El barranco no tenía eco.
Eso fue lo primero extraño.
Nuestras botas golpeaban piedra, el bastón de Ramón raspaba el suelo y la cuerda rozaba contra las paredes, pero ningún sonido regresaba. La garganta se estrechaba a medida que avanzábamos. Las paredes, de una roca gris azulada, subían casi verticales y ocultaban el cielo. En algunas zonas estaban cubiertas de líneas blancas, finas como arañazos. No formaban letras. Parecían marcas dejadas por algo que hubiera intentado salir desde dentro.
El aire olía a polvo húmedo.
No había plantas.
No había insectos.
La brújula se había quedado quieta.
—¿Sigue señalando? —preguntó Ramón.
—No.
—Se detuvo ahora.
Ramón levantó una mano sin volverse.
—No digas «ahora» como si el lugar necesitara saber cuándo empezó.
La regla parecía absurda. Después oí la primera voz.
—Elías.
Venía de delante.
La voz de mi padre.
No una imitación aproximada. No un recuerdo. Mateo pronunciaba mi nombre de una manera concreta cuando quería que dejara de mirar mis manos y lo mirara a él. La primera sílaba firme, la segunda más baja. Así sonó.
Ramón se detuvo.
La cuerda quedó floja entre nosotros.
—Oigo a alguien —dije.
—Yo también.
No pregunté a quién.
Seguimos.
La voz de mi padre volvió.
—Dos pasos adelante.
Esa vez no dijo mi nombre.
El barranco no estaba inventando frases. Estaba tomando las que ya existían dentro de mí y colocándolas donde pudieran hacer daño.
Miré dos pasos adelante. Había una grieta transversal en el suelo. Me detuve antes de meter el pie. Ramón casi chocó conmigo.
—¿Qué pasa?
Señalé la grieta.
Medía menos de un palmo, pero no se veía fondo. Un aire frío salía de ella.
—La voz te avisó —dijo Ramón.
—Sí.
—Eso complica la regla.
—La vuelve cruel.
Joaquín había utilizado esa palabra.
Cruzamos la grieta.
Diez pasos después oí a Lina.
—No lo pises.
Miré el suelo.
Había una piedra oscura entre las grises. La rodeé.
Ramón también.
La piedra se abrió cuando pasamos. No como una boca. Como una pupila que hubiera estado cerrada.
No miramos atrás.
—¿También te ayuda? —preguntó Ramón.
—Sí.
—A mí también.
El barranco no intentaba engañarnos con mentiras simples. Utilizaba voces que conocíamos para decir cosas útiles. Quería que aprendiéramos a obedecerlas.
Después podría pedir otra cosa.
La garganta giró hacia el norte, aunque el mapa decía que debía seguir al este. La cuerda rozó la pared. Ramón avanzaba con pasos más cortos. Su respiración empezaba a volverse alta.
—Descansa —dije.
—No.
—Eso lo dijiste tú, ¿verdad?
Ramón se detuvo.
—Sí.
—Bien.
—No repitas mi voz si la oyes delante.
—No lo hice.
—Lo sé. Necesitaba escucharme decir algo que yo había decidido.
Nos apoyamos en paredes opuestas sin sentarnos. El silencio del lugar apretaba alrededor de cualquier sonido propio. Podía oír el latido en la marca de mi palma.
Entonces llegó otra voz.
—No necesito que seas valiente en el lugar equivocado.
Soria.
Ramón cerró los ojos.
No dijo «oigo a alguien». No hizo falta. La cuerda se tensó cuando su cuerpo quiso avanzar.
—Ramón.
La voz de su madre llegó desde un recodo lateral que no aparecía en el mapa.
—Con Alma.
Él dio un paso hacia allí. La cuerda me arrastró.
—No.
La palabra salió antes de que pudiera detenerla. No respondía a la voz. Respondía a Ramón. El barranco no distinguió. Las líneas blancas de la pared se iluminaron. Mi «no» volvió desde delante con mi propia voz.
Después desde atrás.
Después desde debajo de la piedra.
—No.
—No.
—No.
Ramón se quedó inmóvil.
—Di tu nombre —recordé.
No lo toqué.
—Ramón.
La voz de su madre respondió desde el recodo.
—Hay muchos.
Ramón palideció.
Ramón había dicho qué era aquello, y el barranco parecía estar preguntando quién.
—Tu nombre —dije.
—Ramón, hijo de Soria.
La cuerda dejó de vibrar. Las líneas de la pared se apagaron. Él abrió los ojos.
—Mi madre siempre dice que un nombre sin deberes sirve de poco —dijo.
—No necesitaba saberlo.
—Yo tampoco necesitaba oírlo aquí.
El recodo lateral seguía abierto. Dentro no había luz. Olía a humo y corteza de roble.
Ramón volvió al camino principal.
—No estaba ella —dijo.
—No.
—Pero sabía cómo hablabas.
—Lo sabías tú.
—No estaba pensando en eso.
—Quizá no necesita que pienses una cosa para encontrarla.
—Eso es peor.
Continuamos sin descansar más.
El barranco empezó a ensancharse. La luz regresó arriba, una franja pálida entre las paredes. El mapa debería haber terminado allí. En cambio, el camino se dividió en tres.
Las tres rutas eran iguales.
Misma anchura.
Misma pendiente.
Mismas líneas blancas.
La brújula seguía inmóvil. Ramón sacó el mapa.
—Solo hay una salida.
—Aquí hay tres.
—Gracias. La herida no me quitó la vista.
Estudió el suelo. Ninguna ruta tenía huellas. El polvo permanecía intacto.
—No siguen pasos —dije.
—No hay pasos que seguir.
—Joaquín dijo que no siguiéramos los que no levantan polvo.
—Quizá porque aquí todo quiere que elijamos por otra cosa.
La voz de mi madre llegó desde la ruta izquierda.
—Elías.
No era la voz que había utilizado la cosa detrás de la máscara. Aquella imitación era demasiado perfecta, construida para atravesarme. Esta tenía una imperfección pequeña: mi madre estaba cansada. Respiraba antes de decir mi nombre, como la noche en que había cerrado la trampilla.
—Estoy aquí.
La ruta izquierda olía a romero, jabón y humo de cocina. El hilo rojo de Mara apretó mi muñeca.
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misterio, ciencia ficción oscura y distópica, aventuras fantásticas
Editado: 03.11.2026