Elegidos

51. LA ÚLTIMA NOCHE EN RYUNALE

El castillo Scarasi al que tanto añoré volver se siente distante, frío y ajeno. Ya no soy bienvenida desde que mi padre pronunció la palabra destierro.

—Tengo algo para ti —Jer rebusca en su chaqueta una vez que me acompaña de nuevo al ala médica. Extrae un sobre arrugado, con mi nombre escrito en la letra inconfundible de mi hermana—. Me la dio para ti antes del ataque de Ikare.

Me tiemblan las manos cuando la acepto. Recuerdo que ella misma me contó cuándo la escribió, momentos antes de saber de mi secuestro, y eso me carcome el alma. Las dos estábamos molestas porque ella descubrió que eran dos Dimitrys y yo la culpé por usarme para su conveniencia.

—Léela cuando estés lista. No hay prisa.

Besa mi mejilla y se despide.

Escucho a la distancia las trompetas fúnebres del cambio de guardia en la capilla. No poder presenciar lo último que queda de mi hermana es castigo suficiente.

La carta de Lu me llama desde mis manos. Me siento en la cama y rompo el sello.

Emmelina:

Si lees esto es porque decidí ir adelante sin mirar atrás. He de haber descubierto que lo peor que uno puede hacer es aferrarse a la esperanza. Desconozco si esta maldición me tiene los días contados, pero sin importar cuánto me reste quiero disfrutarlos siendo libre. Mirar los atardeceres de los puertos. Oír historias de los isleños. Sentir la arena en los pies o simplemente beber un buen tarro de cerveza casera.

Si algo aprendí de ti es a disfrutar las pequeñas cosas. El saber que el tiempo que tenemos es corto no es limitante para no ser felices, incluso si jamás encontré razón para serlo fuera de tenerte.

Solo quiero que sepas, por si no nos volvemos a ver, que lamento cómo terminamos la última vez que hablamos. Que las palabras que dije con rabia no eran del todo mentira, ni del todo verdad. Te elegiría a ti mil veces sobre cualquier otra cosa, incluso sobre mi propio rencor y vida.

Sé feliz con quien o quienes decidas. Creo que lo mereces. Perdóname si no llegué a decírtelo a tiempo.

Con todo mi amor, torpe y tardío,

Lu

El papel se humedece y arruga bajo mis dedos.

El duelo, la negación y la aceptación llegan juntos, envueltos en las más agudas lágrimas que han decidido emerger durante toda mi vida.

Nunca le pedí perdón. Entre gritos y la urgencia de detenerla, jamás llegué a pronunciar las palabras que ella encontró para escribirme en sus últimos días. Agonizaba entre sus brazos por mi corazón fallido, y aun así, en el momento final, no le di lo único que quizás necesitaba escuchar de mí.

Las cosas a mi alrededor comienzan a caer, vasijas, frascos, cada objeto del ala médica revienta en el suelo por mis manos. Y no importa cuán furiosa, irracional o iracunda me sienta, mi corazón no falla. La sensación de no requerir un brebaje, ser normal, sentirme viva, me asquea. Lucinda deseaba seguir respirando, tener aventuras, amar. Deseaba vivir y se sacrificó por mí.

—Hija —mi madre aparece vestida de negro. Cubierta de dolor por haber perdido a una hija y ver a otra agonizar por ello.

—Ya no voy a volver a verla —le digo, siendo esta nuestra primera conversación desde el día que salí huyendo de Ryunale—. Yo la amaba, la amo y no se lo dije. No le pedí perdón. Yo... debí ser yo.

—No —es lo único que dice.

Mi madre me ofrece sus brazos, porque estoy segura de que, de poder, daría su vida por salvar a cualquiera de sus hijos. Caigo de rodillas con la carta en mi puño. Su ausencia me desgarra como si oprimieran mi estómago, garganta y corazón juntos. Jadeo entre sollozos que se calman por el sedante que la sanadora me ofrece. El deseo de estar bajo ese estado el resto de la vida que Lucinda me otorgó me cubre hasta perderme dentro de la penumbra.

La mañana siguente mi madre y hermanas me acompañan para alistarme antes de la sentencia que los gemelos y yo recibiremos en el estrado del castillo. Evitan mi episodio anterior y cualquier referente a los sucesos de los últimos días, semanas, meses.

—Katrina nos envió la invitación de su boda con el duque Petronet —habla mi madre para llenar el vacío.

—No se rendiría hasta encontrar un título y lo consiguió —lanzo un comentario superficial que hace que mis hermanas concuerden por conocer tan bien como yo a nuestra prima.

Aquel tema me deja un sabor agridulce: pienso en la decisión que tomó Katrina sobre Sebastian Petronet, y en la coalición con Feralia, mi familia política.

Es entonces que la mano de mi madre se posa en mi mejilla y miro sus ojos cristalinos al borde del llanto.

—Estaré bien, mamá.

Una mentira fácil de decir.

—Tu padre intentó convencerlos, yo también lo intenté...

—E hizo lo mejor que pudo. De eso no tengo la menor duda. Ryunale no necesita disputas. Somos una familia, una con deberes y responsabilidades. Amo esta nación y es lo mejor. No llores, por favor.

Limpio sus lágrimas del rostro conteniendo las mías.

—No se irá para siempre, madre —Arabella intercede—. Con el tiempo se calmarán y estoy segura de que le retirarán el castigo. Además, en cuanto reine será mi primer decreto.

Sonrío con nostalgia y amor por mi familia, que pese a todas nuestras diferencias y vicisitudes sigue unida. Sigue siendo mi hogar.

—Y mientras eso sucede pueden visitarme —agrego—. Siempre serán bienvenidas.

Iria se levanta de la cama, donde miraba cómo mi madre y Arabella me ayudaban a vestir. Corre a abrazarme. Regreso el gesto.

—¿Por qué no vas al salón, madre? Yo termino los cordones de Emm. Debes estar al lado de padre.

Iria no disimula su rencor hacia el patriarca de esta familia.

—Está molesta con él —me aclara Arabella una vez que se marchan—. Por el destierro. Es joven todavía. Ya entenderá.




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