Eran las cinco de la mañana cuando regresó a la casucha que constituía su hogar. El cielo comenzaba a clarear tímidamente por el este, tiñendo de un gris azulado las calles aún vacías. Pronto saldrían los primeros trabajadores, con los ojos hinchados y el paso cansado para marchar hacia sus respectivos empleos. Precisamente por eso regresaba siempre antes de esa hora: para evitar cualquier encuentro. De hecho, ya se podían ver algunos coches por las calles, con sus ocupantes ojerosos. Los vehículos no eran tanto el problema, sino las personas que salían de los portales en dirección a los coches que estaban aparcados en las calles.
La extremada misantropía de Alder le obligaba a pasear entre la una de la madrugada, y hasta las cinco o cinco y media, como mucho, en días no festivos. Los viernes y sábados retrasaba en una hora sus paseos, saliendo a las dos y volviendo a las seis o seis y media. No debía encontrarse con nadie, y mucho menos con alguna mujer, a las que no debía de mirar bajo ningún concepto.
Abrió la puerta de su humilde hogar, un pequeño hábitat lleno de paredes agrietadas, que constaba de una única estancia, y entró. La casa no tenía electricidad, y por la noche se tenía que alumbrar con una farola de la calle, que, aunque estaba algo lejos, iluminaba lo suficiente a través de la ventana para no tropezarse con los muebles. Unos muebles viejos, sucios y desvencijados, que, sin embargo, hacían juego con su propia persona: él también estaba sucio, viejo y maltrecho.
Se dejó caer en el viejo sillón orejero, cuyo tapizado raído hablaba de décadas de uso. El silencio era absoluto, roto solo por el lejano rumor de algún coche madrugador. Alder cerró los ojos un momento, exhausto, y luego se arrodilló con dificultad frente al crucifijo de madera que presidía una cómoda desvencijada. Rezó Completas con voz ronca, casi susurrada, pidiendo fuerzas para soportar otro día más.
El libro de horas —que contenía el oficio divino—, estaba hecho un desastre de tanto usarlo. Las páginas rotas y manchadas se desprendían de forma natural de un volumen que llevaba décadas siendo usado varias veces al día. Para colmo, apenas podía leerlo, dada la escasa —por no decir nula— iluminación de la estancia. Pero a fuerza de repetirlo durante tanto tiempo casi que se lo sabía de memoria, y con solo intuir las palabras soltaba de corrido los salmos, las jaculatorias y las antífonas que componían cada “hora” litúrgica en cada día de la semana.
Tras finalizar, bajó la persiana y se arrastró hasta la estrecha cama. El colchón estaba hundido en el centro, formando un valle que parecía tragárselo. Durmió a ratos hasta las diez, pero permaneció acostado hasta la una de la tarde, alternando el sueño ligero con oraciones murmuradas. Sin salir de la cama rezaba ahora el rosario carmelita entre sueño y sueño. Rezó los seis misterios con sus doce avemarías, y cuando terminó las letanías se levantó para rezar Laudes y después almorzar.
Como no tenía electricidad, no tenía frigorífico, y conservaba los alimentos en una cavidad forrada de madera bajo el suelo que los aislaba del calor. En invierno no era necesario, pues las gélidas temperaturas de su casa impedían cualquier deterioro.
En aquella nevera improvisada estaban, como siempre, la docena de huevos de rigor y las salchichas. Se preguntó por qué siempre había doce, a pesar de que solo se comía dos al día. Igual pasaba con las salchichas: siempre era un paquete de seis, cuando tan solo probaba dos. “Serán cosas del jefe”, se dijo, mirando hacia arriba, y sacó los dos huevos y las dos salchichas, y, añadió mantequilla a una sartén. Después, encendió la bombona de gas para prepararlas, y, cuando estuvieron listas, llevó el plato a la mesa para comérselas junto a los huevos.
Pero la mesa estaba llena de los objetos más diversos, y apenas había hueco para poner el plato. Un hule raído y pegajoso la cubría, impidiendo que se vieran los tornillos que la mantenían en pie, y que estaban más que flojos, originando que la estructura se moviera demasiado cuando se apoyaba en ella. Un movimiento oscilante que se veía incrementado si cabe por todo el peso que tenía encima: desde un sinfín de cachivaches, a varias pilas de libros.
Encontró el hueco necesario y terminó la comida, dejando el plato sucio en el fregadero. A continuación, se sentó en el sillón orejero y comenzó a leer la Biblia de Jerusalén: un viejo ejemplar con las tapas despegadas y las páginas sucias, que estaba sobre el asiento, y prestó toda la atención que pudo. No era infrecuente que leyera pasajes enteros sin haberse enterado de nada, y tenía que releerlos una y otra vez.
Podría pensarse que, durante el día, Alder no tendría problemas para leer. La luz entraría por las ventanas, y no experimentaría las dificultades que presentaba la noche. Sin embargo, eso solo era cierto relativamente pues en realidad, vivía prácticamente en penumbras, incluso durante el día.
Su vivienda estaba a pie de calle sin ningún jardín ni espacio entre la fachada y la acera por donde pasaban los viandantes. Delante de las ventanas tenía unas persianas de cadenilla, es decir, de lamas de madera de una pulgada, sujetas por unos alambres que se engastaban unos a otros formando una especie de cadenita. Las persianas estaban siempre bajadas excepto por la noche —momento en que eran sustituidas por visillos—, pues eran una forma de protección adicional respecto al mundo exterior. Alder no deseaba ver a nadie y no quería que nadie le viera a él.
Así las cosas, por el espacio que había entre lama y lama se filtraba la suficiente luz como para poder hacer sus quehaceres diarios, e incluso para leer. Pero nadie desde el exterior podía verlo, ni siquiera aunque se asomara por esos resquicios, gracias al efecto óptico por el cual la luz viaja siempre desde la zona iluminada a la poca iluminada, y no al revés.
En esas condiciones, si bien él estaba a salvo de las miradas ajenas, como tampoco quería ver a ningún viandante, se veía obligado a encontrar un equilibrio para poder llevar a cabo de forma eficiente su cotidianidad en ausencia de luz eléctrica y ni siquiera de velas. Ya había tenido un susto en un conato de incendio al quedarse dormido, y las había desechado para siempre.