—¡Vamos, cerdita! ¡Bébetelo todo!
El olor era lo peor. No el agua sucia ni las risas crueles, sino ese hedor penetrante que se le pegaba a la piel como una segunda capa de vergüenza.
Había cometido el gran error de acudir al baño. Aunque, en realidad, quizá el error fue tomar un gran vaso de agua antes de marchar al instituto. Pero no tuvo más remedio, pues ingerir mucho de líquido mitigaba en parte aquellas terribles migrañas que le atormentaban desde hacía meses —un martilleo constante detrás de los ojos— y el agua parecía calmarlas un poco. Pero en el instituto, cualquier necesidad física se convertía en una trampa.
Para su desgracia, Lara, la mano derecha de Thalía, estaba frente al espejo retocándose el pelo cuando Elena entró. Sus miradas se cruzaron un segundo en el reflejo y fue suficiente. Lara sonrió con esa dulzura falsa que reservaba para las ocasiones especiales y salió corriendo a buscar a su “jefa”.
En total fueron cuatro las chicas que la acorralaron, más una que se mantuvo al margen para grabarlo todo. Y la llevaron al último retrete, ¡cómo no!, al que estaba atascado. Allí, los restos de orines mezclados con heces luchaban por irse por el sumidero, inútilmente. Allí, la obligaron a arrodillarse, y de un puntapié en las nalgas empujaron su cuerpo para que, a continuación, Thalía le agarrase del pelo con fuerza para hundirle la cara en aquel líquido infecto.
El mundo se volvió frío, viscoso y asfixiante. Pataleó, pero solo consiguió que le empujaran más. El pánico le nubló la vista. Por un instante pensó que esta vez no la sacarían.
—¿Qué está pasando aquí?
Por fortuna, uno de los maestros había acudido rápidamente al oír los gritos y el jaleo. Su voz cortó el aire como un salvavidas, y las chicas se apartaron de inmediato. Thalía, con su melena rubia perfectamente peinada, se giró con una sonrisa inocente.
—Nada, profe —repuso, mientras la afectada conseguía sacar la cabeza del retrete—. Estamos ayudando a Elena. Se ha resbalado.
—¿Qué ha ocurrido?
—Pues nada, en plan… Elena se ha resbalado, y como está tan gorda… en plan, pues no podía sacar la cabeza.
—¿Qué?
—Bueno, en realidad sí podía —acudió rápidamente Lara en auxilio de su jefa—. En plan… el suelo está resbaladizo, y, en plan, por su peso… en plan, pues no podía levantarse.
El maestro, que no era tonto, rápidamente se figuró lo que había ocurrido.
—Salid de aquí. Ya me encargo yo.
Las chicas se marcharon entre risitas, y dejaron allí solo al maestro con la pobre muchacha. Este abrió la puerta de acceso a los servicios para que se viera desde el exterior que estaba él allí atendiéndola, y así no entrara ninguna más. Solo faltaba que alguien le viera salir del baño de las chicas con una alumna tras abrir aquella puerta. Después sacó toallas de papel y comenzó a secarle la cara y el pelo, aunque el olor no se iba de ninguna manera.
—¿Estás bien? —preguntó, con amabilidad.
Ella asintió, todavía temblando, y se colocó de nuevo las gafas, entre sollozos, y con un gesto de profunda tristeza.
Si hubiera sido un chico, el maestro le hubiera quitado aquella camiseta tan manchada. Pero como era una chica… no le quedó más remedio que acudir en busca de una compañera profesora a quien comunicó lo sucedido. Ella llegó con una camisa limpia, que era de su propiedad, y le quitó la sucia, pues Elena estaba tan conmocionada que no atinaba a hacerlo por sí misma.
—Esto hay que denunciarlo, Paco. Tenemos que hablar con la directora.
—¿Con la directora? No servirá de nada, ya lo sabes. No quiere problemas.
—Ya, pero ¡algo hay que hacer!
Algo había que hacer, desde luego, aunque los dos sabían perfectamente que no había solución. No era la primera vez que Thalía, la más rebelde, les había amenazado con denunciarles por acoso sexual, especialmente al maestro. Solo con su palabra, sin probar nada, aquella mocosa podría arruinarle la vida.
—La semana que viene estará por aquí el supervisor de zona —informó la maestra—. Podríamos hablar con él.
—Ya, y, ¿qué conseguiríamos? Como mucho que expulsen a Thalía una semana. Y eso, si su madre no se empeña en lo contrario.
—Menudo bicho es esa.
—Ya, como la hija.
Llevaron a Elena a la sala de profesores, y allí esperaron pacientemente a que su madre acudiera para llevársela a casa. Allí, la chica esperaba y esperaba con la cabeza baja, sin parar de sollozar, mientras con la uña del pulgar intentaba, sin éxito, hacerse heridas profundas en la mano contraria buscando un dolor que eclipsara el de dentro. A ver si conseguía mitigar el profundo desasosiego, así como la fuerte migraña que de nuevo le estaba perforando el cráneo, latiendo al ritmo de su corazón acelerado.
La migraña fue a más, y a más, hasta que el dolor fue tan fuerte que pensó que se iba a morir en aquel mismo instante… hasta que, por fin, se despertó.
Eran las tres de la madrugada, y estaba empapada en sudor. De nuevo, había vuelto a soñar con aquellos acontecimientos tan traumáticos, que, sin embargo, no eran los peores que había vivido. Recordó, aunque solo fugazmente, en un esfuerzo por intentar borrarlo de su memoria, cuando la encerraron a oscuras en el cuarto de las escobas. Solo fueron unos minutos, pero su claustrofobia le hizo colocarse al borde del infarto. También recordó cuando la arrojaron por las escaleras, y solo se salvó gracias a que uno de sus compañeros la sujetó antes de caer. Por no hablar las fotos humillantes que circulaban por los grupos de WhatsApp.
Habían pasado ya tres años desde el suceso del retrete, y ciertamente que el acoso físico había cesado. Y también en gran medida el acoso en redes sociales. Sus “amigas” ya no enviaban imágenes de cerditas sonrosadas con su nombre, ni se mofaban de ella tan abiertamente. Ahora, simplemente, la ignoraban. Thalía, con sus esplendorosos 16 años se dedicaba a seducir a los chicos, y tan solo se preocupaba por su propio aspecto físico —no por el de las demás, salvo para compararse—, rivalizando con Lara para ver quién se acostaba con los mejores ejemplares masculinos de los cursos superiores.