cuando Joaquín la dejó sobre la mesa después de comer.
Era una varilla del largo de mi antebrazo, formada por dos piezas que no terminaban de pertenecer la una a la otra. La empuñadura, de metal oscuro, tenía tres anillos móviles y una abrazadera de cobre abierta por un costado. De ella salía un cristal malva, estrecho y opaco, partido cerca de la punta. Una grieta recorría el interior como una raíz atrapada en hielo.
Ramón se inclinó desde el banco.
—Está rota.
—Tú también —dijo Joaquín—. Ninguno de los dos ha dejado de resultar peligroso.
—Yo funciono mejor que eso.
—Eso todavía está por demostrarse.
La fiebre de Ramón había bajado, pero seguía pálido. Se había negado a permanecer acostado durante la comida y ahora pagaba la decisión con la espalda rígida y una mano apoyada demasiado cerca del vendaje. Lina lo observaba sin disimulo. No porque se hubiera vuelto su amiga desde el rescate, sino porque desconfiaba de cualquier persona que pudiera desmayarse y obligarla a cambiar un plan.
Mara estaba sentada en el suelo con Celia entre las piernas. Había dibujado nueve círculos en una tabla usando un trozo de carbón. Ninguno era redondo.
El Custodio permanecía junto a la puerta, con la máscara vuelta hacia la mesa.
—¿Qué es? —pregunté.
Joaquín colocó un cuenco de agua al lado de la varilla.
—Un catalizador.
—Eso tampoco explica qué es.
—Una herramienta que ayuda a una orden a conservar forma.
Ramón señaló la grieta.
—Una herramienta rota.
—Las herramientas enteras pertenecen a gente más rica o más muerta.
Joaquín miró la herramienta y después a Ramón, como si estuviera decidiendo cuál de los dos requería más paciencia.
Ramón ya había vuelto la atención al catalizador. Joaquín empujó el catalizador hacia mí.
No lo toqué.
La semilla negra que llevaba bajo la camisa respondió con un calor leve. La marca triangular de mi palma se tensó, como si la piel recordara algo que yo no. El cristal malva no emitió luz, pero la grieta interior pareció volverse más profunda.
—No es como la brújula —dije.
—No.
—¿Ha probado sangre?
—Demasiada.
Lina levantó la vista.
—¿De quién?
Joaquín tardó un segundo más de lo normal en responder.
—De personas que pensaban que controlar una herramienta era lo mismo que merecerla.
—Eso no es un nombre —dijo Lina.
—No.
—Entonces sigue ocultando algo.
—Sí.
Lina apretó la boca. Detestaba que los adultos admitieran una falta sin corregirla. Joaquín, en cambio, parecía considerar que reconocer una puerta cerrada era casi lo mismo que abrirla.
—¿Elías tiene que usarlo? —preguntó ella.
—Si piensa entrar en la Catedral, sí.
—Entonces enséñele sin hablar como si quisiera que falle.
Ramón se acomodó en el banco.
—Yo llevo años pidiéndole lo mismo a la gente.
—Tú fallas aunque te expliquen —respondió Lina.
—Eso se llama independencia.
Mara alzó uno de sus círculos de carbón.
—Este es Ramón.
—¿Por qué está torcido?
—Porque también es independiente.
No pude evitar sonreír. Ramón la miró con una ofensa que habría sido más convincente si no estuviera haciendo un esfuerzo para no reírse.
Joaquín esperó a que calláramos.
—El catalizador no crea nada —dijo—. No pone poder donde no existe. Toma una intención, una palabra y una fuente, y obliga a las tres a encontrarse en el mismo lugar.
Señaló el cuenco.
—Agua.
Después mi palma.
—Sangre marcada.
Por último, el cristal.
—Dirección.
—¿Y la palabra? —pregunté.
—La palabra es una forma de no mentirte sobre lo que estás intentando hacer.
—¿Tiene que ser antigua?
—No.
—Entonces ¿por qué todas las cosas de abajo están escritas en otra lengua?
—Porque quienes construyeron esas cosas desconfiaban de las palabras que usamos sin pensar.
Ramón frunció el ceño.
—Eso tiene sentido.
Todos lo miramos.
—No lo diga así —añadió—. Parece que me estoy poniendo de su lado.
Joaquín movió el cuenco hasta el centro de la mesa. Luego tomó una cuerda fina y formó con ella un círculo alrededor.
—Levanta el agua.
—Ya lo hice antes.
—No. Antes te asustaste y el agua respondió al susto.
La frase me molestó porque era cierta.
Había levantado agua junto al manzano, en el canal, bajo la casa. Cada vez había ocurrido cuando alguien estaba en peligro o yo creía que podía perderlo. Nunca había sido una decisión limpia. El agua venía porque algo dentro de mí tiraba de ella con más fuerza de la que yo comprendía. Después me dejaba sangre en la nariz, dolor detrás de los ojos o una voz demasiado cerca.
—¿Qué tengo que decir?
—Eso debes decidirlo tú.
—Acaba de decir que iba a enseñarme.
—Enseñarte no consiste en prestarte mi boca.
Ramón levantó una mano.
—Podría empezar por algo simple. «Sube».
—Eso le dice qué hacer —respondió Lina—, pero no cuánto.
—Entonces «sube poco».
—¿Cuánto es poco?
—Menos que mucho.
—Esa clase de precisión explica tu bicicleta.
Mara colocó a Celia junto al círculo de cuerda.
—El agua no sabe cuál es arriba.
Joaquín la miró.
—¿Por qué dices eso?
—Porque el cuenco está encima de la mesa, la mesa encima del suelo y nosotros encima de la habitación de abajo. Si le dices que suba, puede seguir mucho.
Ramón señaló a Mara.
—Ella acaba de insultar mi idea mejor que Lina.
Lina no pareció ofendida. Estaba pensando.
—Tiene que decir dónde termina —dijo.
Joaquín asintió.
—Una orden sin borde no es poder. Es hambre.
Volvió a empujar el catalizador hacia mí.
Lo tomé.
El metal estaba frío. El cristal no. Un calor fino atravesó la grieta y me subió por los dedos. Sentí la semilla bajo la camisa, la marca de la palma y el agua del cuenco al mismo tiempo. No como objetos separados. Como tres cosas esperando que yo cometiera un error.
#979 en Fantasía
#510 en Thriller
#234 en Misterio
misterio, ciencia ficción oscura y distópica, aventuras fantásticas
Editado: 03.11.2026