Elena y el vagabundo nocturno

Los barrenderos

La nefasta experiencia de la dehesa tuvo repercusiones que se prolongaron mucho más allá de aquella tarde. Hacía muchos años que no había visto a una mujer tan de cerca a plena luz del día, y menos a una mujer semidesnuda.

A pesar de que ya no tenía esa desazón tan profunda como la que experimentó aquel día tan horrible, aquella joven se le venía a la cabeza con demasiada frecuencia, como si su imagen estuviera empeñada en mortificarlo una y otra vez.

Y eso que apenas la vio. Realmente, no fue más que un segundo, o quizá incluso menos, pero fue el tiempo suficiente como para contemplar en todo su esplendor el radiante cuerpo de una mujer joven y atractiva.

Dormía mal; se despertaba a los pocos minutos sobresaltado, y se volvía a dormir para despertarse después con ese agudo pinchazo en el estómago del que ya estaba más que harto. Casi que tampoco encontraba consuelo en sus liberadores paseos nocturnos, como el que tuvo lugar algunos días después, que fue un paseo algo distinto a los demás.

Había llovido, como consecuencia del intenso calor de los días anteriores. Y eso había provocado una serie de tormentas que habían anegado la dehesa.

Ya no llovía, pero las nubes cubrían el cielo e impedían que la luz de la luna alumbrara los caminos. Además, el suelo estaba lleno de charcos y no era infrecuente que metiera los pies en ellos.

Así, que, tras el último resbalón que acabó con él en el suelo, salió de allí y se encaminó a la ciudad.

Las calles estaban como siempre, dormidas, esperando que el amanecer devolviera la vida a aquellos edificios que se mostraban con una luz anaranjada, más bien amarillenta, fruto del neón que proyectaban las farolas sobre las fachadas.

Pasó junto al escaparate de una tienda cerrada. Allí había un espejo donde podía ver su figura reflejada en aquella luz difusa. Era la figura de un hombre exhausto, anclado en el pasado, consumido en el presente… y sin ningún futuro.

Paseó, como siempre, por las calles desiertas; rumiando sus recuerdos y lamentando los errores cósmicos de su vida: las cosas que podía haber hecho y no hizo, y las que hizo y no debió haber hecho.

Tras pasar por la zona más inmediata a su casa, su intención ahora era deambular por uno de los barrios de las afueras, que era un lugar tranquilo y residencial lleno de árboles. Allí podría ocultarse fácilmente en caso de que se cruzara con alguien. Pero para ello, debía atravesar una parte de la ciudad que era más bien céntrica.

Y eso era lo malo: faltaba poco tiempo para las elecciones municipales, y el alcalde tenía que conseguir votos como fuera. Así que se había empeñado en hacer una limpieza a fondo de las calles, y todos los días pasaban los equipos de limpieza por el centro, el lugar que estaba más expuesto a la suciedad y a las críticas de los vecinos en caso de que la porquería se acumulara de forma demasiado notoria.

A pesar de que eran casi las cuatro de la madrugada, se encontró ya a los barrenderos regando y adecentando las calles. También esa era una estrategia electoral, pues a los votantes no les gustaba que cortaran las calzadas con esos pesados camiones que interrumpían el tráfico. Era mejor hacer el trabajo cuando no molestaban a nadie.

Pensó en dar un rodeo y llegar a su destino por otro sitio, pero eso le haría entrar de lleno en el amanecer de vuelta a casa.

Miró de nuevo a los barrenderos. Eran un grupo formado por un hombre que conducía un camión que regaba y recogía la basura del suelo mediante unos cepillos giratorios, otro que impulsaba con una sopladora esos desperdicios al camión… y una mujer que los acompañaba recogiendo el contenido de las papeleras.

Le dio un vuelco el corazón. ¿Por qué tenía que estar allí una mujer?, se preguntó. ¿Por qué ese empeño en trabajar que les había dado a todas últimamente? Y más en un trabajo tan poco gratificante como era recoger la basura…

Podía entender que trabajaran en el mundo de las oficinas. La mujer necesita relacionarse, y en una oficina, con otras mujeres, encuentra un sitio ideal para ello. Pero, ¿en otro tipo de trabajos, como ese? Era absurdo. Antes que eso, se dijo, mejor harían en buscarse a alguien que trabajara por ellas, como ocurría antes. Pretendientes no les iban a faltar, aunque fuera con esa condición.

En fin, se dijo. Poco podía hacer él para cambiar el devenir de los tiempos. En el fondo, a él le traía sin cuidado que las mujeres trabajasen o no lo hicieran. Lo peor no era eso. Lo peor era la inmoralidad del mundo actual, donde las mujeres, incluso en invierno, iban medio desnudas por las calles…

Sopesó qué hacer. Si seguir o no seguir. ¿Quizá aquella figura que había visto fugazmente no era una mujer? A pesar de llevar el pelo largo, ¿podría ser un hippie, o un heavy metal?, se preguntó.

No, se dijo. Era una mujer, sin lugar a dudas. Aunque aquel traje verde y amarillo no era para nada “sexy”, su manera de andar, la estatura, la coleta, y las formas que se adivinaban entre los pliegues del uniforme, la delataban.

Se sentó en un banco que había detrás de un quiosco, con el rostro hundido entre las manos. Desde luego, estaba ya descartado marchar por allí. Tendría que pasar a escasos metros de ella, y, aunque intentara no verla, la mujer podría cruzarse en dirección a una papelera, o para realizar cualquier otra cosa. En la mirada fugaz que la prodigó al divisar al grupo, parecía joven. Menos de cuarenta años, seguro. Y por mucho que el uniforme no mostrara los encantos femeninos, el volumen y los bultos de los pechos no podrían ocultarse de ninguna manera.

El ruido del camión parecía alejarse en la dirección contraria a él. Una de las calles laterales estaría ya probablemente despejada y podría marchar por ella para llegar al barrio que pretendía visitar. Pero ciertamente, no tuvo el espíritu de asomarse y comprobarlo con sus propios ojos. No mientras estuviera allí esa mujer.

Ya eran las cuatro y media, y estaba francamente cansado. Todavía faltaba una hora para terminar su paseo, pero no le apetecía seguir haciéndolo. Ya no tenía ganas de nada; apenas había dormido el día anterior, y se dirigió hacia su casa, abatido, deprimido, arrastrando los pies, y con los brazos colgándole flácidos por los laterales del cuerpo.




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