Elena

Capítulo 45

Al llegar a la casa en Santa Bárbara, tras varios días de camino desde San Juan Capistrano, José Antonio no pudo evitar reparar en un detalle que le resultó extraño.

Había llegado con el aliento aún agitado, como si hubiese apresurado el paso en los últimos tramos. La inquietud no le había dado reposo en todo el trayecto, y ahora se le notaba en el cuerpo.

De complexión robusta, le costaba recobrar el aire con ligereza. Su piel, ya curtida por el sol, mostraba un tono más encendido de lo habitual, avivado por el esfuerzo. Los cabellos claros y la mirada viva no hacían sino acentuar aquel enrojecimiento, dándole un aspecto aún más encendido, casi febril.

El número de sirvientes se había reducido.

No era abandono ni descuido… era disposición.

Aquella casa, que recordaba más viva, parecía ahora recogida sobre sí misma, como si guardara algo que no debía ser visto.

Apenas tuvo tiempo de detenerse en ello.

La puerta se abrió y fue el propio Mariano Bernardino de la Serna Sepúlveda quien salió a recibirlo.

—Al fin llegaste, José Antonio —dijo, con una gravedad poco habitual—. Ya no puedo seguir ocultando esto por más tiempo.

José Antonio frunció el ceño, inquieto.

—¿De qué hablás?

Mariano sostuvo su mirada un instante.

—Hay algo que debés ver. Pero será mejor que lo tomes con mesura.

El gesto de José Antonio se tensó aún más.

—¿Tan grave es?

Mariano no respondió de inmediato.

Se limitó a hacerle una seña.

—Será mejor que lo veas con tus propios ojos.

Lo condujo por el interior de la casa, hasta una estancia apartada. Se detuvo frente a una puerta cerrada.

La abrió.

Dentro, la luz era tenue.

Y allí estaba.

José Antonio se quedó inmóvil.

Por un instante, el mundo pareció no encajar.

¿Un espectro? ¿Una ilusión nacida del cansancio?

Se dijo a sí mismo que no podía ser.

Avanzó un paso.

Luego otro.

Alzó la mano, dudando apenas… y lo tocó.

Era real.

—Francisco… —la voz se le quebró sin remedio—. ¿Pero cómo…? Yo… yo te vi… te vi en ese cajón…

No pudo continuar.

El llanto le ganó sin ceremonia.

Francisco dio un paso al frente, conmovido por aquella reacción, y lo abrazó con firmeza.

—Aquí estoy —dijo en voz baja—. No es ilusión, José Antonio.

El otro negó entre lágrimas, aferrándose a él como si temiera que desapareciera de nuevo.

—Pero… ¿qué ha pasado? ¿Por qué… por qué hacer algo así?

Francisco se apartó apenas, lo suficiente para mirarlo.

Había cansancio en su rostro… y algo más hondo.

—Es cosa larga —dijo con sobriedad—. Y no sé por dónde empezar.

Mariano, que había permanecido en silencio, cerró la puerta tras de sí, dejándolos a resguardo.

Lo que siguió no fue relato breve.

Francisco habló.

Entonces Francisco comenzó su relato. Le habló del camino, del ataque y de la carta hallada entre las ropas de uno de los hombres.… de aquello que no admitía duda ni demora. José Antonio escuchó sin interrumpir, con el semblante cada vez más sombrío, como si cada palabra deshiciera una certeza para levantar otra más inquietante.

Hubo momentos en que pareció no dar crédito.

Otros, en que el silencio pesó más que cualquier respuesta.

Hasta que, finalmente, Francisco concluyó:

—Y por eso… no puedo acercarme a Elena. Si lo hiciera… su vida correría el mismo peligro que la mía.

Esa misma noche, tras disponerse la cena, Mariano Bernardino de la Serna Sepúlveda aguardó a que la servidumbre terminara de servir.

Cuando la última fuente fue colocada sobre la mesa, hizo un leve gesto con la mano.

—Pueden retirarse. No será necesario que se los llame esta noche.

Los criados obedecieron sin demora.

La casa fue quedando en calma, como si cada paso que se alejaba sellara aún más el secreto que allí se guardaba.

Mariano aguardó un momento más, asegurándose de que no quedara nadie en las cercanías.

Entonces hizo una seña.

Francisco salió de la estancia donde había permanecido oculto.

Por primera vez desde su llegada, los tres hombres se sentaron a la mesa.

La conversación tardó en comenzar al principio, como si cada uno ordenara sus pensamientos antes de hablar.

Fue José Antonio quien finalmente rompió el silencio.

—Decime, Francisco… —dijo, más sereno, aunque aún conmovido—. ¿Para qué me hiciste venir?

Mariano intervino antes de que Francisco respondiera.

—Bien sabés que tomé mis recaudos —dijo con calma—. Envié a mi esposa y a mis hijos a casa de mis suegros, para evitar sospechas. Pero esta mañana recibí carta… y anuncian su regreso dentro de tres días.

Hizo una breve pausa.

—No es seguro que Francisco permanezca aquí por más tiempo.

José Antonio asintió.

—Hemos resuelto —continuó Mariano— que lo más prudente es que regrese con vos a San Juan Capistrano… bajo otro nombre.

—Sabemos que tenés tierras allí. Lugares donde nadie hará preguntas.

José Antonio no dudó.

—Si ya lo decidieron… así será.

Miró entonces a Francisco.

—Partiremos pasado mañana, al alba. Pero no vas a llegar conmigo hasta la hacienda. Antes de eso, te dejaré en un rancho que tengo, cerca de las tierras de los Mendoza. Allí podrás quedarte sin ser visto.

Francisco asintió.

—Te lo agradezco.

No hubo más palabras necesarias.

La decisión estaba tomada.

El resto de la velada transcurrió sin mayores conversaciones.

Francisco apenas probó bocado.

Su mirada, fija en la luz de las velas, parecía seguir pensamientos que no encontraban reposo.

Elena.

Su nombre no fue pronunciado, pero estaba allí.

Pensó en ella. Imaginó cómo estaría, cuánto habría sufrido. Le pesaba el engaño, pero el temor era mayor.

Sabía que no podía acercarse.

No todavía.

Llegó el día de la partida.

Al alba emprendieron el regreso hacia San Juan Capistrano.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.