El verano que nos separó

15. Mañana.

Tras terminar de trenzarse el cabello, se colocó ante el espejo esa preciosa cadena con el dije de la letra A, que acomodó bien en su cuello. Se sonrió a sí misma, y es que no sabía qué esperar de ese día, pero no solo se sentía más bonita, también se notaba un brillo especial en los ojos que lucían más verdosos que nunca.

Luego de aplicarse protector solar, porque claramente su piel había recibido mucho más sol que en meses anteriores, se dirigió a su cama. Alisó algunas arrugas, acomodó las almohadas y luego hizo lo mismo con la de su madre, quien pasó hacia la habitación dibujando una sonrisa tibia para su hija. Si ese día no había reclamos por despertarse temprano, era porque claramente tenía una nueva razón para ir al trabajo.

Concepción había esperado, no había sido invasiva y dejó que ella contará lo que quiso de su cita con Asher. Claro que ya le había notado la cadena, la pulsera nueva y esa chispa que indicaba que eso que podría haber frenado al final encontró su curso y se hizo realidad. Cuando vio cómo la chica se apretó los puños y soltó un pesado suspiro, volteó hacia ella, dejando el cepillo con el que había arreglado su cabello en esa mesita de luces que se habían regalado en una Navidad para las dos.

—Mamá, ¿podemos hablar? —y ahí estaba la pregunta, en los ojos de Catalina estaba todo lo que había practicado y, aunque Concepción tenía mucho por decir, se había forzado a sí misma a ser distinta en la crianza de su hija, por lo que asintió—. Gracias —indicó la joven al verla tomar asiento en la silla que usaban para amarrarse los zapatos y demás.

La pelirroja se limpió las manos en su vestido de flores, llevó los hombros hacia atrás y acarició, como un acto de valor, esa cadena que había intentado combinar con otras de fantasía que ella tenía, pero ninguna era tan bonita como la que Asher le había dado, al menos a sus ojos.

Dio un paso hacia adelante, viendo a su madre, quien le sonrió con debilidad. Quizás decirlo en la habitación no era el mejor momento o hacerlo antes de empezar la jornada de trabajo podría hacer que su madre no se sintiera bien con lo mismo, pero al final ya había empezado y no quería echarse hacia atrás porque temía que alguien más le dijera la verdad antes de que ella lo hiciera, y sabía que eso sería peor.

—¿Qué sucede, mi amor? —consultó Concepción, como queriendo darle a su hija la oportunidad y la confianza de hablar con ella.

—Ok, aquí voy —indicó Catalina—. Ayer te comenté algunas de las cosas que hice con Asher, en uno de los que ha sido el día más especial de mi vida —Concepción asintió, miraba a su hija a los ojos—. Y más allá de lo que comimos o dónde fuimos, ese día fue muy especial porque… —Catalina jugó con sus manos, pero llevó los hombros hacia atrás—. No quiero que nadie más te lo diga y sé que eres conocida, y mis tíos también, en todo el pueblo. No me gustaría que el chisme venga con malas intenciones…

—¿Qué chisme, mi amor? ¿Qué sucedió con Asher que alguien más me pueda decir?

—¡Nos dimos un beso! —Catalina fue rápida, quedándose en la mirada de su madre—. Bueno, en realidad nos dimos… —pasó saliva, quizás no era necesario tanto detalle pensó, pero al final continuó—. En realidad nos dimos muchos besos —confesó—. Asher admitió que le gustaba, y mucho, que soy de las personas en quien piensa cuando algo está bien o mal, y que mi presencia lo hace feliz —Concepción continuaba serena, solo asintió—. Y yo le admití que me ha gustado desde hace mucho. Sé que te lo negué, pero es que también me lo negaba a mí misma por temor a que se arruinara la amistad que tengo con él… —la joven pasó saliva y suspiró—. Cuando eso fue aclarado, y para cerrar el día, en el mirador del Cristo me pidió con esta cadena —se tocó la misma— que fuera su novia, y he aceptado. Soy la novia de Asher Slate.

Se quedó en silencio, esperando la reacción o palabra de su madre. Podría haber previsto un regaño; en sus escenarios, incluso había algo de castigo, como no ir tan continuamente al trabajo o no darle permiso para salir con él, pero Catalina nunca previó las lágrimas en su madre, esas que Concepción no pudo evitar derramar al ver la ilusión en su hija, una que ella conocía muy bien, una que diecisiete años atrás ella se encontró en su mirada.

Catalina se quedó como paralizada, viendo a Concepción negar, pero la mujer se puso de pie para acortar con rapidez la distancia entre ella y su hija, y abrazarla de manera apretada. La joven claro que recibió y abrazó también a su madre, pero la confusión en ella era tan clara que el ceño fruncido había dejado una marca en su frente que Concepción notó cuando se separó de ella.

—¿Por qué lloras, mamá? ¿Tan mal te puso la noticia?

Ella negó, negó varias veces, dando un paso hacia atrás para limpiarse las lágrimas con el mismo borde de su camisa de algodón. Miró hacia el techo, tomando una bocanada profunda, y cuando se encontró con los ojos de su hija, alargó su mano que dejó en la ruborizada mejilla de Catalina, quien continuaba confundida.

—Ven —le pidió Concepción, moviéndose hacia la orilla de la cama de la joven.

La madre tomó ambas manos suaves de su niña. No recuerda cuándo las de ella se sentían de esa manera, y es que el trabajo de años, constante y casi sin descanso, le había endurecido mucho más que sus manos. Pero no dejó de rozar la piel de Catalina, hasta sus pulseras, y cuando lo hizo con el pequeño dije de la cadena, la chica pasó saliva.

—Te agradezco mucho que me hayas dicho esto, que hayas sido honesta conmigo a este nivel. Y es algo que presentía que iba a pasar. No esperaba que ya hubiera pasado, pero sentía que pasaría.




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