La sala intentó llevarnos al centro sin mover el suelo.
No lo entendí al principio. Las placas permanecían quietas. Los pilares no cambiaban de sitio. Sin embargo, cada vez que avanzábamos por el borde derecho, la circunferencia suspendida parecía quedar un poco más cerca, como si la distancia se plegara alrededor de ella.
Pell fue el primero en detenerse.
—No seguimos recto —dijo.
Orsa giró apenas la cabeza.
—Llevamos siete pilares.
—Por eso. El tercero tenía una grieta vertical. Acabamos de pasarla otra vez.
Ramón golpeó con el bastón la base del pilar más próximo. El sonido regresó desde nuestra izquierda y después desde delante.
—No es el mismo —dijo.
Pell señaló la superficie. La grieta estaba allí. Fina, torcida, abierta como una rama sin hojas.
—La Catedral repite piezas —dije.
—No —respondió Pell—. Repite la relación entre nosotros y el centro.
Ramón volvió a mirar la grieta y después el centro. —Explícalo sin Talio.
—La distancia cambia aunque las piezas vuelvan —dijo Pell—. Eso es lo útil.
Las luces blancas seguían recorriendo los cables negros. Al llegar a la altura de la mano de Miro, disminuían la velocidad. Después continuaban hacia la circunferencia.
La mano volvió a golpear el suelo.
Dos veces.
El intervalo se sostuvo.
Una.
Pell frunció el ceño.
—No es el mismo aviso.
—¿Qué dice? —preguntó Orsa.
Los dedos de Miro se movieron con esfuerzo. Índice. Pulgar. Índice. Corazón. Pell siguió la secuencia con los labios.
—Cuenta… las sombras.
Levanté la vista.
Cada uno de nosotros proyectaba una sombra sobre la neblina azul. No provenían de una luz común. La de Orsa caía hacia el fondo. La de Pell se extendía a su derecha. La de Ramón aparecía detrás de él, demasiado larga. La mía apuntaba directamente al centro.
—Cuatro sombras —dijo Ramón.
—Somos cuatro —respondió Orsa.
—Miro no se refería a contar personas.
Ramón levantó el bastón y lo movió de un lado a otro. Su sombra no lo acompañó de inmediato. Tardó medio latido.
—Cinco —dijo Pell.
La quinta estaba entre las nuestras.
Era más baja que un adulto y no tocaba ningún cuerpo. Tenía la cabeza inclinada y los brazos pegados a los costados. Cuando dimos un paso, avanzó con nosotros.
Orsa levantó la ballesta.
—No dispares —dije.
Orsa no bajó la ballesta.
—Todavía no hay blanco —dije.
Pell le agarró el borde del arma.
—La sombra no se une al suelo.
Tenía razón. Terminaba un dedo por encima de la placa. La figura levantó la cabeza.
No tenía rostro. Solo una superficie lisa donde debería haber ojos, boca y nariz.
Entonces habló con la voz de Mara.
—Elías, no llegaste.
Mi cuerpo respondió antes que mi cabeza. El pie derecho se desplazó hacia la sombra.
Ramón me golpeó la espinilla con el bastón. El dolor rompió el movimiento.
—Mara no te llamaría así —dijo.
La figura ladeó la cabeza.
—¿Cómo me llamaría?
Ramón no respondió.
La sombra cambió de altura. Se estiró hasta parecerse a Mateo. No a mi padre muerto en la plaza, sino al hombre de antes: hombros anchos, camisa remangada, una mano apoyada en la cintura como cuando intentaba explicar algo que ya se había cansado de explicar.
—No dejes a tu madre otra vez —dijo.
Apreté los dientes.
—No es él.
—Eso no significa que la frase sea falsa —murmuró Pell.
Orsa lo miró con una dureza inmediata.
—Ayudas muy poco.
—Estoy describiendo el mecanismo.
La figura de Mateo se volvió hacia Orsa. Ahora habló con una voz que no conocíamos.
—Cabo, la retirada fue tu orden.
Orsa perdió el color del rostro. La ballesta descendió un dedo.
—No la escuches —dije.
—No necesito que me enseñes a escuchar.
La sombra dio un paso sin tocar el suelo.
—Dos hombres se quedaron en el canal porque elegiste a Pell.
Pell cerró los ojos. Orsa tensó la mandíbula.
—Los elegí porque el canal ya estaba perdido.
—Eso les dijiste a los vivos.
La saeta salió.
Atravesó la sombra sin resistencia y golpeó un pilar. El metal respondió con un sonido fino. La figura se deshizo durante un instante y reapareció delante de la ballesta, más cerca.
Ahora tenía el rostro de Senn.
No el rostro unido a la columna. Uno limpio, joven, con la boca torcida en una sonrisa cansada.
—Siempre disparas cuando no quieres contestar.
Orsa dejó caer el arma.
No por miedo. La mano izquierda había dejado de sostenerla. Los cortes bajo la manga se habían abierto y una línea de sangre descendía hasta los dedos.
Los cables del suelo se inclinaron hacia ella.
—Atrás —dije.
Ramón y yo la agarramos casi al mismo tiempo. Pell recogió la ballesta antes de que tocara la placa.
Las luces dentro de los cables aceleraron.
La sangre de Orsa no llegó al suelo. Pell arrancó una tira de su propia camisa y se la apretó contra el antebrazo.
—Presiona —dijo.
—Sé cómo vendarme.
—Entonces hazlo antes de que la sala decida que eres una firma disponible.
La sombra de Senn se volvió hacia él.
—Pell, tu hermana dejó de escribir hace siete meses.
Pell no parpadeó.
—Ocho.
La figura vaciló.
Solo un instante.
Fue suficiente.
Ramón golpeó la placa bajo la sombra con el bastón. No intentó dañarla. Escuchó.
El sonido regresó desde tres puntos distintos.
—No está delante de nosotros —dijo—. Está usando las superficies claras.
Señaló los pilares. Cada uno tenía una franja pulida a media altura, casi invisible bajo la neblina.
—Reflejos —dije.
—No exactamente. Pero se parece más a eso que a un muerto.
La sombra volvió a tomar la forma de Mara. Ramón levantó el bastón hacia el pilar de la grieta.
—La primera salió cuando pasamos junto a ese.
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misterio, ciencia ficción oscura y distópica, aventuras fantásticas
Editado: 03.11.2026