Elena

Capítulo 46

Francisco, que ya se disponía a retirarse hacia el interior, se volvió de inmediato.

Algo en la voz de su amigo le tensó el ánimo.

—¿Qué ocurre?

José Antonio lo miró un momento, como midiendo el peso de lo que iba a decir.

—Me llegó por boca de María Luisa…

Hizo una breve pausa.

—Elena está encinta.

El tiempo pareció detenerse.

Francisco abrió los ojos, sin dar crédito.

Durante un instante no dijo nada.

Luego, casi sin darse cuenta, una sonrisa le atravesó el rostro. No era ligera ni abierta… era honda, contenida, como si la alegría le hubiese tomado el alma por sorpresa.

Permaneció allí.

Conmovido.

Abrumado.

En su pensamiento, la imagen de Elena se hizo presente con una fuerza que le cerró el pecho: su voz, su mirada… y ahora, aquella vida que llevaba en su vientre.

Sintió el impulso de ir a ella.

De estrecharla entre sus brazos.

De apoyar la mano sobre el vientre que guardaba a su hijo.

Pero no se movió.

La realidad volvió a imponerse, fría y firme.

No podía.

No debía.

Alzó la vista hacia José Antonio, y en su voz ya no había temblor, sino una súplica contenida.

—Te lo pido… cuidá de ella. Velá por su bien.

José Antonio asintió sin vacilar.

Se volvió hacia él con una mirada firme, casi fraterna.

—Quedate tranquilo, Francisco —dijo con calma—. No le ha de faltar amparo. Yo me ocuparé de que esté con bien.

Francisco sostuvo su mirada un instante más.

Asintió.

Y no dijo nada más.

Desde aquel día, su vida quedó reducida a la sombra.

No hubo más encuentros.

No hubo más nombres.

Sólo silencio.

Y espera.

A resguardo en aquel rancho apartado de San Juan Capistrano, Francisco comenzó a ordenar lo ocurrido con una claridad nueva, más fría, más peligrosa.

Ya no se trataba únicamente de sobrevivir.

Se trataba de entender.

De descubrir quién movía los hilos.

Y de regresar cuando llegara el momento.

Las piezas, dispersas hasta entonces, empezaron a encajar con una precisión casi implacable: la carta, el ataque, los nombres que había alcanzado a ver… todo formaba parte de un mismo entramado.

Nada había sido casual.

Nada.

Y si alguien había movido los hilos, también habría dejado rastro.

Francisco no se precipitó.

No era tiempo de arrebatos.

Era tiempo de paciencia.

De observar sin ser visto.

De oír sin ser nombrado.

De avanzar… sin dejar huella.

Durante días —luego semanas—, comenzó a reunir indicios. A recordar rostros, palabras, movimientos que en su momento habían pasado inadvertidos. Cada detalle, por mínimo que fuese, adquiría ahora un nuevo peso.

Había nombres que regresaban.

Tratos que no cerraban.

Presencias que no debían haber estado allí.

Y detrás de todo ello, una voluntad.

Una mano.

Francisco no dudó.

Encontraría al responsable.

No por impulso… sino por justicia.

Y también por aquello que le había sido arrebatado.

Porque lo suyo —su nombre, su honor, su vida— no había sido perdido.

Había sido tomado.

Y lo que es tomado… puede ser recuperado.

Pero no aún.

Aún no.

Como quien afila una hoja en la penumbra, aguardó.

Se contuvo.

Se templó.

Dejó que el tiempo hiciera su parte.

Y en ese silencio, donde el mundo lo creía muerto…

Francisco empezó a convertirse en algo más que un hombre que huye.

Algo más peligroso.

Una presencia que observaba.

Y sabía esperar.

Habían pasado pocos días desde su regreso a San Juan Capistrano.

Para Francisco, el tiempo ya no se medía en jornadas, sino en señales.

Y la primera no tardó en llegar.

Esteban Navarro se había presentado en la casa de Elena.

No como quien visita.

Sino como quien reclama.

Con papeles en mano y tono firme, había exigido los bienes que pertenecían a la familia de los Mendoza.

La noticia bastó.

No hizo falta más.

Las piezas comenzaron a encajar con una claridad que no dejaba lugar a dudas.

Aquello no era casualidad.

Era el mismo hilo.

El mismo que había llevado a la muerte a su padre.

El mismo que había intentado cerrarse sobre él.

Y ahora… avanzaba sobre Elena.

Francisco permaneció en silencio.

Pero en su interior, algo se afirmó con decisión.

Si hasta entonces había esperado, ahora sabía que el tiempo de la mera cautela comenzaba a agotarse.

Había que actuar.

Sin apresurarse.

Pero sin demorarse más de lo necesario.

Esa misma jornada tomó papel y pluma.

Escribió una carta breve.

Precisa.

Dirigida a Pedro.

Le indicaba que había llegado el momento de retirarse de la hacienda de los de Mendoza, sin levantar sospechas.

Que pronto sería necesario.

Que debía estar preparado.

Francisco selló la carta con firmeza.

Las piezas habían empezado a moverse.

Y esta vez, él no pensaba quedarse al margen.

Así pasaron los días.

Y luego, más de dos semanas.

El tiempo avanzaba, pero para Francisco no traía alivio… sino una inquietud cada vez más honda.

De cuando en cuando, se permitía lo que sabía que no debía.

Escapadas breves.

Silenciosas.

Siempre al amparo de la noche.

Con la complicidad de Pedro, su peón leal, lograba acercarse hasta la hacienda sin ser advertido. Era él quien vigilaba, quien abría paso, quien aseguraba que ninguna mirada indiscreta se cruzara en su camino.

Francisco no entraba.

No se atrevía.

Le bastaba con verla.

Desde la distancia.

Desde las sombras.

Había noches en que la encontraba de pie junto al balcón, el que daba al patio del fondo, inmóvil, como si aguardara algo que nunca llegaba.

Otras veces la veía sentada, con un libro entre las manos… aunque rara vez pasaba una página.




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