No había cenado y la comida del mediodía la había vomitado. Necesitaba adelgazar otra vez y con urgencia, pues el insulto de “cerdita” volvía a aparecer soslayado entre la indiferencia.
La enésima discusión con su madre se había saldado con un portazo; algo que había sucedido tras la última bofetada que esta le había prodigado.
Las discusiones eran siempre por la misma razón: ella solo pensaba en sí misma, y le traía sin cuidado lo que sentía su hija.
Su mente era un torbellino de ideas, y alguna de las cuales —pocas— exculpaban a Yolanda, su madre. La mujer era ciertamente impulsiva; temía que su hija se quitara la vida; temía que se tomara varias pastillas de golpe. Temía muchas cosas, y, en lugar de prevenirlas o tratarlas desde su origen, se limitaba a paliar sus consecuencias. Se limitaba a golpear a su hija, como si al hacerlo se le fueran a quitar las ganas de matarse. De la misma manera que un azote a un niño travieso le quita las ganas de seguir haciendo travesuras.
También pudiera ser que esa conducta tan agresiva fuera la consecuencia de haber agotado todas las vías empleadas para su curación. Pudieran ser muchas cosas, pero Elena solo veía una con claridad, no menos cierta que las demás: su madre era una loca histérica y desquiciada que solo pensaba en ella misma.
No es que le importara mucho el golpe ni el dolor, ni tampoco esa sensación de escozor en los carrillos. Por el contrario, era algo que incluso ella misma buscaba con sus autolesiones. Pero era el hecho en sí: la incomprensión, la frialdad, ese orgullo soberbio de los padres que se creen que lo saben todo, cuando, en realidad, no saben nada, y no comprenden nada.
Se había alejado bastante de su casa, y ahora estaba ciertamente lejos… y desfallecida por el cansancio, la ausencia de sueño, y claro, por no comer.
¿Cuánto más iba a durar esta tortura? Se dijo. ¿Cuándo encontraría el valor necesario para acabar con todo de una vez?
Se sentó en un banco de la calle e hizo un repaso mental de ese mismo día en el instituto. Un día como otro cualquiera.
Por la mañana, el centro olía a limpiador industrial y se notaba humedad en los pasillos. Ella caminaba pegada a la pared izquierda del corredor, como hacía desde años atrás, con la mochila colgada de un solo hombro y la mirada fija en el suelo. Ya no esperaba empujones. Ya no temía que alguien le hundiera la cabeza en un retrete. Eso había terminado hacía tiempo. Ahora el daño era más silencioso, más seco, más difícil de denunciar.
A su paso, las conversaciones no se interrumpían del todo. Solo bajaban de tono. Unas risitas cortadas. Un comentario que se quedaba a medias. Un “¿has visto…?” que nunca terminaba de formularse.
Thalía y Lara ya no la miraban de frente. Preferían hacerlo de reojo, como quien contempla algo desagradable pero inevitable. Cuando coincidían en el mismo pasillo, se apartaban apenas lo suficiente para que ella pasara, sin decir una palabra. Ese gesto, tan pequeño, le resultaba más hiriente que cualquier antiguo insulto.
En clase, el asiento de al lado de Elena se solía quedar vacío. Aunque no siempre. A veces alguien se sentaba por obligación, cuando el profesor repartía sitios. Entonces la otra alumna —o alumno— se inclinaba lo más lejos posible, o sacaba el móvil y se ensimismaba, como si la presencia de ella fuera un molesto ruido de fondo. Los profesores, en su mayoría, preferían no enterarse. Algunos le dirigían una mirada de lástima que ella detestaba casi tanto como el desprecio. Otros simplemente, la ignoraban. Era más cómodo.
Tan solo Iker, otra víctima del bullying, tenía algún interés y no le importaba sentarse con Elena, aunque a ella no le hacía tanta gracia. El chico no era de los más populares precisamente, más bien todo lo contrario, y juntarse con él solo podía incrementar sus problemas. En cualquier caso, ahora no podrían hacerlo aunque quisieran, pues estaban en cursos diferentes.
Durante el recreo se refugiaba en la biblioteca o en el rincón más apartado del patio, detrás de los contenedores de reciclaje. Allí el ruido de las risas y las pelotas de fútbol llegaba amortiguado. A veces sacaba un libro y pretendía leer, aunque las letras se le mezclaban. Otras veces solo se quedaba quieta, contando los minutos que faltaban para que sonara el timbre. El cuerpo le pesaba. La cabeza le latía con esa migraña sorda que ya formaba parte de su rutina diaria.
Aunque ahora volvía a estar “rellenita”, esto era solo circunstancial. Porque ciertamente, había adelgazado, sí. Ya no era la “cerdita” de los trece años. Pero el cambio físico no le había traído alivio. Solo había sustituido un apodo por otro: “la loca”. Lo oía en susurros cuando pasaba cerca de los grupos. A veces ni siquiera hacía falta oírlo. Bastaba con la forma en que desviaban la mirada o se reían de ella. “Oye, ¿sabes que esta ve fantasmas?” decían, en cuanto se alejaba, o incluso cuando todavía estaba cerca.
Pero Elena había aprendido a no responder. A no pelear. A no existir más de lo estrictamente necesario.
Pero esa estrategia, lejos de protegerla, la iba vaciando por dentro. Cada día que pasaba sin que nadie le dirigiera una palabra amable, sin que nadie la mirara como a una persona normal, se sentía un poco más transparente. Como si poco a poco se estuviera borrando del mundo.
Por las noches, cuando por fin lograba dormirse, soñaba con pasillos interminables donde todas las puertas estaban cerradas y las voces de sus compañeros se convertían en un murmullo constante, incomprensible, que la perseguía sin descanso. Se despertaba con el corazón acelerado y la certeza de que, aunque el bullying físico hubiera terminado, el daño seguía vivo. Solo había cambiado de forma.
Se levantó del banco e inició el camino de vuelta a casa. Necesitaba dormir y descansar, pero aquellos kilos de más eran un lastre que, unido a la falta de alimento, hacían que sus piernas pesaran más de lo habitual.