El Velo de las Cenizas — Crónicas del Velo de las Cenizas I

CAPÍTULO 9 — Los que aún respiran · PARTE I

El tercer corredor no olía a sangre. Olía a fruta demasiado madura.

El dulzor se pegaba al fondo de la garganta y empeoraba con cada paso. Debajo había metal mojado, tierra cerrada y la misma humedad negra que habíamos encontrado en la boca de las criaturas. La oscuridad se retiraba delante de nosotros por tramos cortos. Nunca mostraba más de seis o siete pasos. Detrás, volvía a cerrarse.

Ramón apoyaba el bastón roto antes de cargar el peso. Yo caminaba un poco por delante para que no pudiera fingir que no veía cuándo el costado le fallaba. Él había advertido la maniobra al segundo minuto y desde entonces exageraba cada paso bueno solo para molestarme.

—Si sigues mirando mis piernas, voy a cobrarte —dijo.

—Ya cobraste con mi pan.

—Eso fue una deuda distinta.

—No había deuda.

—Entonces fue un impuesto.

La conversación ocupó exactamente el espacio que necesitábamos para no escuchar el corredor.

El aviso se repitió con la misma secuencia incompleta, esta vez más cerca.

Ramón dejó de bromear.

—No es un código de la Legión —murmuré.

—No lo sabes.

—La cuenta completa es nueve.

—Precisamente. Alguien no quiere terminarla.

Los golpes se repitieron. El último fue tan débil que casi se perdió bajo el zumbido de la Catedral.

Avanzamos.

El suelo descendía sin parecer inclinado. Lo noté por el agua de la cantimplora, que empezó a golpear el fondo cada vez que Ramón la movía, y por la presión en los oídos. Las paredes estaban formadas por placas estrechas, superpuestas como escamas. Algunas tenían hendiduras verticales. Otras, pequeños orificios del tamaño de un ojo.

No miré dentro.

En la cuarta serie de golpes encontramos el primer rastro.

Un trozo de cuerda negra estaba anudado a una junta. No era una marca dejada al azar. Tenía tres vueltas firmes, otras tres más flojas y una última vuelta sin cerrar.

Ramón rozó el nudo con la punta del bastón.

—Pell —dijo.

—¿Por qué no Orsa?

—La nota decía que Pell quería regresar. La gente que quiere volver marca el camino.

—La gente que no quiere perder a Pell también.

—Entonces uno de los dos piensa como alguien sensato.

Seguimos sin tocar la cuerda.

A menos de veinte pasos apareció otra, esta vez unida a una pequeña chapa de metal arrancada de una armadura. En la superficie habían rayado una flecha y una palabra.

NO NOMBRES.

Ramón la leyó y levantó una ceja.

—Empiezan a caerme mejor.

—No conoces a ninguno.

—Conozco una instrucción útil. Ya es más de lo que puedo decir de muchas personas.

El siguiente tramo se estrechó. Las escamas de las paredes se inclinaban hacia dentro, formando un pasaje donde teníamos que avanzar de lado. El dulzor se hizo más fuerte. Mi mano quemada latía bajo la venda, y el catalizador, guardado en el cuero, emitía un calor tan leve que podía confundirse con mi cuerpo.

No lo saqué.

La señal llegó desde el otro lado de la curva: dos grupos conocidos y el golpe final.

Ramón dejó de sonreír. Yo acerqué la mano al muro y esperé.

Después, una voz de mujer:

—Un paso más y te atravieso la rodilla.

Ramón se detuvo.

Yo también.

La oscuridad se retiró lo suficiente para mostrar una saeta apuntando a la altura exacta de mi pierna derecha.

No vi la ballesta al principio. Solo el hierro. Después distinguí a la mujer que la sostenía.

Estaba agachada detrás de una placa desprendida, con un hombro apoyado contra el muro y el arma encajada sobre el antebrazo. Tenía el cabello cortado casi al ras, salpicado de canas, la nariz torcida por una fractura antigua y una cicatriz fina que le bajaba desde la sien hasta el borde de la mandíbula. La manga izquierda de la armadura estaba abierta. Debajo, el brazo tenía tres cortes envueltos con tela oscura.

Parecía menos asustada que cansada de tener motivos.

—Deja el cristal en el suelo —dijo.

—Está guardado.

—No te he preguntado dónde está.

La saeta no se movió. Ramón se apoyó en el bastón.

Ramón miró la saeta, después la pared húmeda. Abrió la boca y decidió no añadir nada.

Los ojos de la mujer pasaron hacia él.

—Tú cállate.

La mujer mantuvo la ballesta fija. Ramón apretó la mandíbula y obedeció.

—Ramón —dije.

—Estoy ayudando.

—Peor.

La mujer tensó un poco más la cuerda.

—Cristal. Suelo. Después la brújula.

Sabía lo que llevaba.

Me agaché despacio, saqué el catalizador envuelto en cuero y lo deposité sobre la placa. Luego la brújula de hueso.

La aguja se estremeció al tocar el metal, pero continuó señalando hacia delante.

La mujer la vio. Su expresión no cambió. Solo el dedo sobre el disparador.

—La semilla también.

—No se separa de mí.

—Todo se separa si se corta donde corresponde.

Ramón soltó aire por la nariz.

—Esa frase no ayuda a que confiemos.

—No necesito que confíen.

Desde detrás de ella llegó un golpe.

Uno solo.

La mujer giró la cabeza un instante. No bajó el arma. Ramón miró más allá de la placa desprendida.

—Pell está atrapado.

La saeta se desplazó hacia su pecho.

—¿Cómo sabes su nombre?

—Encontramos la tablilla de Arven.

La mujer no respondió.

—También encontramos a Senn —añadí.

Esta vez sí cambió algo.

No mucho. Una tensión bajo el ojo izquierdo. La respiración que se detuvo antes de entrar.

—¿Vivo? —preguntó.

No mentí.

—Respiraba.

—Te pregunté si seguía vivo cuando lo dejaste.

—La Catedral lo había unido a una columna.

La mujer mantuvo la ballesta en alto durante dos latidos más. Después la bajó apenas, no lo suficiente para dejar de disparar.

—¿Habló?

—Nos advirtió sobre Talio. Y dijo tu nombre.

—¿Con qué voz?

La pregunta salió demasiado rápida.

—Primero con la suya —dije—. Después con otra.




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