El Velo de las Cenizas — Crónicas del Velo de las Cenizas I

CAPÍTULO 7 — El barranco de las voces · PARTE II

Lina se interpuso entre Mara y la ventana.

—Dijo que era segura.

—Dije que era más segura.

—Odio esa palabra.

—Deberías. Casi siempre significa que alguien ya descartó opciones peores.

El Custodio trazó una figura sobre el vidrio. La franja limpia se cubrió de escarcha gris y después de polvo, como el resto del suelo.

Mara miró a Joaquín.

—Ahora parece que nunca vino nadie.

—Esa es la intención.

—Pero sí vino.

—Por eso tú debes recordarlo.

Lina no discutió esa vez.

El sol empezaba a tocar las copas cuando llegó el momento de separarnos.

Había imaginado que sería más sencillo porque ya nos habíamos despedido en la cabaña. No lo fue. Las despedidas no se gastaban por repetición. Solo aprendían dónde doler.

Joaquín me entregó la brújula de hueso dentro de su funda. Al tocarla, el tirón hacia el este regresó. Más débil que durante la activación, pero constante. Después me dio el catalizador, envuelto en cuero y atado con dos vueltas de cordel.

—No lo guardes junto a la semilla.

—¿Por qué?

—Porque se reconocerían demasiado pronto.

—Eso no explica nada.

—Explica dónde no ponerlo.

Lo sujeté al cinturón, en el lado opuesto de la semilla.

Ramón recibió un cuchillo corto, una cantimplora y una bolsa de herramientas que pesaba más que el pan.

—¿Necesitas todo eso? —pregunté.

—No puedo saber qué habrá cedido hasta verlo. Prefiero cargar peso ahora que echarlo de menos allí dentro.

Miré hacia la Catedral. Ramón siguió guardando herramientas.

Joaquín le entregó un bastón de avellano con una pieza de hierro en la punta.

—No es para pelear.

Ramón lo probó contra el suelo.

—Todo sirve para pelear si el otro tiene menos imaginación.

—Y esa frase es la razón por la que aclaro las cosas.

Lina se acercó a mí con la piedra de afilar de mi padre en la mano.

—Esto se queda conmigo.

No era una pregunta.

—De acuerdo.

—Cuando vuelvas, te la devuelvo.

—Era de papá. Puedes quedártela.

—Cuando vuelvas —repitió.

Asentí.

—Antes del segundo anochecer.

—Eso dijo Joaquín.

—Es el tiempo del camino.

—No me importa quién lo dijo. Quiero saber qué pasa si no regresan.

Miré al viejo.

Él no respondió por mí.

—Si no volvemos antes del segundo anochecer, esperas hasta que Joaquín diga que el cierre puede abrirse —dije—. No sales a buscarnos. No sigues la brújula. No haces nada que dependa de que yo haya tenido razón.

Lina apretó la piedra.

—Eso último es casi todo.

—Lo sé.

—Y si encuentran a mamá...

—No decido solo.

—Lo hablan.

—Lo hablamos.

—Aunque Ramón diga algo estúpido.

Ramón levantó la cabeza.

—Puedo oírte.

—Eso no cambia la condición.

Mara se acercó cuando Lina terminó. No me abrazó de inmediato. Primero abrió la mano.

En la palma tenía un hilo rojo, deshilachado en un extremo.

—Es de Celia.

La muñeca seguía teniendo vestido.

—¿De dónde lo sacaste?

—De adentro.

—¿Rompiste a Celia?

Mara se ofendió.

—Celia tenía de más.

Ató el hilo alrededor de mi muñeca izquierda. Hizo tres nudos diferentes. El primero quedó flojo, el segundo demasiado apretado y el tercero sostuvo a los otros dos.

—¿Para qué sirve? —pregunté.

—Para que mires la mano antes de hacer algo con ella.

Mara lo dijo con la gravedad sencilla con que distinguía una piedra de un animal dormido.

—¿Y qué hago cuando la mire?

—Piensas si es mano o ceniza.

Sentí el hilo contra la piel.

—¿Qué diferencia hay?

Mara levantó a Celia.

—La mano elige qué agarra. La ceniza tiene la forma de lo que se quemó.

Joaquín la observó con una expresión que no supe interpretar.

—¿Quién te dijo eso? —preguntó.

—Nadie.

—¿Lo soñaste?

—No.

—¿Lo oíste?

Mara miró la ventana donde no había habido polvo.

—Celia lo sabía.

Lina le puso una mano en la espalda.

—Nos vamos a quedar lejos de esa ventana.

—Celia no tiene miedo.

—Celia es de trapo.

—Por eso puede ser valiente sin ser tonta.

Ramón me dio un golpe leve con el bastón.

—Debemos irnos antes de que tu hermana pequeña resuelva todo y nos deje sin decisiones.

Mara no entendió la frase. Lina sí: comprendió que Ramón estaba evitando la despedida y le lanzó una mirada que prometía corregirlo después.

Abracé a mis hermanas.

Lina mantuvo los brazos rígidos durante el primer segundo. Después me agarró de la camisa con una fuerza que no correspondía a su tamaño. Mara quedó atrapada entre nosotros y protestó porque Celia no podía respirar.

Cuando las solté, el Custodio ya esperaba junto a la abertura de la roca.

Joaquín se colocó frente a mí.

—El camino sur sigue el cauce seco hasta la piedra partida. Allí encontrarán una marca de tres líneas. Toman la de en medio.

—¿Y las otras?

—Una vuelve aquí. La otra no vuelve a ninguna parte donde puedan vivir.

—Podrías pintar una señal.

—Las señales también se leen desde el otro lado.

—¿Qué hay después?

—El barranco.

Ramón apoyó ambas manos en el bastón.

—Pensé que lo rodeábamos.

—Eso indica el mapa.

—No me gusta cómo dijo «indica».

—El barranco se mueve poco. Los caminos se mueven más.

—Los caminos no se mueven.

Joaquín lo miró.

—En tu mundo, quizá.

—Este es mi mundo.

—Entonces procura que lo siga siendo.

El viejo me tomó la muñeca donde Mara había atado el hilo.

—Si oyes una voz en el barranco, no respondas.

—¿Aunque sea una de ustedes?

—Especialmente si es una de nosotros.

—¿Cómo sabremos que no es real?

—No lo sabrán.

Ramón soltó aire.

—Esa regla es inútil.

—No. Es cruel. No es lo mismo.

Joaquín continuó:




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