Francisco no apartó la vista.
El fuego crepitó apenas.
No era sólo él.
Nunca lo había sido.
Francisco cerró los ojos un instante.
La mano que sostenía la carta se tensó apenas.
El papel crujió entre sus dedos.
Cuando volvió a abrir los ojos, la decisión ya estaba tomada.
Volver… sería llevar el peligro con él.
Y no volver… significaba desaparecer.
Al despuntar la aurora, cuando la primera luz apenas rozaba el camino, se puso en pie.
Tomó el cuchillo con firmeza y se inclinó sobre uno de los cuerpos. Eligió al que más se le asemejaba en estatura.
Lo que hizo después fue preciso, sin vacilación, desfigurando el rostro lo suficiente como para borrar toda certeza.
Luego vistió al cadáver con sus propias ropas y tomó para sí las del bandido.
Arrastró los cuerpos restantes fuera del camino y los ocultó entre la maleza y la tierra removida, donde el tiempo y los animales harían lo suyo.
Dejó sólo uno.
El necesario.
Volvió por última vez junto a su padre.
Se arrodilló.
No dijo palabra.
Se inclinó apenas y besó su frente, con una sobriedad que dolía más que cualquier desahogo.
Luego, con la palma de la mano, le cerró los ojos.
Permaneció así un instante.
Después se incorporó.
Tomó lo indispensable —dinero, armas, lo justo para no levantar sospecha— y montó uno de los caballos de los bandidos.
No volvió la vista atrás. Había comprendido que regresar a San Juan Capistrano significaba conducir el peligro hasta Elena. Mientras el mundo creyera muerto a Francisco de Mendoza, ella estaría a salvo. Espoleó el caballo rumbo a Santa Bárbara. Allí comenzaría una vida en la que Francisco de Mendoza dejaría de existir para todos, salvo para quienes aún lo esperaban en silencio.
No buscó posada ni resguardo público.
Se dirigió a una casa apartada, de muros encalados y galería profunda, donde el silencio parecía cosa habitual.
Allí vivía Mariano Bernardino de la Serna Sepúlveda.
Francisco llamó una sola vez.
El portón se abrió.
Mariano apareció al otro lado.
No hubo sorpresa exagerada, pero su expresión se endureció apenas por un instante, como si el tiempo hubiera dado un paso en falso.
Mariano lo miró fijamente.
—Francisco...
Su mirada recorrió con rapidez las ropas ajenas, el polvo del camino, el rostro endurecido.
Y, aun sin comprenderlo del todo, no hizo pregunta alguna.
—Francisco…
Se apartó apenas.
—Entre.
Dentro, el aire era fresco y quedo.
Mariano cerró la puerta sin prisa.
Se quedó mirándolo un instante, como si midiera la distancia entre la nueva que había recibido… y el hombre que tenía delante.
—Ya te tienen por difunto.
Francisco esbozó apenas una leve sonrisa, cansada, más en la mirada que en los labios.
—Confío en haber cumplido bien el papel.
Mariano negó apenas, con un deje de gravedad.
—No es cosa ligera lo que ha corrido allá.
Francisco bajó la vista un momento.
—Lo sé.
Mariano lo observó con detenimiento, reparando en las ropas ajenas, el polvo del camino, en algo más hondo que no se decía.
—El viaje ha debido de ser duro.
—El camino ha sido largo —respondió Francisco, sin énfasis, como quien no acostumbra a quejarse.
Mariano sostuvo su mirada un instante más… y luego cedió.
—Permanezca aquí por un tiempo. Este es el último lugar donde pensarán buscarlo.
Francisco asintió levemente.
Avanzó unos pasos dentro de la casa, observando el lugar con discreción, como quien ya calcula sin proponérselo.
Se detuvo.
—Preciso ausentarme… por un tiempo.
Mariano apoyó la mano en el respaldo de una silla, pensativo, aunque en el fondo ya lo tenía por cierto.
—Entonces habrá que dejar atrás tu nombre.
Francisco alzó apenas la vista, con ese dejo contenido que no terminaba de abandonarlo.
—Precisamente por eso he venido.
Mariano no demoró en obrar.
Aquella misma tarde dispuso papel y tinta, y escribió con mano firme a San Juan Capistrano, dirigiéndose a José Antonio Sepúlveda.
No abundó en razones.
Hombres como ellos no las requerían por escrito.
“Es preciso que vengas a Santa Bárbara sin dilación. Hay asunto que no admite demora ni papel.”
Selló la carta y la despachó por conducto seguro.
Francisco, entretanto, permaneció apartado.
No se le vio en la casa ni en sus alrededores.
Mariano dispuso que se le alojara en una estancia interior, lejos de la servidumbre, donde su presencia no despertara sospecha ni curiosidad.
Aun allí, el tiempo no pasaba en descanso, sino en esa espera callada que antecede a lo irrevocable.
Los días corrieron.
Cinco, en total.
Fue lo que tardó la respuesta en tomar forma de presencia.
Al cabo de ese tiempo, una diligencia llegó desde San Juan Capistrano, tras atravesar caminos de polvo, posta en posta, con el apremio justo de quien no viaja por ocio.
José Antonio descendió sin ceremonia.
Traía el cansancio del viaje… y algo más en la mirada.
Aún no sabía del todo qué lo aguardaba.
Ignoraba qué asunto requería su presencia. Pero la urgencia del llamado no era propia de Mariano, y eso bastaba para inquietarlo.