El olor a comida recalentada flotaba aún en la cocina cuando Elena abrió la nevera. Eran poco más de las siete de la tarde. El estómago le rugía de hambre, pero llevaba días vomitando casi todo lo que comía. Esa tarde, después de una jornada especialmente dura en el instituto —miradas, susurros y el vacío habitual—, se había prometido a sí misma que al menos intentaría comer algo.
Sacó un paquete de jamón y estaba cortando una loncha cuando oyó los pasos de su madre.
—Sé que después de comer vomitas la comida, Elena.
La voz de la mujer sonó cortante, como un cuchillo. La chica se quedó congelada, con la loncha de jamón en la mano. Su madre estaba en la puerta de la cocina, con los brazos cruzados sobre el pecho y esa expresión de decepción permanente que parecía grabada en su rostro, y que se acentuaba con las bolsas oscuras bajo los ojos. Las pastillas que tomaba ya empezaban a hacer efecto, pero aún no la habían adormecido del todo.
—¿Yo, vomitar? ¡Eso es mentira! —respondió Elena, aunque su voz tembló ligeramente.
—¡No! ¡No lo es! ¿Te crees que soy tonta? ¿Eh? —la empujó—. Aunque abras la ventana, el olor agrio permanece y no se va, aunque llenes el baño de ambientador.
La muchacha sintió cómo se le cerraba la garganta. El jamón que tanto deseaba de repente le provocaba náuseas. Miró a su madre: “¿Por qué no puede simplemente dejarme en paz?”, pensó. “Solo quiero desaparecer...”
—Bueno, ¿otra vez discutiendo? —el padre salió del salón al oír los gritos—. ¿Qué ha pasado esta vez?
Era un hombre de complexión media, con entradas pronunciadas y la mirada cansada propia de quien trabaja de noche y duerme de día.
—¡Tu hija! —rugió la madre—. ¡Ha vuelto a vomitar la comida!
—¡Mentira! —se defendió.
—¡No! ¡No lo es! —la zarandeó. La cara de determinación de la madre era imposible de esquivar, y Elena avanzó hacia el salón, como intentando refugiarse en su padre. Pero esta la siguió. Su rostro de furia esperaba una respuesta, y la chica se amilanó.
—Bueno, sí —admitió—. Pero es que… estoy mala del estómago. ¡Es por eso!
—¿Qué te ocurre? —preguntó el hombre.
—Eh… en plan… gastroenteritis. Eso es. ¡Eso es! Mi compañera de pupitre ha estado mala, en plan… y me ha pegado el virus.
—No te creas ni una palabra, Jose. ¿No ves la cara de mentirosa que tiene?
—¡Yo no miento!
—¡Sí que mientes! —la madre le soltó un bofetón.
—Bueno, ¡vale ya! —terció el padre.
—¡A mí no me vuelvas a tocar en tu vida! —gritó Elena, con los ojos llenos de lágrimas de rabia—. ¡En tu vida!
Otro bofetón, seguido de varios más, sin que el calzonazos del padre pudiera evitarlo.
—Te pones muy valiente conmigo, ¿eh? ¡Ya podías haberte puesto igual con esas niñas que te molestaban, hija! ¡Con ellas es con quienes tenías que haberte enfrentado! ¡Con ellas, y no conmigo! —la agarró fuertemente del brazo.
—¡Suéltame!
—¡No me da la gana! ¡Haberte enfrentado con ellas, y nada de esto te habría pasado! Ni a ti ni a nosotros, ¡que nos vas a matar a disgustos! ¡Mala hija!
—¡Suéltame! ¡Mala madre! ¡Histérica! ¡Histérica menopáusica y loca! ¡Eso es lo que eres!
De nuevo más bofetones, que el padre consiguió detener a duras penas.
—Elena, tu madre tiene razón. No puedes seguir así. Si no comes…
La chica se tapó los oídos y se encaminó hacia la puerta, pero la madre fue más rápida.
—No pienso dejar que salgas de casa. ¡No quiero que hagas ninguna tontería! ¿Me oyes?
—¿Ah, no? ¿Cómo podrás evitarlo? ¿Eh?
—¡No te dejaré salir nunca más! ¿Me has oído?

—¡Ja! No te quedará más remedio. Es obligatorio que los niños acudan a la escuela.
—Tú ya no eres una niña.
—Todavía estoy en la Obligatoria, y tengo que ir.
—Claro, por haber repetido dos cursos. ¿No te da vergüenza ser tan mala estudiante?
Elena miró a su madre con un gesto de profundo odio.
—De verdad, mamá, no tienes corazón. ¡No tienes corazón! Yo era buena estudiante hasta que pasó lo que pasó. Bastante tenía con no suicidarme, como para encima estudiar.
—¡Bien que lo intentaste! ¡Mala hija! ¡Bien que lo has intentado, y varias veces!
—Si me hubiera salido bien, no te daría más problemas. ¡Ya estaría muerta!
Otro bofetón.
—Claro, eso es lo quieres, ¿eh? No te basta con matarte tú, sino que, además, quieres que tu padre y yo también estemos muertos en vida, ¿eh? ¡Mala hija!
La madre intentó darle otro golpe, pero el padre detuvo la mano.
—En eso la niña tiene razón.
—¡En qué tiene razón! ¿Eh? —lo miró, con ojos de fuego. Casi le da otro pescozón a él.
—En que no podía estudiar si estaba tan traumatizada.
La mujer pareció no oírle, y se dirigió de nuevo a la hija:
—Esta noche no te escaparás.
—¿Ah, no? ¿Vas a quedarte aquí, en la puerta, en plan, de guardia… toda la noche?
—Si es necesario, lo haré. Si es necesario, no me tomaré las pastillas para dormir, y me quedaré aquí, en el pasillo, toda la noche.
El marido contemplaba la escena como un pasmarote, y la mujer le azuzó:
—Y tú, Jose, podrías hacer algo. ¿No?
—¿Qué quieres que haga? Yo no puedo quedarme de guardia, porque me tengo que ir a trabajar.
—Idiota —musitó ella—. Para empezar, podrías cambiar la cerradura para que no se pueda abrir desde dentro si no se tiene la llave.
—¿Y de qué serviría? ¿Eh? Si no se escapa por la puerta, lo hará por la ventana.
—¡Eso! ¡Por la ventana! —gritó—. ¡Tú dale ideas! A ver si sale por allí y se cae y se mata.
—¿Te crees que no lo he intentado? En plan…
—¿El qué?
—¡Tirarme por la ventana, mamá! ¡Que pareces tonta!
—Elena —intervino el padre—. ¿De verdad que…?
—¡Sí! ¡Sí, y sí! Pero creo que no está lo suficientemente alta.
Otro bofetón.
—¡Nos vas a matar a disgustos, hija! ¡Oh Dios! —farfulló— ¿Qué habremos hecho para merecer una cosa así?