El Velo de las Cenizas — Crónicas del Velo de las Cenizas I

CAPÍTULO 8 — La Catedral escucha · PARTE II

El catalizador ardió.

No respondí.

Joaquín había sido claro: una voz podía usar verdad sin pertenecer a quien hablaba. El barranco me había enseñado lo mismo de una forma peor.

Senn abrió más la boca. Los filamentos se tensaron.

—Es-toy…

Ramón golpeó el casco contra su rostro.

El metal sonó seco. La cabeza del soldado cayó hacia un lado. Los filamentos tiraron de ella y la devolvieron lentamente a su posición.

—No termines —dijo Ramón—. Sea lo que sea.

Senn lo miró.

Algo cambió detrás de los ojos. Por un instante dejaron de seguirme.

—Or… sa —susurró.

La palabra salió humana. Ramón no levantó el bastón otra vez.

—¿Dónde está? —preguntó.

Lo agarré del brazo.

—No respondas.

—Ha dicho un nombre de la lista.

—Puede haberlo tomado.

Senn respiró. Cada entrada de aire produjo un silbido húmedo entre los filamentos.

—No… dejen… que… Talio… abra…

La columna vibró.

Su boca se cerró de golpe.

Los ojos se hundieron hacia arriba hasta mostrar casi todo el blanco. Cuando volvió a hablar, ya no era su voz.

—Llegaste tarde.

El sonido no salió solo de su garganta. Las láminas de la nave repitieron la frase en distintos tonos. Una voz de mujer a la izquierda. Una de niño por encima. La de Mateo detrás de mí.

Llegaste tarde.

La marca de mi palma ardió tanto que tuve que abrir la mano.

El agua de la cantimplora de Ramón empezó a golpear desde dentro.

—Nos vamos —dijo él.

Senn estiró un brazo.

La mano no llegó lejos. Una raíz negra se tensó desde el codo y arrancó la hombrera con un chasquido. Debajo, la piel estaba recorrida por filamentos.

—Orsa —repitió, otra vez con su voz—. No…

Después gritó.

No de dolor.

De esfuerzo.

La columna pareció absorberle el sonido. Las raíces de su boca se hundieron más. El metal alrededor de su espalda se cerró un poco, como una herida cicatrizando.

Ramón dio un paso hacia él.

—No podemos sacarlo —dije.

—No lo sabes.

—Mira la espalda.

—La estoy mirando.

—Si tiramos, lo partimos.

—Y si lo dejamos, eso lo usa.

Senn golpeó el casco contra el suelo una vez.

Una petición.

O una orden.

No supe cuál.

Ramón apretó el bastón hasta blanquearse los nudillos. Buscó con la vista una bisagra, una palanca, cualquier cosa que pudiera convertirse en tarea. No encontró nada.

—Talio —dije, porque era lo único que podíamos conservar—. Dijo que no dejáramos que Talio abriera algo.

Ramón miró al soldado.

—Volveremos.

Sonó a mentira necesaria más que a promesa. Senn cerró los ojos.

Nos alejamos.

A la espalda, la voz intentó otra vez formar mi nombre. No llegó a terminarlo. Se convirtió en un gorgoteo bajo que nos siguió hasta el final de la nave.

• • •

La nave desembocaba en una cámara circular.

Nueve corredores partían de ella. El techo se perdía en la altura y, en el centro, una columna hueca descendía desde arriba sin tocar el suelo. Por su interior caían gotas de agua a intervalos exactos.

Una.

Silencio.

Otra.

Cada gota quedaba suspendida durante un instante antes de estrellarse contra una placa circular.

La brújula empezó a vibrar con tanta fuerza que tuve que sujetarla con ambas manos.

—¿Cuál? —preguntó Ramón.

No señaló ninguno.

Las nueve marcas se encendieron en tres grupos sucesivos de tres, separados por el mismo intervalo.

—La sala es la puerta —dije.

—O la cerradura.

En el suelo había rastros de la Legión. Una cuerda atada entre el corredor por el que habíamos llegado y una argolla. Tiza alrededor de cuatro entradas. Dos virotes clavados en una quinta. Una mancha de sangre junto a la placa central.

La tablilla tenía anotaciones nuevas en el reverso. La letra no era la misma. Más grande. Irregular.

Talio dice que el centro pide firma. Arven prohíbe usar sangre del marcado hasta confirmar ruta.

Debajo, otra línea.

Miro no siente el brazo. Senn oye a su hija. Pell quiere regresar.

Y, al final, escrita con tanta presión que la punta había rasgado la madera:

Orsa: la puerta ya sabe nuestros nombres. Ramón leyó en silencio.

—Orsa escribió esto.

—¿La reconoces por la forma de escribir?

—Porque firma sin firmar. Habla de los demás, no de sí misma.

Se acercó a la mancha de sangre, pero no la tocó.

—Arven no quería que Talio usara a alguien marcado. No tenían a nadie así.

—Quizá mi madre no era la primera.

La idea se instaló entre nosotros.

No dijimos más.

La placa central tenía un triángulo dentro de un círculo. Tres hendiduras cortaban sus bordes. En una había sangre seca. En otra, un residuo gris semejante al polvo del lector. La tercera estaba limpia.

Ramón señaló el residuo.

—Talio intentó reemplazar la sangre.

—No funcionó.

—O funcionó mal.

Uno de los corredores emitió un golpe.

Después otro.

Sonó como algo pesado arrastrándose.

—Tenemos que elegir rápido —dijo Ramón.

—La brújula no elige.

—Entonces usa la sala.

Me acerqué a la columna de agua. Extendí la mano sin tocarla. La siguiente gota se desvió hacia mis dedos.

No había levantado el catalizador.

—Como el manzano —dijo Ramón.

—No fui yo.

—No dije que lo fueras.

La gota quedó suspendida delante de mi palma. Dentro reflejó la cámara entera. Los nueve corredores aparecieron curvados alrededor de una figura que no estaba con nosotros.

Una mujer.

Cabello recogido. Rostro vuelto hacia una de las entradas.

Mi madre.

Cerré la mano.

La gota cayó.

—¿Qué viste? —preguntó Ramón.

—Nada útil.

—Entonces dime si cambia lo que hacemos.

—Vi a mi madre.

Ramón miró la columna.

—¿Aquí?

—En el agua.

—¿Hacia dónde miraba?




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