El Velo de las Cenizas — Crónicas del Velo de las Cenizas I

CAPÍTULO 8 — La Catedral escucha · PARTE I

Esperamos a que el sol dejara de tocar las agujas.

La decisión surgió porque todo lo demás parecía peor; ni Ramón ni yo la propusimos.

Desde la loma, la Catedral de Acero ocupaba el extremo oriental del valle como si el terreno hubiera crecido alrededor de ella y no al revés. Durante el día, las tres agujas reflejaban una luz opaca, sin brillo. Al caer la tarde se volvieron negras. Los arcos suspendidos entre ellas dejaron de parecer una construcción y empezaron a parecer costillas.

Ramón estaba tumbado boca arriba detrás de una franja de piedra vidriada, con el bastón al alcance de la mano y el vendaje recién apretado bajo la camisa. Había insistido en que la mejor forma de vigilar la entrada era no moverse. La sangre del punto abierto había disminuido, aunque el borde de la herida seguía caliente.

—Si sigues mirándome, voy a cobrar consulta —dijo sin abrir los ojos.

—No sabes curar nada.

—Sé cuándo alguien me está molestando. Eso cuenta como diagnóstico.

—Tienes fiebre.

Abrió un ojo.

—Tengo sol en la cara.

—El sol está detrás de la Catedral.

—Entonces es una fiebre muy bien orientada.

Le tendí la cantimplora. Bebió más de lo que habría admitido si le hubiera preguntado y devolvió el tapón demasiado despacio. Sus manos no temblaban, pero evitaba usar la derecha para incorporarse. El costado le dolía cada vez que torcía el cuerpo.

—Podemos volver —dije.

—No.

—No he terminado.

—Da igual. Todas las frases que empiezan con «podemos volver» terminan mal.

—Podemos volver, buscar a Joaquín y venir con más gente.

—¿Qué gente?

No respondí.

La casa del Velo tenía una anciana que sabía esconder niños, un Custodio que no hablaba salvo cuando algo peor utilizaba su voz y dos muchachas que debían estar en camino hacia un refugio. Joaquín se había quedado atrás para borrar rastros y preparar una segunda ruta. No había más gente. Solo palabras como red, Custodios y casas, que sonaban grandes mientras uno no necesitara ponerles nombres.

Ramón volvió a cerrar los ojos.

—Además —dijo—, seis soldados entraron antes. Si esperamos hasta mañana, puede que salgan con el disco.

—O puede que no salgan.

—Eso también dice algo.

La brújula de hueso golpeó contra mi cadera desde dentro de la funda: un toque aislado y, tras un silencio breve, dos más.

—Está impaciente —murmuró Ramón.

—No siente impaciencia.

—Entonces la expresa mejor que tú.

Saqué la brújula. Las nueve marcas estaban apagadas, pero la aguja interior se mantenía inclinada hacia la Catedral, vencida con tanta fuerza que rozaba el borde de la ranura.

A nuestros pies, las huellas de la Legión descendían por un camino apenas visible entre manchas de hierba oscura. Seis pares. Uno arrastraba ligeramente la punta de la bota izquierda. Otro tenía una suela reparada con clavos desiguales. Un tercero caminaba delante y se detenía cada pocos pasos, porque sus pisadas aparecían más profundas y luego giraban hacia atrás.

Ramón se apoyó en un codo.

—¿Qué ves?

—Alguien iba cojo.

—Eso lo vi yo.

—Uno de ellos revisaba al resto. El de delante.

—Un cabo.

—O alguien desconfiado.

—En un grupo armado suele ser la misma persona.

Señaló una depresión junto a las huellas.

—Ahí dejaron algo.

Bajé un poco por la ladera, manteniéndome agachado. Entre dos placas negras encontré un trozo de cera gris aplastado contra la tierra. Tenía fibras pegadas y una marca circular en el centro.

—Un sello —dijo Ramón cuando regresé.

—¿De qué?

Lo olió.

—No soy Joaquín.

—Te estoy preguntando qué reconoces en la cera, no quién eres.

Giró la cera entre los dedos. En el borde había una letra grabada. No veshari. Una inicial común: T.

—Tal vez cerraba un tubo de mapas —dijo—. O un frasco.

—¿Qué te hace pensar eso?

—Porque si sellara una carta, estaría más plano. Y si fuera un frasco de medicina, no lo habrían tirado sin romperlo. Probablemente contenía polvo para el lector.

Lo miré.

—¿Qué?

—Acabas de hacer tres suposiciones.

—Sí, pero las mías llevan objetos.

La diferencia entre Ramón y yo era esa. Yo podía pasar una hora construyendo posibilidades dentro de la cabeza. Él necesitaba tocarlas, doblarlas o encontrar dónde encajaba una pieza antes de concederles existencia.

Nos quedamos vigilando hasta que la luz abandonó el fondo del valle. Nadie salió de la Catedral.

No vimos antorchas tras el gran círculo de la fachada. No escuchamos voces. Solo la música del viento pasando por los arcos y, de vez en cuando, un golpe grave procedente del interior. No seguía un ritmo exacto. Aun así, cada vez que sonaba, la marca de mi palma respondía con un ardor breve.

Cuando el cielo se volvió violeta, guardé la brújula.

—Bajamos.

Ramón se puso de pie usando el bastón. Esta vez no fingió que no le costaba.

—Una condición —dijo.

—¿Cuál?

—Si digo que corras, corres.

—Lo mismo para ti.

—No. Si tú dices que corra, primero quiero saber de qué.

—Eso no es una condición igual.

—Por eso es mía.

Comenzamos el descenso.

• • •

La tierra del valle conservaba el calor del día de una forma desagradable.

La piedra estaba caliente por zonas, como si debajo hubiera tuberías o brasas que el tiempo no había conseguido apagar. Cada pocos pasos encontrábamos una franja fría, y el cambio subía por las suelas con tanta claridad que acabé caminando alrededor de los parches más oscuros.

Ramón no.

Golpeaba el terreno con el bastón antes de apoyar el pie.

—¿Qué haces? —pregunté.

—Escucho.

—Dijiste eso con las placas.

—Y no explotaron.

—Todavía.

En la tercera placa, el golpe regresó desde abajo con un eco hueco. Ramón se agachó y retiró tierra del borde. Una línea recta apareció bajo sus dedos. No era una piedra enterrada, sino una cubierta de metal del tamaño de una puerta, sellada por sedimento.




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