Tenía claro que ya no se iba a dormir más. Había terminado de rezar el rosario, pero seguía cansado y no le apetecía salir de la cama. Llevaba más de una hora tumbado, con los ojos abiertos, mirando las grietas del techo.
El calor era asfixiante dentro de la casucha, después de que el sol hubiera estado golpeando el tejado de la misma de forma incesante durante seis o siete horas. Debía, al menos, levantarse y abrir las ventanas para que corriera el aire.
Pero no lo hizo. La pereza, esa vieja conocida, lo mantenía clavado al colchón desnivelado. Era una pereza distinta a la de los hombres corrientes: no era simple vagancia, sino una forma más de castigo. Cada minuto que permanecía allí, meditando sobre sus pecados, era otra piedra que añadía a su expiación.
Prefirió aguantarse con el calor y estar allí, rumiando sus recuerdos, pensando en sus malas acciones. También aquella era una forma de mortificación, se dijo, de expiación por todos sus egoísmos; por todo el daño que había hecho.
Cerró los ojos y, como siempre, apareció el rostro de Clotilde: no había obrado bien con la que fue su esposa. Recordó las noches en que llegaba tarde, oliendo a perfume ajeno. Recordó sus mentiras torpes y las lágrimas silenciosas de ella. Sí, la había engañado, y además, varias veces. Había buscado activamente a otras mujeres más jóvenes, más atractivas, y se había acostado con ellas.
La pobre Clotilde… se dijo. Tan buena, tan noble, tan compasiva… Cuando se enteró de sus infidelidades lo perdonó, y ese gesto le hizo reformar su vida. Si se hubiera encarado con él, si le hubiera recriminado todo aquello, si le hubiera pedido el divorcio… entonces se hubiera entregado a la lujuria sin remedio, y de forma desmedida y desenfrenada.
Pero no. Clotilde lo perdonó, aunque eso no fue suficiente. El mal ya estaba hecho, y el cáncer que la acechaba silenciosamente, a base de disgustos terminó de dar la cara… para llevársela a la tumba.
Alder se sentía profundamente culpable, y no había momento en que no lamentara sus horribles pecados. Quizá por esa razón, se levantó de inmediato venciendo su pereza. El suelo de baldosas estaba tibio bajo sus pies descalzos. Se acercó al espejo roto que colgaba sobre el fregadero y se miró. La imagen que le devolvió era la de un hombre viejo, escuálido, con la barba crecida y los ojos hundidos.
Se arrodilló frente al crucifijo y rezó Laudes con voz ronca. Tras hacerlo, abrió el cajón subterráneo donde guardaba los huevos y las salchichas, y se puso a cocinarlas en la sartén.
Mientras lo hacía, se miró otra vez en el espejo, y recordó lo que siempre había oído; lo que decían las Escrituras: marido y mujer son “una sola carne”, es decir, son un único individuo en cuerpo y alma. Y si él estaba podrido, ella también había sufrido las consecuencias de aquel desenfreno. Y así era: el cáncer la devoró…
—¡Oh, Dios! —exclamó, en voz alta—. ¿Por qué tuvo ella que morirse antes que yo? —Se lamentó—. ¿Acaso no merecí yo la muerte mil veces, antes que aquel ser angelical?
Intentó recomponerse y retomó la tarea de cocinar. Volvió a mirarse en el espejo, y, viéndose a sí mismo con el delantal, agarrando el mango de la sartén, vio claramente a su esposa, a Clotilde, quién parecía sonreírle a través del espejo.
Una lágrima brotó de sus ojos viejos y hundidos y rodó por su mejilla arrugada, recordando una vez más todo el mal que había hecho. Se le quitó el apetito completamente, pero aun así se obligó a comer. Esa también era una forma de mortificación, se dijo, y masticó las salchichas sin dejar de llorar, contemplando la silla vacía que tenía enfrente. Allí, Clotilde parecía que estaba sentada, como cuando vivía, mirándole con ese gesto de perdón, de cariño y de comprensión.
¡Pum! ¡Pum ¡Pum!
De repente, alguien estaba llamando a la puerta. Su ensoñación lastimera desapareció de repente, y su corazón comenzó a latir a toda velocidad. ¿Quién sería? Se preguntó. Desde que murió su mujer, hacía ya tanto tiempo, había ido paulatinamente dejando de hablarse con todos los que le conocían. Realmente, era ella quien mantenía el contacto social de la pareja, y, al fallecer, todas esas relaciones se fueron extinguiendo poco a poco, a fuerza de él no querer conservarlas.
¡Pum! ¡Pum ¡Pum!
Sonaron de nuevo los golpes; tres golpes que alguien daba con los nudillos en la puerta, como si le estuvieran dando puñetazos en el pecho. Se irritó, se alarmó, se soliviantó y se preocupó. ¿Es que no podía estar tranquilo en su propia casa?
Lo que no podía hacer era abrir la puerta. Eso delataría su presencia, y otros vendrían. ¿Quién podría ser? Volvió a preguntarse. Desde una de las ventanas se podía ver algo del exterior, pues una lama de la persiana estaba rota en uno de sus bordes. Se asomó con sumo cuidado… pero no pudo ver a nadie.
Entonces oyó hablar a alguien. Era una voz de mujer… de mujer joven, por el timbre de voz... ¡Eso sí que era inaudito! Hubiera esperado que fueran algunos críos haciendo travesuras. Aunque él jamás salía por el día, cabía la posibilidad de que alguno le hubiera visto en algún momento y ahora querían gastarle una broma…
La mujer volvió a hablar, y otro hombre, también joven, la respondió. Era una pareja, y ahora sí, podía verlos claramente a través del hueco que dejaba la lama rota, mientras se alejaban: eran Testigos de Jehová.
No cabía ninguna duda. Solo ellos, en los pervertidos tiempos modernos, seguían vistiendo como el propio Alder vestía cuando era joven: a pesar el calor de aquel día, el hombre que se alejaba llevaba un pantalón de tergal (de traje) oscuro y zapatos clásicos, junto a una camisa, también clásica, pero de manga corta. Ella, un vestido estampado, largo hasta los tobillos, que ni siquiera mostraba los brazos enteros si no que terminaba a la altura de los codos. Muy modositos los dos, con sus folletos en la mano, se alejaban calle abajo y Alder respiró. Probablemente no volvieran más, y él podría considerarse seguro y a salvo.