El verano que nos separó

7. Camarón.

Llevó los dos tazones de ensalada de frutas y la mochila que había acomodado en su hombro hacia la orilla donde la pelirroja aún húmeda por lo mucho que se habían bañado aguardaba. El sol era poderoso y se sentía picante, pese a que se suponía que el país estaba en temporada de invierno, pero está claro que al cambio climático poco le importa cómo se ven las estaciones.

Sonrió al verla achicando mucho los ojos para poder verlo; sobre su rojiza cabellera puso una de sus gorras y le alcanzó las gafas que Catalina lució, haciéndolo ampliar la sonrisa. La joven recibió los dos tazones, dejando que él extendiera la toalla sobre su cuerpo; lució otra de sus gorras y sacó el protector solar, quizás vencido, pero no dudó en aplicarse un poco en la espalda.

—Pero si ya estoy quemada —reclamó ella, de manera encantadora.

—Sí, pero no quiero que te quemes más, aunque es posible que este producto esté vencido. Si te arde o algo así, te tiras al mar.

La risa de ella fue dulce, pero al final acomodó los tazones entre sus piernas y bajó la toalla, dejando que Asher le aplicara protector en los brazos y espalda. Cuando el tirante del traje de baño se bajó un poco y apenas dejó asomarse parte de la delicada curvatura del seno derecho, él elevó su mirada al cielo y por error terminó aplicándole lo poco que quedaba de protector en la oreja.

—Asher.

—Lo siento, lo siento —se disculpó, pero aplicó mejor la crema en ambas orejas, logrando la risa en ella.

Tras limpiarse las manos con la misma toalla, tomó lugar al lado de Catalina. Tenían el sol sobre ellos y la casa de espaldas. Aunque ya casi era hora del almuerzo y podían oler lo que parecían langostas a la parrilla, al menos Asher iba a continuar con su orgullo respecto a su familia. Claro que si podía luego escabullirse para robar algo más sustancioso que la ensalada de frutas, bebidas y chips que sacó de su mochila, lo haría.

Cuando ella miró ese improvisado picnic que hicieron en la toalla del mismo, con la que se suponía se iban a secar los dos, la pelirroja se puso a reír, negando cuando se encontró con ese Asher de nariz rojiza por el sol. Sus ojos estaban brillantes y hermosos, por lo que pasó saliva, quejándose cuando él aplicó con sus dedos un poco más de protector en la pecosa nariz de la joven.

—Tú pareces ya un camarón, también te tengo que poner protector solar.

—Ya no hay nada más que hacer, mi piel americana va a sostener este rojizo brillo durante todo el tiempo que esté aquí —ella volteó los ojos, pero tomó el envase aplicándose un poco en las manos.

—A ver, señor americano con piel brillante, date la vuelta para que al menos no nos dé cáncer de piel tan jóvenes.

Tomando su tazón de ensalada, cumplió con lo indicado. Miró el mar y suspiró cuando las manos suaves y hasta tiernas de Catalina pasaron por su piel, se movieron por sus hombros, su espalda y hasta el cuello. Ella aplicó de nuevo crema en su mano y poco a poco, casi siendo valiente, pero al mismo tiempo sabiéndose hipnotizada pasó por los pectorales que encontraba marcados.

—Si sigues más abajo me puedo emocionar.

La grave frase los separó por completo, y él solo se limitó a lamerse los labios, pero esbozó una débil sonrisa.

—Creo que ya estoy cubierto, mejor comamos algo.

Catalina asintió, solo limpiándose las manos con la misma toalla. Se acomodó ante él, los dos en posición de loto. Ella tomó su tazón de fruta y brindó con ese trozo de sandía que tomó del mismo con Asher, comiendo los dos al mismo tiempo. El espacio era en realidad muy tranquilo, pese al sol brillante; aportaba un nivel único de relajación que invitaba al descanso, aunque sabían bien que en ese momento no era correcto, ni saludable.

La joven lo vio elevar el rostro y tomar una inspiración cuando nuevamente ese mantecoso olor a langosta llegó hasta donde ellos; Catalina solo negó con la cabeza al verlo a los ojos.

—Deberías ir. Siéntate en la mesa con tu familia, no entiendo por qué estamos escondiéndonos de ellos.

—Porque no quiero estar con ellos —respondió él, abriendo la lata de soda que había llevado, aprovechando que aún estaba fría—. No quiero más de sus juegos de palabras, de esa forma que tienen para manipular las cosas y hacerlas siempre a su favor —la joven lo miró sobre sus lentes, por lo que él se puso a reír—. Te quedan lindas esas gafas.

—Gracias, y por mi pulserita —la mostró—. Es hermosa.

Él asintió, pero ella no dejó de detallarlo. Claramente, Asher tenía hambre; en poco tiempo se acabó su tazón de ensalada, y ya estaba por la mitad de una de las bolsas de chips. Para ella, era un poco intenso toda esa idea de no querer saber nada de su familia, ni mucho menos compartir con ellos.

Ciertamente, la joven había discutido con su madre; tenían sus conflictos, sobre todo en los últimos años, donde ella se había sentido más grande y deseaba ser más independiente, pero nada de eso había sido suficiente para que no quisiera verla más ni compartir con ella. Tomó de la soda que él abrió para ella, pero tras un suspiro miró hacia el mar y luego hacia Asher.

El viento movía pequeñas ráfagas de arena y pronto la marea iba a empezar a subir. Con las condiciones que tenía la familia Slate, el joven ante ella debería estar disfrutando de langostas frescas, una buena hamaca y cero preocupaciones que le tensen la mandíbula y le frunzan el ceño, como estaba pasando.




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